Juan Rulfo y sus biógrafos

En 1992, Gerald Martin, el biógrafo de Gabriel García Márquez, dijo: “Rulfo defendió su vida íntima, pasado y presente, con una resistencia callada y tenaz. No estamos cerca de la posibilidad de reconstruir siquiera los datos más importantes de su vida, y es previsible que una biografía definitiva no exista nunca”.

Sin embargo, aparecieron cuatro biografías relevantes sobre Juan Rulfo:

En el año 2003 la biografía de Nuria Amat: “Juan Rulfo, el arte del silencio”.

En el año 2004 la biografía de Alberto Vital: “Noticias sobre Juan Rulfo, 1784- 2003”. Con una nueva edición ampliada en el año 2017: “Noticias sobre Juan Rulfo. La biografía, 1762- 2016”.

En el año 2005 la biografía de Juan Ascencio: “Un extraño en la tierra. Biografía no autorizada de Juan Rulfo”.

En el año 2012 la biografía de Reina Roffé: “Juan Rulfo. Biografía no autorizada”. Con una nueva edición ampliada en el año 2017, bajo el mismo título.

Vital, quién ha tenido acceso a los archivos más personales de Rulfo, realizó una biografía bastante fría, sobria, con inmensidad de datos, pero en una estructura bastante enciclopédica, donde se abstiene de mencionar aquellos aspectos más polémicos de la vida privada del autor mexicano. Personalmente, el listado cronológico que hace, me parece el más impersonal y aburrido de todos los estilos para contar la vida de alguien, tanto así, que casi no termino de leer este mamotreto de Vital. Uno queda con la sensación que este libro dice mucho pero no dice nada. Un defecto adicional de esta biografía oficial es el estilo pedante de Vital que, más que una narración de una vida, hace es un ensayo filosófico que pretende tener «la verdad» sobre Juan Rulfo.

Juan Ascencio, que fue amigo de Rulfo, realizó en la primera parte de la biografía -es decir, la parte que comprende desde los antepasados de Rulfo hasta la escritura de sus dos libros- una biografía excepcional con una alta rigurosidad historiográfica y con un estilo muy ameno; pero en la segunda parte, después de que Rulfo escribió Pedro Páramo, la biografía de Ascencio cae en el anecdotario disperso, en testimonios sin hilvanar, un relato incompleto de la segunda parte de la vida de Rulfo, con saltos enormes en su última trayectoria. La biografía termina más bien en la dispersión de testimonios.

Roffé logró una proeza, reunir la más copiosa información, basada en diversas fuentes y entrevistas decisivas para hilvanar un relato bastante ameno, aunque no completo -ya vamos a ver que la biografía «completa» no existe-, sobre la vida de Juan Rulfo. Con inmenso respeto y prudencia, Roffé señaló los temas controvertidos como la relación con el alcohol, con los amores y las fibras íntimas de este escurridizo personaje. Es en verdad, la de Roffé, es el relato más ameno y completo sobre Rulfo, aunque es una autora no querida por los custodios oficiales de la obra rulfiana

Nuriat Amat escribe una asombrosa disertación sobre el arte de la escritura a partir de su acercamiento a Juan Rulfo, pero sobre el autor en cuestión, no agrega muchos datos biográficos novedosos. La biografía de Nuriat Amat es muy generosa en los análisis de su obra; y, como es tan buena escritora capta los misterios de la escritura rulfiana; aunque su libro da cuenta del periplo esencial de Rulfo faltan muchos hechos de su vida.

Luego de cotejar las cuatro biografías, considero que Gerald Martin tenía razón: “es previsible que una biografía definitiva [sobre Juan Rulfo] no exista nunca”.

Tampoco podemos ser desagradecidos con las biografías antes mencionadas, cada quién aportó mucho, unos con más soberbia que otros, otros con menos método historiográfico, pero cada quién ofrece algo sobre la vida de Rulfo, y así no exista la «biografía definitiva», estas biografías las he buscado amado y releído mucho.

¿Quién era Juan Rulfo?

Hombre del silencio, pero detrás de este silencio había un socarrón, no era un santo. En medio de la tristeza por la infancia rodeada de muerte, había un hombre de un fino humor. Nos relata Roffé: “Capaz de ironías y humoradas para cortar ese hilo trágico que bordea el melodrama de toda historia y tiende un manto piadoso sobre el desconcierto de vivir y morir”.

“Pero, en verdad, su tarjeta de presentación era la de hombre triste por naturaleza. […] Había aprendido a vivir con la soledad y la cultivaba como si fuera un gran amor”.

Su escritura diáfana y bella también se daba en el arte de la conversación, cuando Rulfo abandonaba el mutismo, aparecía el poder del habla: “Hombre callado, a veces podía ser un gran conversador. Sorprendía a sus contertulios con relatos intempestivos de cadáveres que desenterraban en lugares extraños o de pueblos que, de pronto, habían desaparecido de la faz de la tierra”.

