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La auto exigencia del hombre en un mundo hiperacelerado

La auto exigencia del hombre en un mundo hiperacelerado. 

Un análisis sobre “la sociedad del cansancio” de Byung Chul Han


En el libro “La sociedad del cansancio” Chul-Han plantea la existencia del paradigma que afectó el siglo XX, conocido como “paradigma inmunológico”, donde se plantea la existencia de una cultura que distingue entre el adentro y el afuera, entre el yo y el extraño. Para Han este es una época caracterizada por la noción del enemigo externo, donde el extraño aparece como el objeto pasible de ser atacado, aun cuando no resulte peligroso, sino simplemente, por ser otro. Se está ante una posición dialéctica donde [yo] niego la negatividad del otro y en ese procedimiento lo reconozco como tal. Se está frente a lo que Foucault llamaba la sociedad disciplinaria, que es aquella idea donde el uno vigila al otro, observando que cumpla con lo que se debe, y eventualmente castigándolo ante la violación de la norma.

Sin embargo, a diferencia de Foucault, Chul-Han propone que en este nuevo siglo (S.XXI) la sociedad se encuentra dominada por un nuevo paradigma, al que él llama paradigma neurológico, en el que el enemigo ya no está afuera, sino que vive dentro de cada uno. Ya no existe ese otro bacilo o microbio que amenaza, sino un yo totalmente positivo que todo lo abarca y todo lo cubre.  Por lo que “La violencia de la positividad no presupone ninguna enemistad. Se despliega precisamente en una sociedad permisiva y pacífica” (p.14). Sin embargo, es en ese paradigma que se afirma en uno mismo donde se producen enfermedades neuronales como reacción. Enfermedades como la depresión, la bipolaridad, trastornos por déficit de atención (TDA), etc., enfermedades psicológicas que hoy abundan. Este tipo de enfermedades aparecen cuando la persona ya no puede más, porque el sujeto se somete a la culpa de no poder convivir en una sociedad del “sí puedo”, y se enferma de positividad. De eso se trata este paradigma inmunológico, la violencia de uno mismo, contra la violencia de la otredad.

Pasamos entonces de una sociedad disciplinaria a una sociedad de control, en las que aparecen nuevas formas de violencia, una violencia inmanente al sistema y por ser constitutiva del sistema no se reconoce como extraña ni genera una reacción inmunológica violenta. Ha dejado de convertirse en una sociedad de control por la vigilancia, para pasar a ser una sociedad de control por el rendimiento. Este término, control, supone la existencia de rasgos de negatividad y la existencia de alguien controla a otro, mientras que la obligación de rendimiento es inherente a la propia persona. Un ejemplo de esto es la cultura del emprendedor, el cual es un sujeto que todo lo puede por su propia voluntad, y se le brinda culto al hacer y al poder hacer.

Aquella sociedad disciplinaria era una sociedad de la negatividad, en que su factor lógico era no hacer lo que puedo, sino lo que la norma me indica que debo hacer. En cambio, en la sociedad del rendimiento; en la cual estamos inmersos actualmente, tiene un factor base positivo, el poder. Donde solo existe la noción de poder, poder hacer, poder decir, poder lograr, etc. Esta es la meta deseada en nuestro tiempo.

De la sociedad disciplinaria del NO (resaltado por el autor) generadora de locos y delincuentes, pasamos a la sociedad del rendimiento, la sociedad del SI (resaltado por el autor), donde no hay límites, y, por lo tanto, generadora de depresivos y fracasados. De la disciplina pasamos a la autodisciplina, donde yo soy mi propio amo y jefe. En esta sociedad, el amo se ha vuelto esclavo de sí mismo, hay una autoexploración. Por ende, entramos en lo que llama Chul-Han una libertad paradójica, porque se genera una sensación de ser libre, donde el individuo siente que todo lo puede hacer y nadie puede interponerse entre él y su objetivo. Esto resulta paradójico, porque ese hacer permanente se convierte en la cárcel social del hombre quitándole lo que buscaba, la libertad.

