La argumentación en la ciencia (II): Bauer y los métodos científicos

El concepto clave sobre el que orbita Scientific Literacy and the Myth of the Scientific Method, trabajo del químico Henry Bauer, es sin lugar a dudas el de método científico. Frente a la ingenuidad de quienes consideran que este es uno para todas las disciplinas científicas, el autor comienza el texto denunciando la variación que se produce dependiendo del campo de investigación en que nos movamos. Para poder abordar tal cuestión con mayor profundidad se pregunta, ¿cómo concebir la producción científica? Pues para ello se recurre a una metáfora propuesta por Polanyi que compara al proceso de producción científica con una realización colectiva de un puzle en la que todos los componentes del juego conocen las reglas y están al tanto de todo lo que hace el resto. La coordinación de la misma estaría, según el autor en este primer punto del trabajo, por una suerte de “mano invisible”.

Esta metáfora de Polanyi resulta especialmente útil para Bauer puesto que le permite ilustrar a la perfección el carácter estrictamente científico que, valga la redundancia, tiene la ciencia en relación con otras actividades como las pseudocientíficas. Esto es el consenso entre los distintos jugadores del puzle. Un consenso que se sistematiza históricamente por vez primera en la Modernidad. Ahora bien, en relación con la polémica con los defensores de una especia de idealidad del método científico, Bauer señala que según esta metáfora en las reglas del juego que deberían estar acordadas por todos los participantes del puzle debería primar la lógica, aparentemente neutral, frente a elementos subjetivos como los prejuicios, pasiones, intereses económicos o profesionales que pudieran estar en juego. Asimismo, se destaca la existencia de quienes mantienen que el uso de un método como el científico debería ser extrapolado a todos los ámbitos de la sociedad de manera que consiguiera, de esta forma, mejorar la vida de los distintos individuos. Empero, como se muestra en el siguiente apartado, no es cierto que este supuesto método científico unitario haya conseguido ni mucho menos que depurar todos los elementos subjetivos de cada sujeto que hace ciencia.

Para ilustrar esta idea, Bauer representa el proceso de conocimiento mediante una gráfica en la que se exponen las etapas que van desde una forma de conocimiento estrictamente subjetiva, hasta el conocimiento científico, supuestamente objetivo. Así, el primero paso de este proceso se produciría en la educación, donde los futuros científicos y científicas aprenden a distinguir cosas como sus miedos, ambiciones o imaginaciones de las actitudes que deben formar parte de la empresa científica. Pero, más allá de ello, se hace especial hincapié en esta educación en el modo en que la investigación científica debe ser plasmada en texto. Es decir, en cómo debe de ser el discurso científico. El paso de la enseñanza a la práctica determinará quienes han aprendido bien la lección, puesto que solamente aquellas investigaciones escritas acorde a las directrices demandadas por las distintas revistas académicas especializadas, serán susceptibles de ser publicadas. Esta es la llamada primera frontera de la ciencia, que da como resultado a la literatura científica primaria. Sucede, con todo, que estos artículos científicos continúan siendo susceptibles de errores o incluso de incurrir en algún tipo de fraude. Algo que se verá superado con la progresiva aceptación de la comunidad a través de citas o reseñas. Solamente en este último punto de gran consenso, afirma Bauer, podemos hablar de conocimiento científico. El proceso culminará cuando, pasado un tiempo, las ideas aportadas por el artículo científico sean reconocidas en libros de texto, tomados como una gran fiabilidad, que podrán ser utilizados incluso a largo plazo. ¿Permite esta gráfica de Bauer concluir que el conocimiento científico, mediante un método particular, consigue alcanzar la objetividad? No. Más bien, lo que muestra es que el proceso de conocimiento científico exige un estilo impersonal. Lo que queda así es impersonalidad, mas no objetividad.

Desde la filosofía de la ciencia del siglo XX se ha puesto de manifiesto que el conocimiento científico, en tanto tal, es siempre susceptible de ser sustituido. De otro modo, más que ciencia sería dogma. A la vista de este hecho, constatable históricamente, cabe preguntar a quienes defienden la idealidad del método lo siguiente: ¿es que el método actual se encuentra perfeccionado respecto al empleado hace dos o tres siglos? O, ¿es el conocimiento científico de hoy día más objetivo que el pasado? Y es que, aun cuando se aceptase un cierto perfeccionamiento en el desarrollo de la ciencia, la afirmación de la existencia de un “método científico” en sentido unitario continuaría siendo una “quimera”. Desde la filosofía de la ciencia se ha llegado, pues, a la conclusión de que no hay una única lógica científica establecida, y muchos menos que esta pueda proporcionar un conocimiento puro.

