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Maquiavelo sabía que los hombres no gobiernan enteramente las circunstancias, aunque casi todos, en especial los gobernantes, actúen como si esa posibilidad estuviera incluida en el cargo. Hacen planes, levantan alianzas, calculan fuerzas, prometen estabilidad y confunden con frecuencia sus deseos con el movimiento real de las cosas. Sin embargo, una oposición fuerte, la ambición de un aliado, la aparición de un adversario, un conflicto, una guerra, una catástrofe, una crisis económica, una mala imagen o un cambio imprevisto pueden alterar en pocas horas el escenario que parecía firme. El poder, que suele presentarse como dominio, descubre entonces su condición más incómoda: también debe actuar dentro de circunstancias que no ha elegido.
Para nombrar esa fuerza cambiante, Maquiavelo recurrió a una palabra antigua: fortuna. No se trata simplemente del azar, aunque el azar pueda intervenir en ella, ni del destino, que suele aparecer como el derrotero que los acontecimientos parecen tener cuando se les ve después de ocurridos. Tampoco es exactamente la suerte, aunque en el lenguaje corriente se hable de buena o mala suerte para nombrar los resultados de la fortuna. La fortuna es el movimiento de las circunstancias que favorecen o perjudican una acción: las ocasiones que se abren, los peligros que sobrevienen, los cambios de ánimo, las guerras, las alianzas, las crisis y las oportunidades que nadie puede asegurar por mucho tiempo. La fortuna no gobierna completamente las acciones de los hombres, pero tampoco les pregunta si están preparados.
La suerte es, por decirlo así, el nombre cotidiano que se da al resultado de la fortuna. Cuando las circunstancias coinciden con nuestros deseos, se habla de buena suerte; cuando se vuelven contra ellos, se habla de mala suerte. A veces se llama suerte a aquello cuyo origen no se comprende, o se atribuye a la inteligencia lo que también dependió de un momento propicio. Pero la suerte no es necesariamente nuestra ignorancia disfrazada, ni la fortuna una mano invisible que mueve los acontecimientos desde las sombras.
La suerte nace de una coincidencia: una o unas pocas circunstancias que, en un momento, un lugar y un modo determinados, se encuentran sin haber sido buscadas y dejan un beneficio o un perjuicio. La fortuna es más vasta: resulta de la convergencia cambiante de muchas circunstancias, de sus encuentros y desencuentros en el tiempo, el lugar y el modo en que transcurre la vida. Un hombre puede tener buena suerte en un negocio y, sin embargo, mala fortuna en el curso de su existencia; un gobernante puede ganar una batalla por suerte y perder su reino por fortuna adversa. La suerte favorece o contraría un instante; la fortuna puede inclinar a favor o en contra el curso entero de una vida, un gobierno o un Estado. Así, la suerte puede favorecer a un hombre en una ocasión determinada, mientras la fortuna compromete, para bien o para mal, el curso más prolongado de su vida política y de los Estados sobre los que actúa. César Borgia puede servir como ejemplo de lo primero, mientras que Florencia permite pensar en lo segundo.
La tradición había representado la Fortuna como una mujer que hace girar una rueda. Unos ascienden mientras otros descienden; a unos los tritura a otros los lleva y al que lleva lo puede triturar; quienes hoy ocupan la cima pueden mañana encontrarse en el polvo, y los derrotados de ayer pueden recibir de pronto una ocasión inesperada. La imagen no expresa solamente la inconstancia de la suerte. También contiene una advertencia: ninguna posición humana es tan firme que pueda considerarse a salvo del movimiento de las cosas. La rueda no reconoce méritos ni respeta jerarquías. Gira.
