El concierto de la soledad o el diario de pandemia de un don nadie

     

 “Hay una cosa más triste que no lograr los propios ideales: salir triunfante”.

Pavese


A continuación, entrego mi diario de estos tiempos convulsos al lector que le interese saber qué le pasó a una persona normal y corriente. Mejores plumas han hecho este ejercicio y quien encuentre ignorancia en mi proceder no es un gran observador ni un analista de primera. Escribí, un poco, para no ser escrito. Pensé que en la escritura encontraría un refugio para así sobrevivir a tanta incertidumbre. Debo aclarar que no me habita ningún talento, no sé bailar ni cantar, mucho menos conozco el arte de la pintura y tampoco sé escribir. Mi mérito hasta el momento ha consistido en lo que Jean de la Bruyere ha llamado el talento de guardar silencio y aunque llevaba la tarea con persistencia fanática un fracaso más tampoco es una pena.

Cartografía de un cuarto 

La pandemia nos encerró, doble cerradura y a habitarnos en el lugar compartido de una casa. Hay casas habitables por su espacio, comodidades y posibilidades. Mi casa no. Mi casa, que más bien es solo una habitación, no es suntuosa sino un lugar pequeño y humilde; pocas cosas tiene: una cama, un sillón, una biblioteca y, aunque no es un palacio, sí es la frontera que me separa del mundo y mi morada para sobrevivir al asesino.

Obligado a estar en mi pequeña isla decidí hacerla un reducto exclusivo para la sensibilidad. Sin dinero, sin esperanzas y enmarañado en trámites burocráticos insoportables convertí mi habitación en el espacio perfecto para el aburrimiento, sin otra ocupación que la de dilapidar el tiempo. Es curioso porque pertenezco a la generación que tuvo que recluirse, quizá por primera vez, y esa nueva privacidad nos cuesta. Aunque todos estábamos en casa la vida dentro de las paredes seguía siendo pública.

No tengo el dinero suficiente para ser nihilista ni mucho menos existencialista. No me interesa la introspección ni la búsqueda de uno mismo; prefiero perder mi tiempo mirando el techo o rascándome la cabeza y una de las ventajas de vivir solo es que escuchas tu voz únicamente dentro de ti. Mi familia está en otras geografías y quizá otros calendarios. La pandemia para mí ha sido soledad. Kafka decía que “todo hombre lleva dentro de sí una habitación” y ahora vale la pena preguntarse si esa habitación es un refugio o una cárcel.

El tiempo no pasa

El tiempo se detuvo. El espacio no cambiaba, mi cuarto seguía siendo mi cuarto, seguía midiendo lo mismo día con día y eso mismo pasó con el tiempo. Nadie podía diferenciar un lunes de un miércoles e inclusive la tragedia fue tornándose magnánima porque los sábados parecían jueves. Todo el día era lo mismo, todos los días iguales. Un eterno retorno de la cama a la cama. Es paradójico porque el silencio de la habitación contrastaba con el ruido de la internet: conferencias, coloquios, narrativas del futuro, horizontes postpandemia, ruido en bandadas, todos quieren hablar y el habla, como dice Freud, es también una cura, sin embargo, tantas palabras abruman: el mundo hoy necesita silencio.

La palabra de los expertos ha sido más terapéutica que analítica. Muchos momentos han pasado: abrí los ojos un día de resaca, corrí por una montaña buscando una salida y lloré porque pensaba que existía el amor. Esta pandemia trajo consigo mil separaciones.

El asesino seguía suelto y yo ya había creado una empresa, ya había solucionado los problemas climáticos, atendido las dificultades de la humanidad, me volví cristiano y después ateo, pero seguía siendo el mismo, no obstante, el tiempo se obstinaba en estar estancado. Nadie cambia si el tiempo no avanza. Bergson dice que hay una parte del tiempo que no puede modificarse por voluntad y ha dicho que ese fenómeno se llama duración. La pandemia es una duración.