Lo dicho hasta el momento se ilustra a continuación con un recorrido por la revolución científica. A pesar de que el conocimiento científico ya había comenzado tiempo atrás (p.e. en las antiguas Mesopotamia o Grecia), es cierto que en la Modernidad se produce un fenómeno que semeja establecer una diferenciación entre aquella ciencia llevada a cabo en la Antigüedad de la actual. Esta diferencia, desde luego, no puede estar marcada por la aparición de una determinada lógica puesto que, como decimos, ya había ciencia antes de la Modernidad. Lo que no había antes de esta época serán las sociedades científicas y revistas especializadas que comenzarán a divulgar el conocimiento y a someterlo a una revisión pormenorizada de su estilo. La individualización del conocimiento torna ahora en explícitamente colectivo al comenzar así un proceso de colectivización del conocimiento científico. Este se muestra, como se vio precedentemente con el ejemplo del puzle, en conocimiento por consenso.

Sumado a lo dicho, la existencia de una enorme disparidad de disciplinas caracterizadas como científicas, debido a su vez al hecho de que distintas regiones del mundo presentan distintas idiosincrasias que, por ende, son abordables de distintas maneras, dificulta la visión de un único método en ciencia. De hecho, sucede que dependiendo de la disciplina en la que nos topemos, los sujetos no se pondrán de acuerdo, respecto a miembros de otras disciplinas, en multitud de aspectos. Como por ejemplo acerca del vocabulario a emplear.

Esta variabilidad del conocimiento científico fue presentada paradigmáticamente por Kuhn, quien atisbó mediante un método histórico que el progreso científico requiere de innovaciones incluso metodológicas que se producen durante los momentos revolucionarios en los que se concluye con una época de ciencia normal. Aunque, por supuesto, como aclara Bauer, esta no es compartido por los defensores de la visión “clásica” del método científico. Como consecuencia de lo dicho, restaría por formular ahora la pregunta por la demarcación del conocimiento científico respecto al pseudocientífico. Mas, en ausencia de un método unitario como el que se está descartando en el texto, esto parece difícilmente realizable. No hay ningún criterio claro, más allá del consenso de la comunidad científica, que permita distinguir ciencia de pseudociencia.

A modo de conclusión, el químico austríaco apunta las dificultades que atraviesa la crítica del conocimiento científico tal y como la ha presentado debido a la actual idealización de la ciencia como si de un nuevo Dios se tratase. La comprensión del conocimiento científico como un fruto del consenso entre una comunidad parece conllevar la idea (ya puesta de manifiesto por muchas personas) de que la ciencia no ofrece evidencia alguna, siendo susceptible de error como tantas otras disciplinas. Aclara el autor, a este respecto, que la afirmación de que el conocimiento de la ciencia sólo se produce con un consenso colectivo no quiere decir, por supuesto, que este consenso no haya tenido en cuenta al mundo: “the fact that the consensus of the scientific community governs the progress of  science does not entail that this consensus is uninfluenced by nature”. A este respecto se destaca una posible respuesta de los defensores de la comprensión clásica del método científico: del hecho de que en multitud de ocasiones el método no haya sido seguido escrupulosamente siempre no se puede colegir que este no deba ser seguido de este modo. Sin embargo, se responde Bauer, esta respuesta no remite verdaderamente al quid de la cuestión, que es el modo en que de facto se ha hecho y se continúa haciendo ciencia.

Como señala en los momentos finales del texto, Bauer no hace referencia a la hipotética vinculación del conocimiento científico con la naturaleza, sino a las condiciones que debe cumplir este para ser considerado tal. La clave para nuestra comprensión del mismo creemos que se encuentra en la idea de que el discurso científico no es objetivo senso stricto, pues está hecho por sujetos, valga la redundancia, subjetivos, sino que es en todo caso impersonal. Esto no significa en ningún caso que el valor cognoscitivo de un texto científico sea equiparable al de la poesía, por ejemplo. La pretensión es mostrar simplemente que la aceptación de una hipótesis concreta como científica, en detrimento de otras, está fuertemente influida por elementos retóricos, como la adopción, en el caso de este texto, de un discurso impersonal susceptible de ser aceptado por la comunidad. Aun a pesar de nuestra parcial conformidad con lo dicho por Bauer, no podemos por menos que recalcar las consecuencias sumamente antiintuitivas que se siguen de la reducción del conocimiento científico a aquel que ha sido aceptado por comunidad científica que sea. Como, por ejemplo, la incapacidad para distinguir con claridad ciencia de pseudociencia o afirmaciones literales del autor como que “el método científico es una quimera”.


Otras columnas del autor: https://alponiente.com/author/alejandrovillamoriglesias/

 

About the author

Alejandro Villamor Iglesias

Es graduado en Filosofía con premio extraordinario por la Universidad de Santiago de Compostela. Máster en Formación de Profesorado por la misma institución y Máster en Lógica y Filosofía de la Ciencia por la Universidad de Salamanca. Actualmente ejerce como profesor de Filosofía en Educación Secundaria en la Comunidad de Madrid.

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