De un guayacán florecido

Para ese momento no había dudas, iba a llegar tarde. Todos los tacos de Medellín se me habían cruzado en el camino. Era imposible que el mal genio no se me notara, por lo que el taxista decidió parar su conversación sobre el clima o sobre lo duro que está todo y le subió a la radio. En la primera emisora que conectó hablaban de un nuevo escándalo de corrupción en una entidad municipal, en la siguiente contaban los muertos de un atentado en los Llanos Orientales con números fríos y pasaban luego a una publicidad de alguien extasiado por los precios rebajados de un operador celular. Así se fue hasta que en algún punto del dial le coincidió el clic con una salsa de las que solo en Puerto Rico, Brooklyn, Callao, Cali y Manrique saben bailar bien.

La canción hablaba de un matón que sonreía con un diente de oro que iluminaba, igualitico al sol que estaba ardiendo sobre la calle, a la misma altura donde unos días atrás un conductor había baleado a unos jóvenes que quisieron robarle. Muy acorde la banda sonora del viaje, indudablemente. Para avisar que llegaba tarde, entré a WhatsApp y vi, en el grupo en le que debía excusarme, la foto de una persona desaparecida y los números de contacto, seguida de un par de enlaces a unos periódicos que contaban, uno los detalles de un crimen pasional y el otro que hacía un amplio análisis del por qué James Rodríguez se había teñido el pelo de azul. El día no podía pintar peor.

Pero algo pasó, en el medio de ese día gris y sombrío, un guayacán florecido se me atravesó en el paisaje con su majestad amarilla y me desató la esperanza. Un sentimiento bonito que me cayó como un rayo. Esa simple aparición calló de tajo la canción que sonaba, me hizo olvidar la demora, el mal genio, las malas noticias, el saqueo de los bellacos a la ciudad, la violencia y lo poco que nos importa cada día. Ese guayacán amarillo me enamoró otra vez de Medellín después de horas de desamor. Ese guayacán amarillo me hizo enamorarme otra vez.

Y pensaba, después de ese embeleso, en esos puntos que nos hacen recordar las cosas bellas de lo que tenemos, de los puntos comunes que nos sanan las heridas de los otros lugares de encuentro que nos hieren. Porque pensaba también en la violencia, pensaba también en lo que es ser antioqueño, en lo que es ser paisa y en lo que es ser colombiano. Pensaba en el ethos de lo que somos y me preguntaba si realmente éramos violentos porque estaba en nuestro ADN, me preguntaba si teníamos el gen violento tan asimilado que dábamos por hecho y paisaje a la violencia y seguíamos viviendo como si nada. Pensaba, porque me preguntaba si la violencia sí podía ser endémica en el mismo ethos de una sociedad que para apaciguar el dolor por la muerte de Alicia compuso un canto donde se explicaba a si mismo que ella se iba porque Dios necesitaba una amiga. Me preguntaba si la violencia podía compartir ethos en una sociedad que construyó una casa en el aire, que le compuso un canto a los maizales, que fundó y desarrolló a Macondo y Balandú. Me preguntaba si una sociedad que añora un guayacán amarillo podía ser la misma que naturalizara la violencia como lo hacemos.

En medio de la reflexión leí a Elinor Ostrom, la primera mujer en ganar el premio Nobel de economía, quien dijo en su discurso de aceptación del galardón que el análisis de individuos racionales “percibe a los seres humanos cuya conducta modela como atrapados en situaciones perversas, se asume también que otros seres humanos ajenos a los involucrados —académicos y funcionarios públicos— son capaces de analizar la situación, pueden establecer las causas de los resultados contra productivos, y ubicar los cambios en las reglas en uso que permitirían a los participantes mejorar sus resultados”, en resumen, se espera que los cambios surjan desde afuera, desde la diferencia. La tragedia de los comunes, como titula su discurso, es verse relegados por externos para solucionar sus problemas internos. Igualitico a los colombianos, que entendemos la violencia endémica y nos condenamos a no solucionarla porque es que somos así, una idea que tenemos enclavada en el discurso nacional.

La preocupación se me duplicó, ya no solo me cuestionaba si la violencia y la capacidad creativa colombiana podían convivir en el mismo ethos, sino que también me preguntaba si, aún estando la violencia dentro de nuestro ser, podríamos encontrarle solución interna, sin necesidad de hechiceros foráneos que nos traigan respuestas mágicas.

La comunicación política, que parte de la idea de emocionar y conducir la opinión hacia una acción deseable -que no siempre es el voto-, podría ser el camino para conducir y construir un marco de opiniones que tiren para un mismo lado en la construcción de un discurso nacional, de unidad, que pueda celebrar, proteger y potenciar nuestros talentos, que puede señalar y reconocer las falencias que generan e invisibilizan la violencia y, sobretodo, encontrarle soluciones desde nuestras potencialidades, no desde afuera.

Y pienso en la comunicación política en tanto puede definir la piedra angular de los acuerdos: tener un mismo lenguaje. Construir una narrativa propia de lo que es ser colombiano solo se logra si el grupo general de la nación concibe ideas dentro de un mismo marco discursivo, si ponemos presentes los mismos intereses, el mismo norte, la idea concisa de qué queremos como país y cómo pensamos lograrlo. Una apuesta por la cordura, en palabras de Adela Cortina, que logre demarcar problemas comunes y transversales y que a través de la razón y del lenguaje (que es la máxima expresión de la razón misma) defina las soluciones de forma interna, sin necesidad de esperar la llegada divina de un salvador mesiánico.

Si nuestro discurso cambia, si unifica, si deshecha la idea de la violencia como algo normal, si nos juntamos bajo la misma idea de nación podremos ver florecer una Colombia diferente, primaveral, donde la vida estalle en una explosión de alegría. Así, igualitico a un guayacán amarillo florecido.

 

Santiago Henao Castro

Antioqueño. Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia. Hincha de los guayacanes, Carlos Vives, el cine colombiano, el vallenato y el más veces campeón. Aspirante a ganarle al olvido.

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