Los vídeos que hoy día circulan en la red sobre algunas entrevistas que concedió Juan Rulfo muestran a ese hombre retraído que quisiera mejor no hablar. “A sus entrevistadores les advertía que su respuesta podía tardar en llegar una media hora. Metafóricamente, esa media hora era tal vez el tiempo que necesitaba un tímido para desinhibirse y encontrar el pulso de la conversación. Cuando lo encontraba era «imparable», pero no con los periodistas, sino en la intimidad, cuando nadie lo presionaba”.

Juan Rulfo era una encarnación de tristeza, algo muy profundo se quedó marcado en su ser, ¿el fracaso de la Revolución Mexicana? ¿El sufrimiento de los campesinos, su desarraigo, el despojo que padecieron? ¿Sus propios muertos?

Roffé concluye el retrato del artista así: “Durante los últimos veinticinco años, Rulfo experimentó –y también concitó en los demás- distintos sentimientos, pero continuó siendo una persona triste hasta el final. Federico Campbell dice que no «era un hombre feliz, aunque conoció la felicidad de la creación artística y los momentos de goce que da la contemplación de los paisajes reflejados en sus fotografías. No todo fue zozobra. Vivió lo bueno y lo malo, como cualquier ser humano, pero en él queda sin resolver el enigma de algo tremendamente dramático»”.

Con justa razón la mayoría de estudiosos de su obra, ven en la siguiente frase, de uno de sus cuentos, la mayor indicación para entender su alma: “Es algo difícil crecer sabiendo que la cosa de donde podemos agarrarnos para enraizar está muerta”.

Esta existencia gris, quedó mejor descrita en estas palabras de Rulfo, que tomo de las biografías de Nuriat Amat y de Juan Ascencio.

«Yo morí hace poco. Morí ayer. Ayer quiere decir hace diez años para ustedes. Para mí, unas cuantas horas. La muerte es inalterable en el espacio y en el tiempo. Es sólo la muerte, sin contradicción ninguna, sin contraposición con la nada ni con algo…. No tengo sentimientos. Sólo recuerdos. Malos recuerdos. Lo poco que había de bueno en mí, se fue al cielo con mi alma, en la última lágrima de mis ojos».

«Yo no existo. Soy un fantasma».

«Mi único mérito es haber olvidado cómo escriben los escritores”.

«Yo pertenezco al mundo del proletariado. ¡Yo no soy un intelectual!»

El tema de la embriaguez en Juan Rulfo siempre ha sido un tabú, sólo he encontrado en la biografías de Reina Roffé y Juan Ascencio información al respecto. Transcribiré unos fragmentos:

“La tendencia del escritor a buscar refugio en el alcohol se inicia en la década de los cuarenta, en esos años tristes de archivos migratorios donde los expedientes aparecían y desaparecían mediante cohechos y trampas. Rulfo comenzó a beber para escapar del mundo asfixiante y sórdido que lo oprimía. Pero su alcoholismo se fue agudizando al frecuentar de pleno, después de la publicación de su primer libro, el ambiente artístico y bohemio de la capital azteca.

[…] El poeta español Tomás Segovia, que trató a Rulfo en la época de los cincuenta, recuerda haberlo visitado en su departamento de Río Nazas y advertir que en la casa «había una gran tensión, porque su mujer, en esa época estaba, estaba luchando como gato panza arriba para sacarlo del alcoholismo, que siempre fue uno de sus grandes problemas. Clara registra la casa y tiraba cuanta botella él traía. Pero, de pronto, Rulfo estaba borracho sin haber salido a la calle. La mujer se desesperaba, ¿de dónde sacará la bebida? Hasta que lo descubrió: como arriba vivía el pintor Pedro Coronel, Rulfo se metía en el cuarto de baño y, de ventana a ventana, Coronel le pasaba la botella a través de un cordel; después la botella volvía arriba”.

Rulfo logró convertir su embriaguez en creación. Ocultarle su gusto por el licor, es un favor innecesario y puritano.

Para Juan Rulfo las cosas eran más sencillas, Nuriat Amat, logró estas palabras de él al respecto:

«Este año cumplo diez años sin beber una gota: desde 1962 en que regresé del Coloquio de Escritores de Berlín casi destruido por el alcohol. Y no fue a causa de ningún cura: simplemente dejé de beber. No he vuelto a tener tentaciones”.

A Rulfo no le gusta hablar de sí mismo. Incluso confesó que hasta en la privacidad de su familia se hablaba muy poco. Rulfo guardaba el silencio del campesino mexicano que padeció la muerte y la desolación, alguien que guardaba las cosas bien adentro. Quizá hay una sola excepción, y es cuando Rulfo le escribe apasionadas y palpitantes cartas a su novia, allí, Rulfo hace una presentación de sí mismo; que creo, se sabe más de él en estas misivas, que en las muchas interpretaciones que se han escrito para descifrar los laberintos de su ser.