Frente a la fortuna, con sus ocasiones y adversidades, aparece la virtù: la capacidad de un hombre de acción o de un gobernante para reconocer el momento, decidir bajo la incertidumbre y actuar sobre las circunstancias, no para dominarlas enteramente, sino para torcer, cuando es posible, el curso de los acontecimientos. La palabra no significa bondad cristiana ni pureza de intenciones. Tampoco es la phronesis aristotélica, la prudencia inteligente. En Maquiavelo designa una capacidad práctica: inteligencia y prudencia, pero también energía, audacia, astucia y disposición para actuar cuando las condiciones cambian. El hombre de virtù no es el que posee una fórmula segura, sino el que sabe moverse en un terreno donde ninguna fórmula conserva indefinidamente su eficacia. Debe tener algo del zorro para reconocer las trampas y algo del león para espantar a quienes pretenden aprovecharse de su debilidad; pero ni siquiera esas dos figuras bastan cuando se convierten en hábitos rígidos, porque una capacidad que no se transforma con las circunstancias termina siendo una incapacidad disfrazada de virtud.
La eficacia, sin embargo, abre una pregunta que Maquiavelo no permite despachar con buenos sentimientos: ¿basta el éxito para ennoblecer los medios que lo hicieron posible? El florentino sabía que la crueldad, el engaño y la violencia podían llevar a un hombre al poder, pero también distinguía entre conquistar un Estado y merecer gloria. La virtù no era la inocencia de quien nunca ensucia las manos, sino la capacidad de actuar en un mundo donde la necesidad puede poner a prueba las virtudes ordinarias. ¿Era esto cinismo? Tal vez había en Maquiavelo una dureza que escandaliza; pero también una pregunta que el moralismo suele eludir: ¿qué queda de la virtud cuando el poder, para no perderse, exige hacer aquello que la moral condena?
Maquiavelo compara la fortuna con un río impetuoso que, cuando crece, arrastra árboles, derriba casas y cambia el curso de los caminos. Nadie puede ordenar al río que se detenga. Sin embargo, los hombres pueden construir diques, reforzar sus orillas y preparar defensas cuando el agua todavía parece tranquila. La imagen no promete un dominio absoluto, pues ningún dique garantiza que la corriente no encuentre otra salida. Lo que revela es una diferencia entre la pasividad y la preparación, entre quien espera que el mundo permanezca quieto y quien comprende que su quietud es apenas provisional.
La fortuna no se manifiesta únicamente en la desgracia. También puede presentarse como una ocasión favorable, y acaso sea entonces más peligrosa. La adversidad obliga a desconfiar; el éxito, en cambio, suele adormecer. Una victoria puede convencer al vencedor de que posee una virtud permanente, cuando quizá solo ha coincidido con un momento propicio. Una alianza afortunada puede parecer el fruto de una inteligencia superior, aunque haya dependido de intereses que mañana cambiarán. El hombre suele atribuirse el mérito de lo que la fortuna le concede y llamar destino a aquello que no se atreve a reconocer como contingencia.
También el error pertenece a esta zona incierta. Hay errores que pueden corregirse porque todavía queda tiempo para reparar sus consecuencias; otros no tienen remedio: una palabra pronunciada, una vida perdida, una confianza destruida o una decisión que ha cerrado para siempre una posibilidad. Pero hay errores de una naturaleza más extraña. No son necesariamente irreparables y, sin embargo, los hombres pueden volverlos irreversibles al insistir en ellos. Después de equivocarse, algunos no corrigen el camino: lo pavimentan. Cada nueva señal de fracaso se convierte en una razón para perseverar, no porque la empresa conserve su sentido, sino porque abandonarla obligaría a reconocer que se ha estado caminando en la dirección equivocada.
Entonces la costumbre puede hacerse pasar por carácter y la obstinación por firmeza. El hombre continúa defendiendo una decisión antigua como si la fidelidad a sí mismo consistiera en no cambiar jamás, aunque las circunstancias hayan cambiado de rostro y ya no reconozcan la decisión que él sigue defendiendo.
Lo que ayer fue prudencia puede convertirse hoy en cobardía; lo que antes parecía audacia puede ser ahora simple temeridad. De ahí que se repita con tanta facilidad que, como la política es cambiante, también deben cambiar los líderes y dirigentes. La frase contiene una verdad, pero puede servir igualmente de refugio para el cinismo, la inacción, la omisión o el error. Cambiar no siempre significa comprender las nuevas circunstancias; a veces significa acomodarse a ellas sin criterio, justificación para no hacer nada, abandonar una responsabilidad o llamar prudencia a la incapacidad de decidir y a la cobardía.
