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Guachetá, el pueblo olvidado de Dios

A cuatro horas de la capital, justo en el límite entre Cundinamarca y Boyacá, queda ubicado un municipio cuyo nombre está encriptado con carbón en la lista de los pueblos olvidados por Dios. Para llegar allí desde Bogotá, hay que tomar una flota hasta la Villa de San Diego de Ubaté; caminar hasta la Plaza de Mercado y luego tomar otra flota con rumbo final hacia Guachetá. O bueno, si lo que se desea es vivir un momento de adrenalina, las vías maltrechas esperan con ansias las ruedas de un automóvil.

Gran parte del extenso territorio pertenece a la zona rural, lugar dónde se vislumbran variedad de frutas, verduras, una mina de carbón… y vacas. Al cabo de un buen rato, el bus arriba al casco urbano: un conglomerado social conformado por casas de ladrillo; la plaza principal; alguno que otro colegio público; lichigos y tabernas. Pese a lo que se creería, no es un pueblo que permanezca despierto hasta altas horas de la noche. No, los once grados de temperatura nocturna no lo permiten.

Un día común en este pueblo transcurre con suma tranquilidad, casi como una ensoñación, pues el canto de los gallos anuncia la llegada de una nueva jornada de trabajo en la mina para los hombres y en el hogar para las mujeres… O en sí dónde les paguen, porque estudiar sólo es para los pelados que pueden salir a Tunja o a Bogotá.

Las cabras que acompañan a la estatua de la virgen, son una especie de vaticinio proclamando que se ha llegado al fin del mundo, y que para retornar a casa hay que salir antes de las ocho de la noche porque a esa hora se marcha la última colectiva. De lo contrario, se debe esperar hasta el día siguiente ya que no hay forma de visualizar el camino. Literalmente no hay forma, porque el alumbrado público brilla por su ausencia.

Nueve de cada diez colombianos aseguran no distinguir el municipio una vez escuchan su nombre. Incluso algunos lo confunden con Gachetá, lo que corrobora la teoría de que es un pueblo olvidado hasta por el mismo Estado: aquel que recibe regalías por un valor aproximado de siete mil millones de pesos anuales por concepto de explotación del carbón… ¡Y sin saber en qué se invirtió esa platica!

Tal vez por eso es que hasta los perros han optado por probar suerte en las calles, sin que para ellos exista una oportunidad de ser esterilizados ni vacunados contra las enfermedades a las que están propensos. Eso sin mencionar el destino de los jóvenes recién liberados de la burbuja escolar: en la mayoría de los casos, su camino consiste en repetir lo que sus antecesores realizaron en vida. Y los pocos rezagos que rompen con dicha tradición social, son los mismos que se han visto obligados a escapar del pueblo en dirección a otras zonas del país.

Como buen pueblo católico y chapado a la antigua, es común que sus habitantes asistan sagradamente a la misa de los días domingos (porque pueden haber problemas en el cotidiano vivir, pero estos desaparecen durante los sesenta minutos de espiritualidad). Encomiendan entonces sus oraciones a Dios para que los recuerde y ampare en este valle de lágrimas, ignorando que nacieron en el Macondo Cundinamarqués y que la historia se repetirá una y otra vez.    

Esto fue escrito por

Lauren Chonps

Bogotá, 1996. Laura Juliana Romero Herrera, cuyo seudónimo corresponde a Lauren Chonps, de profesión abogada y de vocación escritora. Desde temprana edad se inició en la práctica de la escritura narrativa, razón por la que en el año 2019 publicó de forma independiente su primera novela titulada "De regreso a la montaña" con la Fundación Común Presencia. Ha participado en Talleres Locales de Escritura Creativa, dirigidos por el Instituto Distrital de las Artes (IDARTES) durante los años 2015 y 2019 respectivamente. En la actualidad participa como asistente del Taller Virtual de Novela del Ministerio de Cultura y además es creadora de contenido multimedia con enfoque literario y jurídico de las redes sociales TikTok, Instagram y Facebook.

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