Le doy la palabra a Rulfo, para que diga cómo es él:

“[…] Yo soy un desequilibrado para el amor.

[…] Soy muy flojo para escribir y lo hago muy mal. [Y aun así escribió la mejor novela latinoamericana de toda la historia]

[…] Soy muy flojo, el tipo más flojo que tú hayas conocido.

[…] Ya ni de emborracharme me dan ganas.

[…] Yo me he portado bien. No me he emborrachado y siempre que se trata de caminar, camino derecho. No he dicho sino unas cuantas malas palabras; la gente con quien estoy no se presta para decir malas palabras. He tenido malos pensamientos, pero poquitos. He dicho una que otra mentira, pero a gentes con quienes no tenía ganas de platicar”.

[…] Soy muy amante de quejarme.

[…] Luego vino ese sentimiento, que no me ha abandonado todavía, de que yo era un pobre diablo y de que tenía que luchar mucho para defenderme de mí mismo.

[…] Desde que yo me acuerdo, siempre fui un sujeto dado a estar solo; ni cuando era chiquillo me gustó andar con los demás, juagaba a los juegos que se usan entonces, pero pronto me cansaba y entonces me sentaba en una silla y me ponía a leer lo que encontraba primer y allí me estaba lee y lee día y noche hasta que me apagaban la luz. Esto me hizo daño. Yo sé que me hizo daño para la vida. Uno tiene su vida interior formada desde los primeros años, y al fin un día se encuentra uno con la vida de afuera y la halla uno lleno de problemas y complicaciones y uno no está bien preparado para eso. Así pues, no creas que leer me hizo muy inteligente, no, me hizo más bartolo. Me encontré en mí mismo y vivía por dentro, porque le tenía miedo al mundo. Eso hubiera estado bien si yo no hubiera salido de mi pueblo, pero tú sabes lo vago que soy. A estas piernas flacas que tengo les gusta caminar y se soltaron caminando. Fueron y vinieron y yo sigo igual, teniéndole algo de temor a la gente.

[…] La feria del libro se comió todo mi sueldo de este mes.

[…] Ahí tienes que había una vez un muchacho más loco, que toda la vida se la había pasado sueñe y sueñe. Y sus sueños eran, como todos los sueños, puras cosas imaginarias. Primero soñó en que se encontraba de pronto con la bolsa llena de dinero y que compraba todos los dulces de todos los sabores que había en todas las tiendas del mundo. Así era de rico. Después soñé en tener una bicicleta y unos patines y una buena bola de canicas. Más tarde, soñó en ser chofer o maquinista de un tren para recorrer lugares. Y se pasaba las tardes tirado de barriga en el suelo, soñando en las cosas interesantes que habían más allá de los cerros que tenía en frente. En el pueblo de él había unos cerros muy altos. Y a veces soñaba ser un zopilote y volar, muy suavemente como vuelan los zopilotes, hasta dejar atrás aquel pueblo donde no sucedía nunca nada interesante.

Una vez vinieron los Reyes Magos y le trajeron un libro lleno de monitos donde se contaba historias de piratas que recorrían las tierras y los mares más raros que tú o yo hayamos visto. Desde entonces no tuvo otro quehacer que estarse leyendo aquella clase de libros donde él encontraba un relato parecido al de sus sueños.

Se volvió muy flojo. Porque a todos los que les gusta leer mucho, de tanto estar sentados, les da flojera hacer cualquier otra cosa. Y tú sabes que el estarse sentado y quieto le llena a uno la cabeza de pensamientos. Y esos pensamientos viven y toman formas extrañas y se enredan de tal modo que, al cabo del tiempo, a la gente eso le ocurre se vuelve loca.

Aquí tienes un ejemplo: yo.

Pero hay algo más. Al muchacho este del cuento que te estoy contando lo salvó la campana en aquella ocasión. Se le murieron sus papás. Casi los dos al mismo tiempo. Y lo dejaron pobre. Eso fue lo que lo salvó. Porque si lo hubieran dejado rico, como era quizá su cálculo, ahorita sería uno de esos tipos borrachos que andan en coche por las calles atropellando a todo mundo. O ya se hubiera muerto, fastidiado de la vida. Con lo desesperado que es, eso le hubiera pasado.