Es más cómodo tenerlo todo previsto y que las cosas ocurran como estaban previstas. Hay en esa comodidad algo que no pertenece solamente a la vida privada ni a la administración de los asuntos públicos. Acaso sea también el sueño secreto de todo autoritarismo: que la realidad coincida siempre con el plan, que los hombres respondan como se espera de ellos y que ninguna circunstancia introduzca una desviación.
Pero las cosas se desvían. Aparecen encuentros que nadie había buscado, los acontecimientos toman otra dirección y hasta aquello que parecía obediente encuentra la manera de salirse del cauce. Si todo ocurriera como estaba dispuesto, la vida sería más cómoda, sin duda, pero también mucho más aburrida, dócil, como le gustaría al autoritario.
La virtud no consiste únicamente en acertar ni en corregir siempre, como si la vida fuera un examen cuyas respuestas estuvieran disponibles tal cual el álgebra de Baldor. Consiste también en reconocer qué clase de error se tiene delante: cuál reclama reparación, cuál exige paciencia, cuál debe abandonarse y cuál solo puede ser aceptado. Frente a la fortuna, la inteligencia no se mide únicamente por la capacidad de sostener una decisión, sino también por la de abandonarla cuando el mundo ha dejado de sostenerla.
El destino aparece entonces bajo una luz menos solemne. A veces aquello que se llama destino no es más que la suma de errores que nadie quiso revisar, de oportunidades que se dejaron pasar y de decisiones que, por orgullo o por miedo, se mantuvieron más allá de su tiempo. Otras veces, sin duda, intervienen fuerzas que ninguna inteligencia habría podido prever. La vida no es enteramente obra nuestra, pero tampoco somos simples pasajeros de ella. La fortuna introduce el movimiento cambiante de las circunstancias; el destino nombra la dirección que los acontecimientos parecen adquirir; la virtù designa la capacidad, siempre limitada, de responder a lo que sucede.
Tal vez ahí resida una de las dificultades más hondas de la acción política y humana: nadie puede modificar su naturaleza con la misma rapidez con que cambian los tiempos. El hombre puede ser valiente cuando la época exige cautela, prudente cuando reclama decisión, astuto cuando hace falta franqueza o firme cuando la realidad ya demanda flexibilidad. No siempre fracasa por falta de inteligencia. A veces fracasa porque su inteligencia llega tarde, porque continúa resolviendo el problema de ayer cuando el mundo ya ha planteado otro y no tiene la cortesía de esperar a que él termine de comprenderlo.
El hombre no es dueño de las circunstancias, pero tampoco un pasajero inocente de ellas. Hace planes con lo que conoce, decide con información incompleta, se equivoca por razones que a veces comprende demasiado tarde y procura seguir adelante, no siempre con grandeza, pero casi siempre con alguna forma de orgullo. En ese esfuerzo modesto, sin garantías y expuesto a las interrupciones de la fortuna, aparece la virtù.
No se trata de vencer a la fortuna ni de demostrar que el destino estaba allí desde el comienzo. Tal vez consista, más sencillamente, en actuar sin exigirle al mundo que confirme nuestras explicaciones y en aceptar que, cuando llegue la hora de contar lo sucedido, habrá que dejar un espacio para aquello que ninguna historia consigue ordenar por completo. Mientras se vive, la existencia se parece menos a un camino que a una sucesión de desvíos. Solo después, cuando la memoria recoge los hechos y los acomoda como puede, esos desvíos comienzan a adquirir la apariencia de una dirección. Quizá entonces se comprenda que la fortuna no fue una mano oculta que condujo los acontecimientos, sino el nombre que recibió aquello que, mientras ocurría, nadie sabía todavía cómo llamar.














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