Elogio (y no) de la güevonada

“¡Pa’ la güevonada no hay nada!” es una de las exclamaciones preferidas de mi mamá. Y sí que tiene razón. A pocos días del 2016, ya el país se alzó el título del más feliz del mundo, con un índice de felicidad del 85 %, según un informe que presentó el Barómetro Global de Felicidad y Esperanza en la Economía. ¡Qué bonito país!

…Momento, ¿en la Economía? No, leamos bien, ¿en la Economía? Para no incurrir en algún error por inatención o falta de intención, citemos el diccionario. Según la RAE, la palabra Economía significa en sus dos primeras definiciones:

  1. Administración eficaz y razonable de los bienes.
  2. Conjunto de bienes y actividades que integran la riqueza de una colectividad o un individuo.

Por donde se mire, pareciera que ese reciente nombramiento no corresponde a la realidad colombiana. Siendo uno de los países más desiguales del mundo (Colombia ocupa el puesto 12 según un informe sobre Desarrollo Humano presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo en 2014), es evidente que aquí no se da eso de una administración eficaz y razonable de los bienes. Ya roto este primer principio, quedaría analizar el segundo.

Colombia es definido actualmente como un país con una economía emergente, siendo la minería y la producción petrolera las actividades económicas más representativas de la Nación. Ambas se desarrollan en sectores rurales. Sin embargo, la población de estas áreas es cada vez más escasa, lo que significa así mismo que, los que terminan lucrándose mayoritariamente con estas actividades, serían terceros. La pobreza y la pobreza extrema en las zonas rurales (46,1 % y 22,1 % respectivamente) sobrepasan ampliamente sus niveles en el contexto urbano (30,3 % y 7 %), como lo afirma una investigación realizada por Rafael Isidro Parra Peña. Lo que traduce que, al menos en el contexto rural, no hay tal conjunto de bienes y actividades que integren una riqueza en colectividad.

En lo que respecta a las ciudades, el poco valor otorgado a los profesionales y a la educación como tal, se hace responsable de que la principal actividad de producción sea obrera y de manufactura. En Colombia más de tres cuartas partes de la población viven en los centros urbanos, aún así, la calidad de vida en las ciudades colombianas es bastante precaria. Bogotá y Medellín se destacan como urbes de calidad; detengámonos en esta última para ejemplificar algunas situaciones y así concluir si se cumple o no el segundo principio de la Economía.

En Medellín, el empleo cuenta con un porcentaje aparentemente positivo, con un 56,3 %. Se cree que los empleos han aumentado de manera reciente, reduciendo así los índices de pobreza. Entre estos datos, y estadísticas de ocupación, se incluyen dos sectores: el trabajo formal, y el informal. El rebusque, como popularmente se le conoce al trabajo informal, es la acción de producir, y/o vender, cualquier actividad o producto en el mercado, de forma independiente, sin el respaldo de un patrono o una empresa.

Aproximadamente, la mitad de la población de la capital antioqueña, se sostiene gracias al trabajo informal, y sólo un 78,5 % de estos, se encuentra inscrito en el sistema de salud. Por lo anterior se concluye que, Medellín sigue siendo, con todo y su título de la más innovadora, una ciudad rebuscada. Así, tampoco hay tal conjunto de bienes y actividades que integren una riqueza en colectividad en el contexto de ciudad.

Entonces, ¿qué es lo que nos hace tan felices, si las cosas verdaderamente importantes no precisan ser motivo de felicidad? ¡Las güevonadas! Somos un país, al menos en este aspecto, detallista, aferrado a la buena noticia con esperanza e inocencia. Somos un país eufórico, fanático de la efervescencia, del festín. Somos un país olvidadizo (no sin memoria), con resaca. Somos afiebrados por la risa, el bochinche. Somos pasionales, despreocupados. Ignorantes, sí, también. Somos todo eso que nos salva de la vida y la muerte.

¿Se ha puesto usted a pensar qué sería de la vida sin la güevonada? Piense. Preocúpese por lo que considera importante. Resérvese para la seriedad. Pero infórmese, no se queje por quejarse. No se olvide de que al final la queja injustificada no es más que otra güevonada.

About the author

Elizabeth Martínez Caro

Animal doméstico. Estudiante de Comunicación Social en la Fundación Luis Amigó. Empeliculada profesional. Amante del periodismo, la literatura y otras mentiritas. Intento de actriz de teatro.

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