La memoria del pueblo también vota

Luis Carlos Gaviria

Cada cuatro años los ciudadanos recibimos en nuestras manos el instrumento más poderoso que existe en una democracia: el voto. Es un acto que dura apenas unos minutos, pero sus consecuencias pueden acompañar a un municipio durante años, e incluso durante generaciones.

Por eso, lo ocurrido recientemente con la aprobación del Proyecto de Acuerdo No. 0008 debe convertirse en una profunda reflexión para todos los habitantes de Andes. Más allá de las posiciones que cada persona pueda tener frente al relleno sanitario, existe una pregunta que nadie puede dejar de hacerse:

¿Nuestros representantes realmente representaron la voluntad de la comunidad?

Esa es la esencia de la democracia. Los concejales no llegan al Concejo Municipal para obedecer ciegamente al alcalde de turno. No son elegidos para levantar la mano sin cuestionar. No reciben el voto de los ciudadanos para convertirse en simples espectadores de las decisiones del Ejecutivo.

La Constitución y la ley les asignan una misión mucho más importante: representar al pueblo, ejercer control político, debatir con independencia y proteger el interés general del municipio. Cada concejal juró cumplir esa responsabilidad. Por eso, cuando una decisión afecta el territorio, el ambiente, las fuentes hídricas y la calidad de vida de numerosas comunidades rurales, los ciudadanos tienen todo el derecho de preguntar si ese compromiso fue honrado.

La democracia no consiste únicamente en ganar unas elecciones. La verdadera democracia exige escuchar. Exige debatir. Exige estudiar. Exige tener la valentía de decir “no” cuando una iniciativa no ofrece suficientes garantías, aunque esa decisión resulte incómoda.

Un servidor público no debe preguntarse qué es lo más conveniente para un gobierno. Debe preguntarse qué es lo más conveniente para su pueblo. Los habitantes de El Rayo, El Tapado, La Solita y de tantas otras veredas no pedían privilegios. Pedían ser escuchados. Pedían que sus preocupaciones fueran analizadas con seriedad. Pedían que el futuro de su territorio no se decidiera sin valorar plenamente los riesgos y las consecuencias que ellos consideran importantes.

Eso no es un favor. Es un derecho.

Hoy muchos ciudadanos sienten que su voz no fue suficiente para cambiar el rumbo de una decisión que consideran trascendental. Pero la historia democrática no termina con la aprobación de un acuerdo. La ciudadanía conserva el derecho de acudir a los jueces, de ejercer control social, de participar en los escenarios públicos y de exigir que las actuaciones de las autoridades sean examinadas conforme a la Constitución y la ley. Y conserva, además, un derecho que ninguna administración puede quitarle: La memoria.

La memoria ciudadana es silenciosa, pero poderosa. Recuerda quién escuchó. Recuerda quién debatió. Recuerda quién defendió sus convicciones. Y también recuerda quién prefirió guardar silencio.

Cuando llegue nuevamente el momento de acudir a las urnas, no permitamos que la memoria sea reemplazada por las promesas de última hora. No olvidemos las decisiones que marcaron el rumbo de nuestro municipio. No olvidemos quiénes estuvieron al lado de las comunidades y quiénes asumieron posiciones distintas.

No olvidemos que el voto no se entrega por simpatía, por favores personales ni por discursos bien elaborados. El voto debe depositarse pensando en el futuro de nuestros hijos, en la protección del agua, del campo, del ambiente y del patrimonio colectivo que pertenece a todos.

La democracia necesita ciudadanos informados. Necesita personas que pregunten. Que lean. Que investiguen. Que exijan transparencia. Que evalúen resultados y no solamente promesas.

Un pueblo que olvida su historia está condenado a repetirla.

Un pueblo que conserva la memoria fortalece su democracia. La invitación no es al resentimiento. Tampoco a la división. Es a la reflexión. Es a comprender que cada voto representa un acto de confianza y que esa confianza debe ganarse con hechos, con transparencia, con independencia y con un compromiso auténtico con el bienestar colectivo.

Los cargos públicos son temporales. Las decisiones permanecen. Y el juicio más importante no siempre ocurre en los estrados judiciales. También ocurre en la conciencia de los ciudadanos cuando, frente al tarjetón electoral, recuerdan quién estuvo verdaderamente al servicio del municipio.

Porque el futuro de Andes no depende únicamente de quienes gobiernan. Depende, sobre todo, de los ciudadanos que deciden, con libertad y con memoria, a quién entregan la responsabilidad de representarlos. Que las próximas elecciones no sean una jornada más.

Que sean una oportunidad para demostrar que en Andes la ciudadanía observa, recuerda y exige que el poder público se ejerza con responsabilidad, independencia y respeto por el interés general.

 

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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