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Con pretendida superioridad filosófica y moral, los electores de Abelardo no se cansaban de fustigarnos a los que votamos en blanco o por Cepeda reclamándonos que poníamos en riesgo la Constitución de 1991 y sus valores de libertad y democracia; a veces sonaban convincentes.
Escribo a 28 días del inicio del régimen, uno que asoma con una furia capaz de ocultar la devastación del peor terremoto de los últimos 47 años en Colombia y la desolación de los incendios forestales; uno lleno de un odio presto a tachar, hasta hacerlo inane, el capítulo de la Carta Política que más queremos, el Primero, el de los Derechos Fundamentales.
Cuatro semanas, cuatro acciones directas o intervenciones en casa ajena que van borrando el civilismo.
La Cámara Colombiana de la Infraestructura renunció a ser representada por la doctora Carolina Soto Losada, brillante economista con grandes logros en instituciones públicas y privadas, con una ética a toda prueba. Se sacrificaron de contar con su liderazgo para dar gusto al señor Abelardo, que quiere imponer su candidata, que no gusta de la doctora Soto y su esposo.
La genuflexión de esa Cámara ante una Presidencia con tentaciones colectivistas no borra el categórico enunciado del Artículo 39 de la Constitución: “Los trabajadores y empleadores tienen derecho a constituir sindicatos o asociaciones, sin interferencia del Estado”. Vive Mussolini.
Las garantías a la libertad de expresión, la difusión de todas las ideas y opiniones y al derecho a recibir información, son pilares de la democracia que están consagradas en el cuidadoso artículo 20 de nuestra Constitución, que las confirma con una prohibición categórica, y bellísima: “No habrá censura”.
Bueno, en menos de un mes este gobierno ha tomado o presionado decisiones que constituyen pura y dura censura. ¿Tendrán algo que decir los poderosos comunicadores sociales que acompañan al señor Abelardo?
El constitucional acuerdo de paz que terminó con la violencia política en Colombia, un logro enorme después de sesenta años de insurgencia comunista y contra insurgencia paramilitar, ordenó la creación y fortalecimiento de veinte emisoras de paz, semejantes a las comunitarias, adalides del Artículo 20, en municipios donde guerrillas, paramilitares y hasta agentes estatales impusieron sus verdades y callaron las de las comunidades, desdibujaron los hechos e impidieron el diálogo. Para las comunidades, las estaciones fueron su oportunidad de conocerse, escucharse, forjar agendas compartidas y, por supuesto, disentir públicamente sin sentirse en riesgo.
Dicen los medios “amigos” que el Gobierno declaró el cierre definitivo de cuatro emisoras, dizque por ilegales, y la toma de control de otras dieciséis a las que les cambiará hasta el nombre, en medio de su guerra contra el pensamiento libre. Vaya, vaya, unos pensábamos que el Estado somos todos.
El otro gravísimo hecho de censura, grave por lo que contiene y por la amenaza que implica, ejecutado con la complacencia de licenciatarios de frecuencias del Estado, ocurrió contra el programa Mañanas Blu 10 a.m., dirigido por la periodista Camila Zuluaga. Me extenderé sobre este hecho tan preocupante, para enunciar algunos de sus aspectos más graves.
Ana Cristina Restrepo Jiménez, a quien siento gran alegría por llamarla amiga y quien me honra al reconocer lo que juntas aprendimos en las aulas donde fue mi estudiante, es una gran periodista, sobre cualquier otra descripción, y es feminista. Por el rigor de su trabajo, sus fuertes y bien investigadas denuncias contra violaciones de derechos humanos y su verticalidad en defensa de los derechos de las mujeres y las libertades humanas, ha sido perseguida de manera inclemente, casi delictiva.
La última grave ola de ataques en su contra inició luego de que denunciara la censura de la Alcaldía de Medellín a la pintada de un muro público por activistas locales. Uno de los más furiosos protagonistas del matoneo insultante fue el alcalde Fico, como le gusta ser llamado. Después de esos ataques del mandatario, Ana Cristina debió recibir protección.
Ana Cristina y Camila Zuluaga fueron incluidas en una patética lista negra contra periodistas independientes; esa publicación me hizo recordar las listas criminales de hace cuarenta años que le costaron la vida a Héctor Abad y el silencio a los maestros Alberto Aguirre y Carlos Gaviria, columnistas en el periódico El Mundo.
Además, el señor Abelardo, socio del alcalde de Medellín, le había declarado la guerra al programa dirigido por Camila Zuluaga, en el que Ana Cristina tenía gran protagonismo. La directora había anunciado, además, que en junio ya estaban pidiendo su cabeza, y la de Ana Cristina Restrepo. No es posible demostrar el papel del Gobierno en el cierre del programa en Blu Radio, cadena operada por Caracol Televisión, pero nada borrará la certeza de que existió una censura ¿también genuflexa? que nos dejó sin nueve voces interesantes, incluyendo las de algunos periodistas bastante diestros.
Quienes cerraron y han aplaudido el silenciamiento de esa franja informativa acudieron a la vieja, manida y hasta ridícula excusa de la “baja audiencia” para imponer el silencio. Esa voz, sin demostración hasta ahora, me suena más que familiar, como le debe sonar a muchos colegas. La usan por igual políticos y empresarios que se sienten incómodos con voces distintas, con investigaciones rigurosas, con el pluralismo, no con la baja audiencia como lo está mostrando la preferencia por un medio de televisión bajo en seguidores.
A pesar de lo oprobiosas, las violaciones a las libertades democráticas que hieren profundamente la esencia de la sociedad civil palidecen ante el atroz atropello al Artículo 1 de la Constitución, el centro mismo de nuestra institucionalidad, en su proclamación de que “Colombia es un Estado Social de Derecho… fundado en el respeto a la dignidad humana”.
No hay solemnidad frente a los cuerpos yertos de seres humanos, algunos menores de edad, por parte de un presidente que alardea de la muerte de sus conciudadanos, así fueran delincuentes, paseándose sonriente alrededor de sus cadáveres. No hay noticia de un despliegue similar, ni por nuestro Monstruo (Laureano, todavía), hoy tan presente en el Gobierno, ni por el monstruo Trump.
Codas:
- No olvidemos a miles de víctimas del terremoto, familias que perdieron seres queridos, que carecen de un techo, que se preguntan cómo comer cada día. No nos olvidemos de acompañar sus necesidades, en la medida de nuestras capacidades, y de vigilar que la reconstrucción les permita volver a tener escuela, trabajo y techo digno.
- A riesgo de ser odiada, extiendo un abrazo compasivo a las madres, familias, deudos, de los colombianos, delincuentes o no, muertos y exhibidos pornográficamente como trofeos. Que la paz sea para todos.














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