La paciencia como el arte de no obedecer al primer impulso

La palabra paciencia proviene del latín patientia, derivada del verbo pati, cuyo significado original era ‘soportar’, ‘tolerar’ o ‘padecer’. Desde una perspectiva morfológica, está compuesta por el lexema pacient-, que concentra la idea de quien posee la capacidad para soportar una situación sin perder el dominio de sí mismo, y el morfema derivativo -ia, que convierte esa cualidad en un sustantivo abstracto dentro de nuestra lengua. Su origen etimológico resulta particularmente elocuente, porque la paciencia nunca aludió únicamente a la espera; desde sus raíces, designa la fortaleza necesaria para mantenerse estable mientras las circunstancias, las emociones o el tiempo siguen su curso. En otras palabras, ser paciente no significa permanecer inmóvil, sino evitar que el primer impulso decida por nosotros.

La paciencia ha sido una de las virtudes más incomprendidas y con frecuencia se asocia con la resignación, la lentitud o la falta de iniciativa, cuando en realidad constituye una de las expresiones más complejas del carácter humano. Como si hubiésemos sido educados a la usanza griega, solemos admirar la prudencia y el dominio de sí mismos en el discurso, pero en la práctica terminamos recompensando la reacción inmediata y el impulso. Asimismo, resulta mucho más sencillo responder inmediatamente a una ofensa que guardar silencio hasta comprender el contexto; es más fácil tomar una decisión dominados por la ira, el miedo o la euforia que permitir que esas emociones se aquieten antes de actuar.

Buena parte de los errores que lamentamos no nacen de la ignorancia, sino de la precipitación y una palabra pronunciada durante una discusión, un mensaje enviado en medio del enojo o una decisión tomada bajo la presión del momento pueden producir consecuencias que permanecen durante años. No son pocas las personas que, por actuar sin concederse un instante para reflexionar, terminan viendo cómo sus propósitos, sus relaciones o incluso su credibilidad caen estrepitosamente. Daniel Kahneman (2012) explica que el ser humano dispone de un pensamiento rápido, intuitivo y automático, junto con otro más lento, analítico y deliberativo. La paciencia, en buena medida, consiste en darle a este último la oportunidad de intervenir antes de que el primero tome el control.

Necesitamos paciencia para aceptar nuestro propio proceso, puesto que vivimos rodeados de historias de éxito que parecen ocurrir de la noche a la mañana, aunque casi nunca alcanzamos a ver los años de esfuerzo, incertidumbre y fracasos que las precedieron. Aquello que admiramos suele ser apenas la punta del iceberg; debajo permanecen ocultas las renuncias, las horas de trabajo, los errores y las dificultades que hicieron posible ese resultado. Nos comparamos con la parte visible de la historia de otras personas, olvidando que cada vida transcurre bajo circunstancias distintas, por lo que pretender que todos alcancen las mismas metas al mismo tiempo equivale a exigir que todos los árboles florezcan el mismo día, sin considerar que cada uno posee un ritmo de desarrollo diferente.

La paciencia también sostiene las relaciones humanas, debido a que la confianza no aparece después de una conversación, el respeto no se conquista mediante un único gesto y el afecto difícilmente madura de manera instantánea. Como señala Bauman (2005), los vínculos contemporáneos tienden a volverse cada vez más frágiles cuando privilegiamos la satisfacción inmediata sobre el compromiso duradero. Construir una relación sólida exige, muchas veces, luchar incansablemente sin desfallecer frente a los desacuerdos, los malentendidos y las dificultades que inevitablemente aparecen en el camino. Sin embargo, las relaciones más valiosas suelen consolidarse lentamente, mediante pequeñas acciones cotidianas que solo el paso del tiempo permite convertir en confianza.

Algo similar ocurre con la comprensión del otro, puesto que escuchar verdaderamente exige paciencia. Este acto, más allá de la palabra, significa permitir que la otra persona termine una idea antes de formular nuestra respuesta, aceptar que existen experiencias distintas a las propias y reconocer que nadie observa la realidad exactamente desde el mismo lugar. Esa disposición suele ponerse a prueba, sobre todo, después de una mañana convulsa, cuando el cansancio, las preocupaciones o el mal humor nos llevan a responder antes de comprender. En una sociedad donde abundan las opiniones rápidas, escuchar con calma puede convertirse en uno de los actos más profundos de respeto.

La educación constituye otro ejemplo elocuente, y aquí se debe comprender que ningún tutor guía a un aprendiz en una sola conversación, ningún maestro transforma a un pupilo en una única lección y ninguna sociedad modifica sus costumbres de un día para otro. La formación del carácter exige detenerse una y otra vez sobre las experiencias vividas, aunque en la actualidad parezca que no hubiera tiempo para la reminiscencia y todo debiera resolverse con respuestas inmediatas. La repetición de ejemplos, la coherencia entre las palabras y las acciones, y la disposición permanente para corregir sin renunciar al propósito inicial son las que verdaderamente moldean a una persona. Educar exige conocimiento; formar exige, además, paciencia.

Es probable que la prueba más difícil sea ejercer la paciencia con nosotros mismos, pues solemos exigir resultados inmediatos, castigarnos por cada error y considerar cualquier retroceso como un fracaso definitivo. Es precisamente en esos momentos cuando puede verse la magnitud de nuestra propia severidad, porque nos juzgamos con una dureza que difícilmente aplicaríamos a quienes más apreciamos. Sin embargo, el aprendizaje rara vez avanza en línea recta y equivocarse forma parte del proceso de crecer, siempre que conservemos la disposición para aprender de aquello que salió mal en lugar de convertirlo en una condena permanente.

En definitiva, la paciencia no representa una invitación a permanecer inmóviles mientras la vida transcurre; constituye, más bien, la capacidad de gobernar el carácter antes de gobernar las circunstancias. Porque decidir sin precipitación, escuchar antes de responder, comprender antes de juzgar y perseverar sin compararnos con el ritmo de los demás son formas silenciosas de fortaleza que pocas veces reciben reconocimiento. La paciencia suele actuar inteligente y furtivamente; no busca imponerse mediante gestos grandilocuentes, sino conducir nuestras decisiones con una prudencia que, aunque pase inadvertida, termina marcando la diferencia. Después de todo, las personas verdaderamente pacientes no son aquellas que simplemente saben esperar, sino aquellas que han aprendido a no entregar sus decisiones al primer impulso.

 

Referencias

Bauman, Z. (2005). Amor líquido: Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Fondo de Cultura Económica.

Kahneman, D. (2012). Pensar rápido, pensar despacio. Debate.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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