El saludo

Santiago Narváez Lombana

La misa había terminado, el párroco se despidió con la bendición a los fieles y la mayoría empezaba a salir de la iglesia. Samuel no perdía de vista su objetivo, en su mente solo repasaba una y otra vez la forma como se le iba a acercar, no quería meter las patas.

Aquella Joven de pelo negro y piel blanca caminaba de la mano de una mujer mayor, parecía su abuela más que su madre, vestía un vestido rosa claro que parecía hacer juego perfecto a su piel y resaltar aquel pelo largo y elegante que acompañaba con una balaca; Samuel camina cerca con su bici en la mano, espera su oportunidad, así como un lobo espera con paciencia el momento exacto de atacar a su presa. En una casa grande amarilla con rojo, las dos mujeres giraron a la derecha y samuel tuvo que apretar el paso para no perderlas de vista, después de caminar unos 500 metros, las dos mujeres se detuvieron en lo que parecía una tienda. Allí la mujer mayor soltó la mano de la adolescente y se internó en la tienda, el joven Samuel vio la oportunidad perfecta, se llenó de valentía y apresuro el paso para ir al encuentro; cuando la tuvo a dos metros de cercanía clavo sus ojos verdes profundos en la mirada de aquella niña por la que no dejaba de pensar y por fin le dijo:

-Hola ¿cómo estás? Se te cayó esto saliendo de la iglesia.

Samuel procedió a entregarle una flor blanca, que había arrancado de un jardín mientras seguía las dos mujeres. Aquella joven un poco sorprendida, empezó a sentir como sus mejillas blancas se ponían del tono de su vestido, pero sin dejare intimidar, le sostuvo la mirada a aquel joven y le respondió secamente:

-Hola, creo que está equivocado, no he perdido nada y mucho menos una flor.

El joven sin amilanarse le dijo:

Me llamo Samuel, es un gusto conocerte y estoy seguro que está flor es tuya, porque adornaba tu hermoso cabello cuando te vi. Entonces el valiente joven procedió a ponérselo en su cabeza. La joven al recibir el acto inesperado de Samuel, solo pudo sonreír y le dijo:

-¡Gracias por la Flor! Mi nombre es Marcela

Marcela miraba al joven de ojos verdes y cabello castaño con simpatía, no entendía que le pasaba, pero sentía un calor inusual dentro de su cuerpo, las manos las tenía frías, pero a la vez sudaban, que extraña sensación.

Entonces el joven interrumpió sus pensamientos y añadió:

-Gracias a Ti Marcela, con tu sonrisa has alegrado mi día. Te he visto algunas veces camino al colegio, espero que podamos entablar una buena amistad.

No sigas, me haces sonrojar, comento Marcela, y claro que podemos ser amigos, pero ahora debo marcharme, viene mi abuela saliendo de la tienda y no creo que sea buena idea que me vea conversando con un desconocido, hasta la próxima Samuel.

-Hasta Pronto Marcela.

Samuel Barreto subió en su bicicleta, mientras pedaleaba solo pensaba en Marcela, por fin ya sabía su nombre, le había hablado y, sobre todo, reafirmo que definitivamente se había enamorado. De repente sintió como un carro le pitaba e intentaba frenar, todo fue cuestión de segundos, cuando abrió los ojos solo veía sombras a su alrededor que le preguntaba si se encontraba bien y el solo sentía un fuerte dolor en su cabeza, un mareo. Cuando por fin puedo reaccionar, apreció un líquido que le recorría la cara y entendió las voces que pedían a gritos una ambulancia, comprendió que lo habían atropellado.


Nota: El saludo es la continuación de nuestra historia EL encuentro, si desea leerlo puedes darle clic aquí: https://alponiente.com/el-encuentro/

 

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Santiago Narváez Lombana

Ingeniero de Producción-Universidad EAFIT, MBA, lector y deportista.

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