Filosofía y tecnocracia

Con una abrumadora mayoría en contra fracaso hace unas semanas en la cámara de representantes la moción de censura contra la ministra de minas y energía Irene Vélez. Entre los tantos argumentos que se expusieron contra la gestión de la ministra hay dos que se usan con frecuencia, su género y su formación profesional. A una parte del país le resulta extraño y le molesta que una mujer que estudió filosofía esté al frente de una cartera que históricamente se ha vinculado a las ciencias duras y  se ha relaciona con un sector económico profundamente  masculinizado.

¿Cuál es el problema que una filósofa se ocupe de temas energéticos? ¿se puede juzgar la capacidad de gestión de una persona exclusivamente por su formación profesional sin tener en cuenta su experiencia?

La escisión que hemos hecho entre pensamiento y acción hace que concibamos la filosofía como un conjunto de ideas y abstracciones conceptuales, y quienes se dedican a ella son una especie de parias que hablan un dialecto extraño sobre cosas que resultan ajenas a los demás. Sin embargo, la reflexión filosófica no puede desligarse de la vida, debe ser un asunto cotidiano, que, si se ejercita de la forma adecuada, nos arrojará luces para comprender, dialogar y transformar positivamente nuestro entorno, privilegiando el pensamiento crítico, el debate racional y los argumentos por encima de los discursos simplistas y homogeneizantes, teñido en muchas ocasiones por dogmatismos y violencias.

La crítica a la supuesta inutilidad de la filosofía obedecen a cierta tendencia nos hace preferir a los técnicos por encima de los críticos. Vivimos en medio de una dictadura de la tecnocracia donde esperamos que los funcionarios estén hiperespecializados áreas específicas del conocimiento que sirvan a sus funciones. En un primer momento esto parece necesario y lógico, un especialista en temas de salud pública con responsabilidades en el ministerio de salud, alguien con formación diplomática en el ministerio de relaciones exteriores y un administrador al frente de la cartera de hacienda y crédito público. Cada uno de ellos ocupando el cargo que se corresponda a su formación académica y experiencia profesional que le permitan responder a los requerimientos del cargo y desempeñarse eficazmente en él.

El trabajo de los técnicos es cumplir sus funciones de la forma más imparcial posible, manteniéndose al margen de las coyunturas políticas e ideológicas, amoldándose a los requerimientos de la burocracia y el statu quo. Sin embargo, en muchas ocasiones los conocimientos técnicos no garantizan que las decisiones que se toman sean las adecuadas. La realidad del país es muy amplia y las problemáticas sociales tienen muchos matices que se escapan de la rigidez de las estructuras de las instituciones político administrativas. Así, las respuestas que hoy nos exigen nuestro contexto tienen, necesariamente, que construirse de otra forma, escapando de aquellos esquemas que no han sido efectivos, puesto que las problemáticas no se han superado, sino que se han empeorado.

Hoy la tecnocracia se nos impone como un nuevo despotismo ilustrado, donde se induce a los funcionarios a toman decisiones basadas exclusivamente con base en la legislación vigente, respondiendo a lo que siempre se ha hecho de la misma manera, sin posibilidad de explorar nuevos caminos, condenados a repetir lo que inevitablemente conducirá a los mismos resultados. Este purismo técnico e intelectual hace que los tecnócratas pretendan amputar de la realidad todo aquello que no sea cuantificable y medible, y por lo tanto de desviar de la vida de las personas do aquello que guarde referencia con principios o imágenes de un orden trascendente, esto imposibilita analizar la complejidad de lo humano, el mundo no se agota en las cifras y estadísticas e intentar encasillarlo ahí es es preocupante a la vez que imposible.

Es en ese contexto donde resulta fundamental la postura crítica de la filosofía que permite abrir nuevos paradigmas y explorar caminos que conduzcan a otras formas de responder a las problemáticas que enfrenta el país y el mundo.Una de ellas, la más grave, sin lugar a dudas, es la crisis medioambiental que exige toda la atención de ciudadanos y  gobiernos. De ahí que la capacidad de gestión y ejecución de la ministra no debería medirse en tanto se ciñe al traje heredado y se dedica a repetir un discurso gastado e ineficiente, sino en la capacidad de poner en marcha una serie de medidas para hacerle frente a la crisis, esto implica cuestionar, necesariamente, cómo se han abordado históricamente temas como el desarrollo económico, la transición energética y los combustibles fósiles; al fin de cuentas, ese proceso dialéctico es fundamental para robustecer el debate democrático y esas nuevas apuestas son fundamentales si queremos sobrevivir como especie.


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Daniel Bedoya Salazar

Estudiante de Filosofía UdeA
Ciudadano, creyendo en la utopía.

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