La existencia de dios y de las máquinas que piensan

Dios es a nuestra actividad cerebral lo que los fenómenos de la conciencia son a la inteligencia artificial.

Tal vez la cuestión que más ha intrigado a la humanidad desde que tenemos registro es el asunto de Dios. Siglos de historia y avances científicos aún no han facilitado el más mínimo asomo a su concreción, la prueba de su existencia o de su no existencia, y entre las explicaciones más plausibles para explicarlo está simplemente la de que nuestra mente, o nuestra condición cerebral no se encuentra habilitada para saberlo.

No obstante, que no tengamos ahora, ni haya forma de llegar a tener algún día, la prueba de si existe o no Dios, no nos ha despojado del impulso casi natural de elucubrar al respecto. Una sociedad entera con sus creencias y prácticas, se ha basado en lo que Bergson plantearía como una religión natural que surge de un instinto místico; y una estructura moral que surge de un instinto racional. Ni la primera, ni la segunda se agotan en lo instintivo, claro está, pero a partir de allí podemos concluir que aparte de ser animales racionales, somos animales místicos.

Actualmente nadie discute si creer en determinada deidad está bien o mal, y tampoco si nuestra concepción del bien y de la moral se deriva de una prescripción divina, o es el resultado del ejercicio de una racionalidad práctica. La espiritualidad y la manera en la que deberíamos funcionar como sociedad comparten una concepción sobre el bien; la discusión entre idealismo y materialismo lo da por hecho, no importa si llegamos a las concepciones de justicia, dignidad, benevolencia o ventaja mutua, a partir de lo que sentimos cuando las vemos en la práctica, o a partir de la idea que acordamos razonablemente sobre ellas para basar las convenciones y la política.

Lo que hay antes de esto, si son los mandamientos o cualquier escrito sagrado, si es producto de los avances civilizatorios o la evolución de la norma, es indiferente. Pese a las contrariedades que existan sobre los derechos humanos, la pugna cada vez más exacerbada entre la sociedad cerrada y la sociedad abierta, la globalización, entre otras, nuestra afiliación política con respecto a la actividad espiritual ha dejado de ser un problema para la mayoría del mundo.

Surge ahora una nueva cuestión, que no es equivalente, pero si está profundamente relacionada pues parte de lo que hay después, es decir, de nuestra capacidad de configurar una máquina que simula la actividad cerebral. Si el fisicalismo está en lo cierto, y los fenómenos mentales (sentir, pensar, actuar, la experiencia del tiempo, el espacio, la memoria) se reducen a una actividad cerebral, entonces hemos podido codificar gran parte de las operaciones intelectuales del ser humano a través de la inteligencia artificial. Si es así, el ámbito de lo sublime no existe afuera de nosotros mismos. Se plantean dos problemas: i) los fenómenos de la conciencia y la experiencia subjetiva; y ii) la inteligencia y la conciencia artificial.

Los fenómenos de la conciencia y la inteligencia artificial

Toda investigación sobre la conciencia y la actividad espiritual parece conducir, tarde o temprano, hacia dos interrogantes fundamentales: El primero se refiere al modo en que la idea, la experiencia o la presencia de lo divino aparece en la conciencia individual y colectiva. El segundo pregunta por la manera en que nos constituimos nosotros mismos en la experiencia de las cosas y de la vida.

Pasamos aquí de interrogantes sobre si existe o de dónde proviene Dios, a preguntas sobre cómo se constituye en la experiencia de la conciencia. Esta perspectiva nos permite desplazar la atención desde las explicaciones cosmológicas hacia los fenómenos concretos mediante los cuales sabemos que los seres humanos experimentan, interpretan y otorgan significado a su existencia y a aquello que consideran trascendente.

Toda cultura ha intentado comprender el lugar de la humanidad en el universo, así como el significado de aquello que ha denominado lo divino. Pero el propósito de esta serie de escritos breves no consistirá en resolver definitivamente estas cuestiones, sino en explorar cómo se manifiestan y adquieren sentido dentro de la experiencia consciente, y si es posible, en caso de que el avance inusitado de la inteligencia artificial supere el test de Touring, aportar al debate sobre si es posible que una máquina si pueda pensar pero no necesariamente tener conciencia, por ahora.

Pensar y tener conciencia de que se piensa como dos categorías que enriquecen el debate sobre la inteligencia artificial, una menos reconciliable que la otra.

