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Hace algunos años, en 2021, mientras el mundo todavía respiraba miedo bajo la sombra de una pandemia y en Colombia las calles ardían entre consignas, incertidumbre y estallido social, inicié el doctorado. Aquel comienzo tenía para mí algo de rito y de vértigo. No se trataba únicamente de continuar estudiando; sentía que estaba atravesando un umbral simbólico hacia un territorio que durante mucho tiempo observé con distancia, admiración y, en ciertos momentos, incluso con incredulidad. Venía de una historia donde llegar hasta allí parecía improbable.
Recuerdo las clases virtuales, las cámaras apagadas, el sonido entrecortado de las conexiones inestables y esa sensación colectiva de fragilidad que atravesaba el mundo entero. Afuera, las cifras de muertos crecían diariamente; adentro, nosotros intentábamos hablar de teoría, investigación y pensamiento crítico como si la vida no estuviera tambaleándose al mismo tiempo. Y, sin embargo, en medio de aquel caos, estudiar seguía pareciéndome un acto profundamente esperanzador.
El primer seminario lo orientaba un profesor argentino cuyo nombre ya había encontrado antes en libros y artículos. Escucharlo representaba para mí una expectativa enorme. Quería descubrir cómo hablaban en persona quienes parecían existir únicamente en las páginas académicas, esos autores que uno cita con respeto casi ritual sin imaginar jamás que un día compartirán una conversación contigo.
Éramos ocho estudiantes. Meses después quedaríamos siete. Tal vez porque los doctorados también son una forma de intemperie: exigen tiempo, estabilidad emocional, dinero, energía y una capacidad inmensa para convivir con la incertidumbre.
Como sucede en todo inicio, nos pidieron presentarnos. Uno a uno fuimos diciendo nuestros nombres, trayectorias y búsquedas intelectuales. Cuando llegó mi turno, hablé desde aquello que hasta entonces había definido gran parte de mi existencia: mencioné que había terminado tres pregrados, una especialización y una maestría, y que tenía apenas 28 años.
Entonces ocurrió.
El profesor me miró y dijo, casi sin transición:
—Te fuiste a la mierda.
La frase quedó suspendida en el aire como un objeto incómodo. No supe cómo interpretarla. Dudé si aquello debía entenderse como admiración, ironía o desprecio. Mis compañeros soltaron risas breves y nerviosas, de esas que aparecen cuando nadie sabe realmente qué hacer frente a un comentario inesperado. Después llegó el silencio. Un silencio pesado, extraño. Más tarde, él explicó que lo decía porque yo “no había hecho otra cosa en la vida que estudiar”.
Y aunque cualquiera supondría que aquellas palabras pudieron herirme, la verdad es que no lo hicieron. Quizá porque comprendí inmediatamente que estaba observando mi historia desde una lectura demasiado superficial. Había emitido un juicio sin hacerse la única pregunta verdaderamente importante: ¿qué lleva a alguien a estudiar tanto en tan poco tiempo?
Nunca preguntó por las razones. Nunca quiso saber qué existía detrás de aquella acumulación de diplomas. Supuso, quizá, que se trataba de ambición, vanidad intelectual o una obsesión absurda por coleccionar títulos académicos.
Pasaron algunos años. Terminé el doctorado. Hace unos días recibí otro título de especialización y ya me matriculé en una nueva maestría. A veces imagino qué diría aquel profesor si volviera a encontrarme y escuchara todo esto. Quizá ya no afirmaría que “me fui a la mierda”, sino que terminé instalándome allí.
Sin embargo, sospecho que jamás alcanzaría a comprender lo esencial. Porque cada vez que me siento en la sala de la casa de mi madre y observo los diplomas colgados en orden cronológico, no veo únicamente certificados enmarcados. Veo noches interminables. Hambre silenciosa. Ansiedad. Veo el cansancio de una familia intentando sostenerse mientras todo parecía derrumbarse alrededor. Veo a mis padres haciendo esfuerzos imposibles para que estudiar no fuera un privilegio reservado para otros.
Cuando uno nace lejos de las comodidades, cuando el hogar está atravesado por carencias y los padres no pudieron siquiera terminar la primaria, la educación deja de parecer un adorno intelectual. Se convierte en refugio. En herramienta. En una forma desesperada de abrirle una grieta al destino.
Por eso nunca sentí vergüenza de estudiar en exceso. Hay quienes heredan propiedades; otros heredamos miedo a volver atrás.
Y ese miedo tiene memoria. Recuerda las cuentas sin pagar, las noches de incertidumbre, los momentos en que el futuro parecía una puerta cerrada. Por eso algunas personas estudian con una intensidad que desde afuera puede parecer exagerada. Porque entienden que detenerse también implica correr el riesgo de caer.
Tal vez, si pudiera explicarle hoy a ese profesor por qué decidí “irme a la mierda”, le contaría que a los 21 años murió mi padre y quedaron mi madre y mi hermana frente a un vacío inmenso: sin pensión, rodeadas de deudas y con el futuro convertido en una pregunta insoportable. Entonces comprendí algo brutal: para ciertas personas estudiar no representa realización personal; representa supervivencia.
Desde ese instante cada aula dejó de parecerse a un proyecto académico para convertirse en una trinchera. Cada semestre aprobado significaba una posibilidad más de sostener a mi familia. Cada título era también una garantía mínima contra el derrumbe económico. Mientras algunos podían darse el lujo de estudiar por pasión exclusivamente intelectual, yo aprendí a hacerlo también por necesidad.
Por eso el exceso no habla necesariamente de arrogancia. A veces habla de temor. De responsabilidad. De amor.
Por eso enmarco los diplomas.
Porque cada uno guarda una batalla que nadie vio. Porque detrás de cada título hubo incertidumbre económica, cansancio emocional y una voluntad obstinada de no dejar caer a quienes dependían de mí.
Y también porque, gracias a esa suma aparentemente exagerada de credenciales, nunca me ha faltado trabajo. La academia, con todas sus contradicciones, terminó convirtiéndose en el puente que permitió que mi madre pudiera vivir con tranquilidad después de tantos años de angustia.
Mi padre ya no está para verlo. Y quizá allí permanece la tristeza más profunda de todas: haber llegado hasta aquí y no poder escuchar su voz celebrándolo.
Por eso este texto, no nace desde el resentimiento hacia aquel profesor cuyo paradero desconozco. Surge, más bien, de una certeza dolorosa: muchas veces juzgamos las decisiones ajenas sin sospechar las heridas que las sostienen.
Porque detrás de ciertos excesos no habita la soberbia. Habita, casi siempre, una historia silenciosa de supervivencia.














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