El pesimismo como fuerza cultural

     

 

“(…) el capitalismo sólo puede existir como una máquina al servicio de la muerte, lo que el mismo Erick Fromm enunciará como un sistema necrófilo”

Diego Alejandro Muñoz Gaviria (2017).

En El surrealismo, Walter Benjamin (2012) afirma que las sociedades capitalistas son hostiles a toda fuerza cultural orientada hacia la libertad radical. Es por ello que la libertad de estas sociedades se caracteriza por la descalificación de la protesta social, la hipocresía moral, el odio inoculado hacia la diferencia, el aumento de la brutal fuerza policial, la exposición pública de lo privado y la oportunidad exacerbada para expresar opiniones. Basta mencionar que las sociedades capitalistas son expertas en prometer futuros mejores: uno mejor para nuestros hijos; uno mejor donde tendremos abundancia; uno mejor en el que viviremos en paz. Pero, como indica Benjamin, no hay rastros de nada de eso. Nada en nuestro presente nos permite inferir que de la política de las sociedades capitalistas pueda derivarse el cumplimiento de sus promesas. Por ejemplo, ¿cómo podrán todos los seres humanos acumular riqueza si esta consiste en el monopolio de unos pocos sobre la mayoría de los bienes? Es decir, para que haya riqueza en un lado tiene que haber exceso de miseria en el otro. Esto lo podemos confirmar apelando a dos ejemplos. El primero está referido a la relación asimétrica entre el Primer y el Tercer Mundo. Esta relación tiene su máxima expresión en las llamadas políticas para el desarrollo que, en la práctica, no son otra cosa que espoliación de la naturaleza y endeudamiento sistemático del Tercer mundo. El segundo ejemplo ilustrativo es el proyecto infame de la Economía Naranja en Colombia, entiéndase por esto la conversión de los bienes culturales en mercancías para la generación de riquezas. La sustitución del arte por el entretenimiento. Dicho de otro modo, la Economía Naranja es el sometimiento de la cultura a los imperativos del mercado.

Expuesto así, hay que elevar algunas preguntas: ¿qué fundamento moral tiene la riqueza como máxima aspiración de una vida, cuando se sabe que no hay riqueza sin explotación?, ¿cuál es la responsabilidad de la educación en la proliferación de este tipo de aspiraciones?, o ¿por qué la educación consiente en hacer aceptable la explotación de la mayoría para la abundancia de unos pocos? Resulta clave considerar el papel de la educación en el esclarecimiento de los mecanismos de dominación social que actúan para que las elecciones de los más desfavorecidos beneficien a las clases dominantes ¿qué nos hace amar al que empuña el látigo que nos fustiga o el arma que nos destroza? No está de más aclarar que la escuela y los maestros no son inocentes en cuanto a la perpetuación de la dominación vestida de libertad.

Las sociedades capitalistas explotan un optimismo ridículo con la promesa de algo mejor por llegar. Aseguran que el bien está de su lado, como si el capitalismo tuviera un fundamento moral diferente a incentivar la acumulación de riqueza por encima de todo. Expresiones como capitalismo sustentable, capitalismo verde o capitalismo humano, son eufemismos con los que se encubre la explotación. El capitalismo se presenta encarnando el bien para la humanidad, cuando no su destino inexorable. No es de extrañar, con la aspiración a la riqueza que promete, vienen aparejadas las fantasías de recibir aceptación, reconocimiento e incluso amor. Sin embargo, podemos verificar que lo opuesto es lo evidente, al menos, en cuatro aspectos. El primero, en dichas sociedades la moral coincide con el derecho. Lo establecido por este se convierte en moralmente correcto. Basta que algo sea legal para que en el imaginario social quede registrado que la legalidad es igual a la moralidad. En cierto sentido, el derecho anula la moralidad. Dígase bien, en las sociedades capitalistas el derecho es la mano sucia del Estado, por eso de él no puede provenir moralidad alguna. Si alguna “alma bella” pretende decir que ‘el Estado somos todos’, conviene remitirse a Max Weber (2006). Para este, el Estado es el monopolio de la violencia que se ejerce por la vía del derecho. Si el Estado fuéramos todos entonces habría que poder responder de dónde dimana la desprotección que impera cuando estamos frente a su ley.

El segundo aspecto señala que, por definición, las sociedades capitalistas crean masas reclutadas para el consumo de mercancías. Además de la de expresar hasta la más inútil de las opiniones, la única libertad permitida es la del consumo exacerbado y sin responsabilidad. Libertad de consumo siempre y cuando pueda pagarse o, como es corriente, mientras haya ‘capacidad de endeudamiento’. Si el criterio de razón fuera general, no habría que hacer esfuerzo por explicar que el empuje al consumo no libera. Al contrario, la deuda acarreada es un lastre que nos acompaña hasta la muerte. No morimos libres, morimos endeudados. La educación para la libertad, si es del caso precisar, no es aquella que refuerza las masas y sus aspiraciones de consumo, sino la que es capaz de disolverlas y dotar a los seres humanos de otras aspiraciones.

El tercer aspecto se expresa en la proximidad de las sociedades capitalistas con el fascismo. Si bien este último no pertenece a ningún sistema económico en particular, poco se repara en el juego de espejos entre capitalismo y fascismo. Las sociedades capitalistas educan aniquilando cualquier cuestionamiento al monopolio del capital o a las aberrantes prácticas de la Banca, por ejemplo. Para Benjamin es claro que el fascismo organiza las masas en torno a la libertad de consumo y de opinión, pero se resiste a cuestionar el problema de la propiedad privada. Estas sociedades desestiman cualquier discusión en torno a la inmoralidad de la opulencia en medio de la miseria y convierten en blanco de ataque cualquier iniciativa que propenda por una comprensión diferente de los recursos y los medios para la supervivencia. Ahora bien, el cuestionamiento a la propiedad privada no está referido a la pequeña vivienda que el trabajador, a duras penas, paga con el trabajo de toda una vida. Una idea infundada que expresa el miedo del trabajador a que hasta lo más mínimo le sea arrebatado. De lo que se está hablando es de la acumulación de la tierra y de la apropiación de los medios de producción. Según Oxfam, en Colombia el 1% de las fincas representa el 81% de tierras, mientras al 99% corresponde el 19% de las tierras restantes[i].