Esta sociedad del rendimiento genera un excesivo cúmulo de positividad, lo cual produce un exceso de estímulos e impulsos que afectan la economía de la atención. El multitasking, la multitarea no es una habilidad privativa del hombre hipermodermo, sino una capacidad natural primitiva dice Chul- Han, que obliga a los animales a activar muchos niveles de percepción para su supervivencia. El problema es que cuando la atención se dispersa porque se hace difícil la contemplación, que es una facultad del espíritu humano. Por eso Han menciona que el multitasking debe entenderse como una regresión hacia instancias de supervivencia animal. Aburrirse entonces, es una virtud, como menciona Walter Benjamin (1936) cuando menciona que “el aburrimiento es esa ave que incuba el huevo de nuestra experiencia”. Por ende, quien pueda tolerar el aburrimiento encuentra nuevos tiempos, nuevos espacios y nuevas ideas para la creación. Hasta el propio Nietzsche recomendaba recuperar la capacidad de contemplación para alimentar el pensamiento y la mirada. Nietzsche decía que hay que volver “(…) a aprender, a mirar, a pensar y a hablar (…)” (p.33) para poder recuperar la acción de contemplar, y no someterse a los impulsos, a controlar los instintos y aprender a decir no [resaltado por el autor]. Ya que decir no, convierte la vida contemplativa en la más activa de las vidas porque existe una lógica de la hiperactividad y la hiperpasividad, entonces es un error suponer que mientras más activo es el hombre es más libre.

La verdadera libertad es la contemplación y el detenerse, el entretiempo. En cambio, en la actualidad no hay espacio para la interrupción, para detenerse, para cambiar. Solo hay tiempo para que el tiempo se convierta en un presente prolongado. Un ejemplo de ello es el enojo, porque la rabia es una emoción que requiere detenerse para alimentarse, por eso nuestro tiempo sólo está hecho de enojos circunstanciales, no de rabia. El enojo, como el enfado, no generan cambios, mientras que la rabia requiere detenerse, analizar y producir cambios de estado. “El enfado es para la rabia lo que el temor para miedo” (p.35).

La computadora hace cálculos, incluso con mayor capacidad que el ser humano porque carece de otredad, es pura positividad, es puro rendimiento. En ese mismo marco de positividad, la sociedad y el sujeto se vuelven máquinas de rendimiento autista. Según Hegel es la negatividad la que permite una vida llena de vida. Existen dos potencias, la potencia del hacer y la potencia del no hacer. Y él no hacer no es impotencia, sino que es simplemente un camino alternativo que completa el hacer. Si solo se tuviera la capacidad de percibir y no la capacidad de no percibir, el mundo sería una masa atosigante de estímulos. Del mismo modo, si sólo se tuviera la potencia de pensar sería imposible reflexionar porque todo sería una secuencia infinita de pensamientos sin espacio y detenimiento.

La negatividad es fundamental para la contemplación o la meditación, por esto la negatividad también es activa y no pasiva, o sea que si solo hubiera positividad se estaría pasivamente sometido al objeto.

El imperativo de vivir en una sociedad del rendimiento conduce al rendimiento sin rendimiento. Una actividad sin pausa, sin detenciones que produce un agotamiento, pero no un agotamiento fundamental, sino un agotamiento excesivo que requiere de sobre estímulos para seguir, o bien, no seguir y caer en la angustia. Una sociedad del dopaje que permita a los individuos seguir rindiendo. Para Han estamos construyendo una sociedad del cansancio, un cansancio agotador que aísla y que fragmenta. No es el cansancio virtuoso de la demora, sino el cansancio que agobia, un cansancio violento que destruye toda comunidad y cercanía.


Referencias bibliográficas

Han, B. C. (2017). La sociedad del cansancio: Segunda edición ampliada. Herder Editorial.

Benjamin, W. (2008). El narrador. Ediciones/Metales Pesados.

 

Esto fue escrito por

Juan Sebastian Ardila Arciniegas

Apasionado por el fútbol, la lectura y las hamburguesas. Mis áreas de interés son la geografía, la geopolítica y la historia. El mundo cambia constantemente, así que hay que moverse con él.

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