Opinión Selección del editor

La trampa del individualismo

De la misma manera que el pobre no es pobre porque quiere, o porque le falta iniciativa o es perezoso. La crisis climática no la vamos a solucionar cambiando nuestro cepillo de dientes de plástico por uno de madera, o dejando de usar pitillo, o mercando en bolsa de tela reutilizable


Los seres humanos necesitamos relatos que reduzcan la complejidad del mundo, que nos permitan darle sentido a hechos que muchas veces no lo tienen. Que nos den una explicación a lo que a menudo sucede por azar. Nos gustan las historias, las narraciones y las esencias. Entre más simples son, mucho mejores. Ubicamos el mundo en buenos y malos, blancos y negros. El tan cuestionado maniqueísmo hace más parte de nosotros de lo que nos gustaría reconocer.

En 1987 Margaret Thatcher soltó en una entrevista: “la sociedad no existe, existen los individuos, hombres y mujeres”. Una de las encargadas de convertir en acción pública a von Mises, Hayek y especialmente a Friedman, dejaba ver en esta declaración el peso que tenía la responsabilidad individual en la narrativa liberal.  Thatcher no se lo inventó ni mucho menos pues un posible origen de este individualismo es rastreable varios siglos atrás. Lo que hizo, con su amigo Ronald Reagan, fue radicalizar el acento en el individuo que ya venía con la tradición liberal. Llevar al liberalismo a su extremo, exacerbarlo.

Cada sociedad ha desarrollado una idea de individuo que le resulta funcional. La del liberalismo extremo asume que la acción individual es el vehículo para obtener “progreso social”. Cada individuo es responsable por sí solo de su éxito o su fracaso. En una sociedad de mercado, los individuos están en igualdad de condiciones para competir. Los resultados que estos obtengan dependerán de su esfuerzo, de su dedicación o de las ganas que le pongan. De levantarse temprano. De su rendimiento en el trabajo, de comportarse como un hombre o una mujer “exitosa”.

Esa idea de individualismo inscrita en la narrativa liberal radical es una trampa para muchas preocupaciones por el cambio social, entre ellas, las medioambientales. Y funciona muy bien, pues nos hace pensar que nuestra acción por sí sola generará un cambio. Nos sentimos parte de ello, y nos asumimos como personas maravillosas por realizar alguna pequeña acción. Pequeñas capitanas y capitanes planetas.  El “yo contribuyo” nos desvía de las conversaciones de fondo que son mucho más difíciles. Si dejo de usar pitillo de plástico ya hice mi parte para “salvar al planeta” y me desentiendo del problema del fracking, o de la hiperproducción.

No estoy diciendo que las acciones individuales, o mejor, la sumatoria de acciones individuales puedan lograr grandes transformaciones pues estoy convencido, y la historia está de acuerdo conmigo, que “un grupo de personas organizadas pueden cambiar al mundo”. Lo que digo es que el relato liberal extremo se ha encargado de que sobrestimemos el poder de la acción individual, y quitemos los ojos de problemas sistémicos. De la misma manera que el pobre no es pobre porque quiere, o porque le falta iniciativa o es perezoso. La crisis climática no la vamos a solucionar cambiando nuestro cepillo de dientes de plástico por uno de madera, o dejando de usar pitillo, o mercando en bolsa de tela reutilizable. La narrativa liberal radical nos pone una trampa para que pensemos que los problemas sistémicos son responsabilidad individual.