Para finalizar, el cuarto aspecto se concreta en la atracción por la guerra. Por un lado, se nos asegura que solo a través de ella alcanzaremos un futuro mejor. Como puede advertirse, esta es la base de la seguridad prometida por el partido de gobierno durante algo más de veinte años en Colombia. Por el otro, no solo se nos persuade de que la guerra es necesaria, también se nos dice que es bella porque expresa el vigor de los pueblos. Algún tipo de guerra debe librarse, así sea por la compulsión a mostrar que en cualquier momento todo puede ser arrasado. En este sentido es que Immanuel Kant (2012) afirma que, por utópico que parezca, la paz es una de las más importantes obligaciones morales. No hay discusión racional que pueda darse sobre la puesta en duda de la paz como máxima aspiración de la humanidad. Sin embargo, nótese el esfuerzo del partido de gobierno por revivir el conflicto armado; este partido ha hecho de la guerra una fuente de satisfacción sensorial, la hace deseable. De hecho, nos ha educado a preferirla por encima de la paz. Como advierte Benjamin, tarde o temprano, toda inversión en armamento tendrá que usarse. De lo contrario la inversión no tiene sentido. Hasta las armas como artefactos de disuasión no informan otra cosa distinta a que, si es del caso, el que las posee te estallará los sesos. Al respecto, el uso de las armas por parte de privados en contra de la protesta social es una evidencia incontestable.

Ante la pregunta: ¿cuál será entonces la respuesta frente a este optimismo carente de escrúpulos, con el cual las masas son educadas o, mejor expresado, optimismo con el cual son engañadas? Benjamin responde que organizar el pesimismo. Es decir, en el pesimismo deben hallarse las fuerzas culturales que transformen la política actual en una verdadera política social que se haga cargo de la deuda contraída con la humanidad en términos de libertad y justicia. En principio, digamos que esa organización del pesimismo nos tiene que llevar a desconfiar del orden establecido, de los aparatos del Estado y de las bondades con las cuales se presentan todos los proyectos de intervención social que vienen con la firma de las clases dominantes. Organizar el pesimismo significa “sobre todo desconfianza, desconfianza y desconfianza en todo entendimiento: entre clases, pueblos, individuos” (Benjamin, 2012: 74). En otras palabras, extraer la reflexión moral de la ruina política. No confiamos en que las cosas serán mejores, sino que, por el contrario, sabemos que de seguir por la ruta elegida no nos espera nada diferente al despeñadero. En consecuencia, Benjamin señala la necesidad de usar la palanca de emergencia que descarrile el tren.

A juicio del presente, la conclusión a la que podemos llegar es que la educación debe participar de toda gran revolución. Educar significa transmitir los logros materiales y culturales alcanzados por la humanidad, por ello, la función de la educación es la de preservar. En efecto, esos logros se transforman por el trabajo de la misma práctica educadora, pero, como podrá inferirse, se transforman sobre la base de lo alcanzado. La educación es lenta y, por esto mismo, sus transformaciones no se producen de manera inmediata. Ahora bien, la educación no es la revolución, pero puede participar de ella. Para hacerlo debe dar a los niños, las niñas, los jóvenes y, en general, a todos los seres humanos, los instrumentos que les permita percibir su verdadera situación histórica y social. Esto significa educar para captar los mecanismos de dominación que actúan en términos políticos, claro está, pero, también significa educar para discernir el carácter falso de lo que las aspiraciones que el capitalismo nos inocula, esto es, desaprender lo que se nos ha enseñado a amar. Esto pude apoyarse en lo que Benjamin capta en el Manifiesto comunista de Marx y Engels. El carácter sensible de toda revolución es la transmutación de los sentimientos morales en fuerza para la lucha. Así, la enervación corporal, a saber, la ira contenida que se muestra como vergüenza por lo que el hombre hace al hombre, ha de concretarse como descarga revolucionaria.


Bibliografía

Benjamin, Walter. 2012. El surrealismo. En Escritos políticos (pp. 61-76). Madrid: Abada.

Kant, Immanuel. 2012. Sobre la paz perpetua. Madrid: Akal.

Muñoz Gaviria, Diego Alejandro. 2017. La pregunta por la vida, el tiempo y el trabajo en el capitalismo: acercamientos entre Karl Marx y Byung – Chul Han. Kavilando, 9(2): 436 – 445

Weber, Max. 2006. La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Buenos Aires: Caronte.

[i] https://www.semana.com/impacto/articulo/concentracion-de-la-tierra-en-colombia-el-1-por-ciento-de-las-fincas-mas-grandes-ocupan-el-81-por-ciento-de-la-tierra/40882/

About the author

Alexánder Hincapié García

Doctor en Educación de la Universidad de Antioquia, Magíster en Psicología, con estudios de pregrado en psicología y filosofía. Realizó su estancia doctoral en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su tesis doctoral obtuvo la máxima calificación, Summa Cum Laude. Reconocido como Investigador Asociado por COLCIENCIAS. Ha sido profesor de pregrado y postgrado en distintas universidades. Se define más que profesor como un investigador social sin credos epistemológicos.

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