Después de mucho pensarlo y al sentir que el tiempo había dejado de existir decidí renunciar a la presencia simple y empezar a escribir. Renunciar es estar solo. Aprendes cosas que nadie puede enseñarte: la desesperación, el silencio y el aislamiento. Recuerdas haber leído a Piglia cuando decía que los escritores tienen dos yoes: uno que escribe y otro que publica. No tienes ninguno de los dos. Pienso que los escritores que tienen la afanada necesidad de decir todo lo que han leído, por lo general, no hacen de sus textos una obra maestra. ¡Cuántas citas habrán hecho Proust o Kafka! Tal vez, como siempre, Borges es una excepción. La pandemia me permitió hacer de mi pasado un cronograma lineal sin desórdenes ni crisis. Pienso en mis amigos, que no fueron muchos, aunque eso es lo mejor. Los otros te hacen estar presente, disponible, servible, aprovechable e instrumentalizable.

Desarraigarse

Te aburres impunemente. Te entregas a ese bostezo del que hablaba Baudelaire, a ese gesto de pereza que se come el mundo. Ponderas que el “mundo” es una palabra excesiva y ambigua. Nos desarraigamos del movimiento y echamos raíces en la quietud. Aprendí la diferencia entre vivir y habitar. Mi cuarto está cerca de la Universidad (LAUNAM), tiene una ventana en la esquina y de ahí puedo observar el oceánico cielo que me espera en mi espera. Sé que mi última anotación es un lugar común: hablar sobre el clima y su color, pero quiero pensar que ese color también me pertenece. Venimos del mar y vamos al cielo, nuestras células nadan en sabores, somos agua y vivimos porque el aire atraviesa nuestro cuerpo. Si todo eso lo debemos qué más da mirar al cielo y ver su color. Si las rosas fueron la piel, la muerte y la desventura, ¿por qué el cielo no puede ser el infierno invertido o unas sílabas misteriosas?

Del umbral de la contemplación me despierta la música de los coches que esta ciudad vomita y que hoy parecen resignarse en la tranquilidad. Las salidas del cuarto por material de supervivencia son traumáticas. Tengo todas las intenciones de renunciar y encerrarme en él y dormir hasta los siguientes soles, pero no. La obstinación de sobrevivir es más grande; vivir para ver, vivir para desplegar los sentidos. El cuarto seguirá ahí, me digo en voz alta. Así he vivido la pandemia: literaria y poéticamente.

“Desbordo sonidos,

Me deleito con su luz,

Bailo incertidumbres,

No soy completo porque estoy estando”.

 

Pienso que mis años de preparación y de aprendizaje van dando sus frutos, sobrevivir una pandemia sudando letras es un buen augurio. El logro más importante es que dudo constantemente de la escritura. Es una actividad pretensiosa, digo, dudo en escribir o no escribir, vacilo si entregarme por completo a la ausencia de la literatura o simular su presencia en la crisis; me resisto a seguir intentando pertenecer a un juego al que nadie me ha invitado salvo Pavese, Piglia y Quignard. La duda es si concederme al olvido o hundirme al poner palabras en hojas en blanco. Comenzar y fracasar, nada más literario, nada más cercano a la tragedia de una pandemia. Pavese dice del comenzar: “La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta este sentimiento —prisión, enfermedad, costumbre, estupidez—, querríamos morirnos”. Y Quignard comenta: “Escribir es un modo de fracasar”. Quizá la cuestión hoy, como lo dijo Beckett, es fracasar cada vez mejor. Estamos comenzando.

About the author

Juan Pablo Duque Parra

Colombiano y vivo en México. "Con edad de siempre, sin edad feliz".
Psicólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Mágíster en Psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) y Magíster en Comunicación de la UNAM. Estudié Escritura Creativa en Aula de Escritores (Barcelona). "Un jamás escritor a un siempre lector".
Profesor universitario, sea lo que eso signifique.

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