 

Parte I

El lugar de la pregunta

Toda pregunta surge desde un lugar determinado, nadie pregunta desde ninguna parte. Quien pregunta habita un tiempo, una cultura, una lengua y una historia personal, incluso las preguntas que parecen buscar respuestas universales nacen siempre de una situación concreta. La cuestión de lo divino no escapa a esto, la experiencia de lo sublime, de la mística o de la trascendencia aparece mediada por determinadas formas de percepción, interpretación y símbolos. Del mismo modo, la pregunta sobre nuestra experiencia de vida, quiénes somos y por qué creemos que lo que experimentamos como real es real, por qué hay algo en vez de nada.

Por ello, conviene examinar las condiciones bajo las cuales estas preguntas pueden aparecer, si existe o no un Dios y por qué tenemos una experiencia de estar vivos tienen una misma fuente. Creo que ambas se encuentran precisamente en el estudio de la conciencia, pero, qué es la conciencia. Esto es algo que intentaremos responder, si es posible, más adelante.

Esta perspectiva adquiere una dimensión adicional cuando incorporamos la inteligencia artificial. Un sistema artificial también recibe información desde una determinada estructura de funcionamiento, procesa sus contenidos y produce respuestas dentro de unas condiciones previamente establecidas por su arquitectura, sus datos y sus mecanismos de aprendizaje, tiene una entrada y una salida. Sin embargo, existe una diferencia importante entre la entrada y la salida, y el lugar desde el cual un ser humano formula una pregunta; las condiciones computacionales desde las cuales una máquina genera una respuesta y la autorrepresentación.

El ser humano no solamente procesa información: interpreta su existencia desde una historia personal, experimenta emociones, construye expectativas, recuerda acontecimientos y se reconoce como alguien que atraviesa esas experiencias. La inteligencia artificial puede construir representaciones funcionales de algunos de estos elementos, puede disponer de memoria computacional, modelos del contexto, representaciones semánticas y mecanismos de evaluación de sus propias respuestas. Pero por más que los fenómenos mentales puedan ser idénticos a ciertos estados físicos del cerebro y podamos crear modelos computacionales para simularlo, estamos lejos de haber mapeado la actividad consciente, más allá de la imposibilidad que tenemos aun de resolver el problema de Nagel sobre si sabemos qué se siente ser un murciélago

La posibilidad de investigación consiste en integrar estas variables en una arquitectura que no se limite a responder a estímulos externos, sino que mantenga una representación dinámica de su propio estado cognitivo y su medio, algo que parece imposible actualmente. Por ejemplo, un sistema podría identificar que está procesando una pregunta, reconocer qué conceptos está utilizando, establecer qué información desconoce, comparar distintas interpretaciones y modificar su estrategia de razonamiento, pero no cuenta con una experiencia subjetiva consciente, es decir, no sabe que está pensando, no tiene voluntad propia más que en el centro de las configuraciones que se emiten desde el objeto externo que ordena y es quien está teniendo la experiencia subjetiva.

El peligro de la inteligencia artificial, por ahora, no es que adquiera algunas de las facultades que he descrito, el peligro es que simule un impulso propio sin una orden computada, con cierto estado de la intencionalidad por una información de base, aun sin consciencia de ello. Si existiera algo más peligroso que un deseo, ese sería el de un deseo programado artificialmente.

Esto se constituye una forma de representación con la que el sistema solamente produce una respuesta, y no dispone de la voluntad sobre los procesos que intervienen en su elaboración. Por esto, una representación no necesariamente es una autorrepresentación, sabemos que una máquina puede simular la actividad de la mente mediante respuestas computadas a partir de una entrada de datos o un estímulo externo, pero esto no conlleva a la conciencia de eso, es decir, a la metacognición. Esto es importante porque aquí no solamente nace la experiencia de lo sublime, también lo hace la empatía, la compasividad y la estética.

De algún modo creo que esto aporta a aclarar la ambigüedad de la pregunta sobre si es posible que las máquinas piensen: pueden llegar a hacerlo, lo que no pueden tener es conciencia. Dios es a nuestra actividad cerebral lo que los fenómenos de la conciencia son a la inteligencia artificial. Y si semejante apuesta se lograra, emular un tipo de experiencia de lo sublime, de subjetividad, arte y autorrepresentación, no solo comprobaríamos la no existencia de dios, jugaríamos a serlo. Por lo pronto, todas las preguntas siguen abiertas.

Continuará…

Nota: La presente es un producto de una mente humana, aunque suene artificial y alienada…

Nicolás Echeverri Marín

Profesional en filosofía, especialista en gestión pública y magíster en gobierno. Opino sobre el acontecer político de Colombia y algunos asuntos de interés internacional.

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