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El Samán y el todo pasa

“Como dije al inicio, este asunto del asombro está subyugado por la rutina, por el estar de tantas veces en el mismo lugar que, claramente es una falsedad, porque expresaría Heráclito: nadie se sienta dos veces bajo el mismo Samán. Todo cambia.”


 El asunto es, entonces, que el Samán pasa desapercibido cuando la forma de la vida se torna rutinaria. Cuando se vive así —naturalizando el objeto— ya nunca se podrá retomar la mirada de asombro que tanto amor y nostalgia produce en el visitante. Y es triste, como nada más en este zancudero nombrado territorio, que el objeto esté todos los días en el mismo sitio, bordeando la fina secuencia del tiempo y, sin embargo, esté separado y desamparado por un gran número de sus habitantes.

Yo genuinamente lo creo de esa manera. Lo creo porque he sido testigo de la forma en la cual el hombre actual asume la cotidianidad. Pues bien: aquí existe de todo y, a pesar de ello, nada existe; es decir, antes, en otros momentos de la estirpe humana, la historia no fue diferente de un acostumbrarse involuntario. Me explico: el objeto está ubicado en el no-centro de este pueblo, cuenta con ocho puntos de acceso; la belleza de todo el conjunto no radica en la totalidad de la palabra «parque» sino más bien, en el objeto, porque las cosas con estética innata son bellas, especialmente, porque reproducen la esencia misma de la vida.

Escribir sobre el Samán, pues, se me hace muy extraño, porque he pronosticado que nuestra especie, la infame y miserable especie humana, algún día lo volverá recuerdo, polvo y lo más probable, olvido. El día que llegue a suceder tal calamidad, nos quedaremos sin parque, porque morirá el objeto y con él el todo pasa. No quedará otra cosa que mierda de paloma y molestos niños lloriqueando.  Dios nos libre.

La gente cruza de un lado para el otro en su total incomprensibilidad, en ese absurdo que tanto advirtió Albert Camus y que de buena manera entienden buena parte de los habitantes porque no lo han leído. Es decir: aceptan el absurdo de la vida y viven con él. Están esperando, ¡los he visto al recorrer el parque!, que algo suceda, se cruzan miradas, se preguntan, se omiten los detalles; pero, nada pasa, ‘todo’ pasa. Todos esperamos algo que nunca llega; qué cosa tan horrible. La gente está en todos lados, pero no en el lado en el cual se debería reconocer al objeto. Son unos especímenes, en su mayoría, sin asombro ante la belleza, sin remedio; lo que hacen, desde que vuelven al objeto una obviedad, se llama cotidianidad, impiedad y holgazanería.

Hay quienes creen responder que el Samán es el motivo por el cual deben visitarnos los libra de responsabilidades éticas y sociales, se equivocan. A mí eso me tiene desconcertado: yo, más que palabras desordenadas y textos incompletos, quiero que el objeto, o bueno, el Samán, sea siempre el motivo por el cual se inicie —al menos, (porque el analfabetismo funcional es terrible)— la construcción de una identidad capaz de salir de la inmadurez kantiana (el atreverse a pensar). Pero así debe ser: el olvido y el asombro. El pensamiento (el local), digamos, crítico y cultural, me genera una profunda angustia; yo, por lo pronto, lo aprecio.

Dirán algunos lectores desorientados que qué importa eso: que cada uno verá qué cree sobre el Samán, y que qué sentido tiene lo que escribe semejante huevón. Y tendrán la razón, porque por eso los llamo desorientados y, ahora mismo, sujetos (del latín subjectus ‘sometido’) de la cotidianidad que es incapaz de admirar lo bello; la misma que no logra asombrarse ante el Samán… Como dije al inicio, este asunto del asombro está subyugado por la rutina, por el estar de tantas veces en el mismo lugar que, claramente es una falsedad, porque expresaría Heráclito: nadie se sienta dos veces bajo el mismo Samán. Todo cambia.

La gente, en últimas, lo que quiere es descansar de la rutina, escapar de sí mismos y, en ese círculo, en ese absurdo, el objeto los vislumbra, los hace parte de ellos. De ahí que para el visitante lo cotidiano sea, entonces, la maravilla; pero, para el cotidiano, la representación sea, ante todo, una referencia. Cuando uno dice que reconoce al objeto no solo está dando por sentado que existe, sino que está dispuesto a ser uno con él, a cuidarlo, a asombrarse todas las veces que sea posible.

El martes, 12 de octubre de 2021 cumplirá 95 años el Samán. Testigo de incalculables historias. Fiel amigo del desvelo e inmaculado protector.


Esto fue escrito por

Edwin Tamayo Peña

Nació en Íquira (Huila), Colombia, en 1997. Ha publicado columnas en el portal EL CARACOLÍ y en Noticias al Sur, espacios de participación periodística departamental. Estudió Análisis y desarrollo de sistemas de información en el Sena. Trabajó como locutor de radio durante dos años. Realizó el curso virtual de "Conflicto, violencia y DIH en Colombia: herramientas para periodistas" con apoyo del Consejo de Redacción y el Comité Internacional de la Cruz Roja. Estudiante del pregrado en Filosofía de la UNAD. Apasionado por la literatura y política latinoamericana.

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