[…] Tú ya sabes cómo soy yo de despilfarrador, cómo ando por aquí y por allá comprando cuanto libro o papel encuentro. Y me pasa siempre lo mismo; cada día peor y todavía peor para gastar la lana en cosas inútiles. Bueno, pues ahí tienes que de un día para otro me llegó el remordimiento y dije que iba ahorrar lo más que pudiera. Me puse a hacerlo, primero con muchos trabajos y después un poco mejor. Pasaba por las librerías y cerraba los ojos. (No sé por qué, pero siempre por donde yo ando, camino o vagabundeo, encuentro librerías.) En lo que nunca me fijo es en las zapaterías, camiserías o donde quiera que vendan trapos de esos que la gente usa para vestirse.

Ahorré un poquito, no mucho. Y como siempre me sucede, ese dinero me estaba quemando las bolsas. Entonces fui y lo guardé en un banco que está cerca de la compañía. Allí lo dejé y pensé no acordarme más de él. Veía muchas cosas que quería comprar (libros), pero me hacía el disimulado y me aguantaba. Yo les decía a mis ojos que vieran para otro lado; que aquello, lo que fuera, estaba más interesante. Sin embargo, por las noches, mi conciencia veía libros y revistas llenas de fotografías y no me dejaba en paz.

Una noche en que estaba piense y piense se me ocurrió que si yo compraba unos diez billetes de lotería podría atinarle de algún modo. Antes había comprado uno o dos cuando más, pero diez al mismo tiempo era distinto. Fue entonces cuando se me metió lo loco y saqué el dinero y lo cambié por billetes enteros del uno al cero. Gastar o no gastar, me decía mi tía Lola. Estoy fue hace unos doce días.

No me dio coraje saber al día siguiente que no me había sacado nada. No, ni siquiera me dolió haber tirado así tantos aguantes. De un billete me devolvieron lo que me había costado, pero los otros nueve no tuvieron esa suerte. Así estuvo. Con todo, me sentí mejor, más tranquilo, y sé que con eso me quisieron decir que me pusiera a trabajar con más ganas.

[…] No me he emborrachado ni me he portado mal, así que usted esté tranquila por ese lado”.

Hace poco, en una entrevista bien desconocida encontré este episodio:

«Cuando escribí «Pedro Páramo» yo atravesaba por un estado de ánimo verdaderamente triste, me sentía desgastado físicamente como una piedra bajo un torrente, pues llevaba cinco años de trabajar catorce horas diarias sin descanso, sin domingos, ni feriados, corriendo como un condenado a lo ancho y largo del país [vendiendo llantas de automóviles, neumáticos] […] Me habían lavado el cerebro con la monserga de que el único fin de mi existencia era la fábrica».

Juan Rulfo reconocía que la vida laboral lo tenía acabado. Expresó que viajando por todo el país, «había acabado tres automóviles y había acabado su alma».

Un día, Juan Rulfo, se atrevió a pedirle a su jefes, una radio para su carro, para amenizar los viajes, y se la negaron, con una humillación incluida por su pretensión absurda, tanta fue la desazón de Rulfo, que decidió no volver a trabajar allí, no volvió, pasara lo que pasara…. y lo que pasó fue que escribió su obra cumbre: «Pedro Páramo».

Juan Rulfo nació para escribir “Pedro Páramo”, no más. No se entiende por qué lo atormentaron tanto pidiéndole más. Ya nos había dejado La Novela mayor para un continente, para todos los tiempos de nuestros muertos.

Encontré en la biografía de Alberto Vital una cita de Rulfo, que creo yo, resume su esencia:

“Pienso que en lugar de ponerme a escribir [Pedro Páramo] debí haber ido a emborracharme, cosa que hice cuando terminé la novela; pero viendo los resultados, sigo pensando que mejor hubiera sido agarrar una papalina y dejar en paz a Pedro Páramo. No sé, tal vez fue hasta cierto punto una especie de embriaguez la que sentí mientras contaba ese largo cuento de Comala”.

Nunca encontraremos la biografía definitiva sobre Rulfo. Sí, Juan Rulfo, es un fantasma, pero es el escritor que más «vivo» está.

En el año 2015 en una feria del libro en México, Fernando Vallejo, aseguró lo siguiente:

«Juan Rulfo es el único que sigue vivo de verdad en México».

No sólo en México, «vivo» en todo ese continente llamado América, continente que, ahora, también se le puede llamar Comala o Macondo.

About the author

Frank David Bedoya Muñoz

Frank David Bedoya Muñoz (Medellín, 1978) es historiador de la Universidad Nacional de Colombia y fundador de la Escuela Zaratustra. Fue formador político en la Empresa Socialista de Riego Río Tiznado en la República Bolivariana de Venezuela. Ha publicado “1815: Bolívar le escribe a Suramérica”, “Relatos de un intelectual malogrado” y “En lo alto de un barranco hay un caminito”, libro que reúne cinco relatos, un ensayo y dos conferencias sobre la vida y obra del Libertador Simón Bolívar. Actualmente es asesor en el Congreso de Colombia.

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