Educación de pésima calidad

He sostenido que la educación en nuestro país no cumple con su promesa de servir de escalera de ascenso social ni disminuye la desigualdad y que es indispensable cerrar las brechas existentes, en particular en la primera infancia y en las áreas rurales.

Ahora, si en general el panorama educativo es malo, en materia de calidad es un desastre. Lo muestran tanto las pruebas Saber nacionales como las Pisa internacionales, que tienen la ventaja de que no evalúan conocimientos sino competencias y dan una visión comparada en las áreas de lectura, matemáticas y ciencias. Las pruebas se hace cada tres años y las últimas se realizaron en el 2018. Por cuenta de la pandemia se aplazaron las de este año y se harán el próximo. 

Los resultados son malísimos y seguimos ocupando el último puesto entre los miembros de la OCDE. En el plano regional, estamos por debajo de Brasil, Costa Rica, México y Uruguay y apenas superamos a Argentina, Perú, Panamá y República Dominicana. En lectura obtuvimos 412 puntos, 391 en matemáticas y en ciencias 413. Los promedios de la Ocde son 487, 489 y 489 respectivamente. La brecha es enorme. Es aún mayor con los países con mejores resultados, muchos de ellos en Asia. China, por ejemplo, tiene puntajes de 555, 591 y 590. Debajo, Singapur, Macao, Hong Kong, Taiwán. Estos países, muy retrasados en comparación con nosotros hace apenas cuarenta años, demuestran que sí es posible hacer una revolución educativa exitosa.

El puntaje promedio no muestra, sin embargo, la gravedad de la situación. Se ve mejor al examinar las calificaciones alcanzadas. El examen establece 7 niveles, siendo 1 el peor. El 50% de los estudiantes colombianos, más del doble del promedio de la OCDE (23%), se ubica en el peor nivel de lectura, es decir, ni siquiera son capaces de «identificar la idea principal en un texto de extensión moderada, encontrar información basada en criterios explícitos, y pueden reflexionar sobre el propósito y la forma de los textos». Y solo un 1% alcanzó los niveles 5 y 6.

En ciencias la situación es parecida. Solo el 50% de los estudiantes de Colombia alcanzaron el nivel 2 o superior en ciencias (OCDE 78%). La otra mitad no puede «reconocer la explicación correcta de fenómenos científicos familiares y pueden utilizar dicho conocimiento para identificar, en casos sencillos, si una conclusión es válida a partir de los datos proporcionados». Y el porcentaje de los estudiantes que se ubicó en los niveles 5 o superior es «insignificante».

En matemáticas es peor. El 65% está en el nivel 1 (OCDE 24%). Esos estudiantes no son capaces de «representar matemáticamente una situación simple, por ejemplo, comparar la distancia total entre dos rutas alternativas o convertir precios a una moneda diferente». Acá también solo el 1% de los estudiantes alcanzó el nivel 5 o superior.

El 40% de todos los estudiantes colombianos está en el nivel 1 en las tres áreas.

Pisa confirma lo que he afirmado en otra columna (El desastre de la educación): las diferencias de resultados entre estudiantes «con ventaja socioeconómica» son evidentes y muy altas. En materia de lectura, los primeros superan a los desfavorecidos en 86 puntos. Y apenas uno de cada diez estudiantes desfavorecidos «logró ubicarse en el cuarto superior de rendimiento en lectura en Colombia». En matemáticas y ciencias «la condición socioeconómica fue un fuerte factor para predecir el rendimiento en matemáticas y ciencias». 

Pisa muestran que, además, los estudiantes de alto rendimiento provienen de unas pocas escuelas. Todas privadas. Es decir, ratifica que los muchachos que provienen de hogares con más ingresos pueden asistir a colegios privados que les proporcionan una educación de mucha mejor calidad que aquellos que están obligados a asistir a una escuela oficial. 

Por cierto, según el informe de Pisa, hay más profesores «completamente certificados», 78%, en «escuelas desfavorecidas» que en «escuelas favorecidas», 62%. Y los docentes con por lo menos una maestría son porcentualmente similares en ambos tipos de escuela. De manera que pareciera que el problema de calidad en las escuelas públicas podría estar en los profesores, pero no en sus títulos académicos. Suena contradictorio, pero no lo es. Intentaré explicarlo en una próxima columna.

About the author

Rafael Nieto Loaiza

Impulsor de la Gran Alianza Republicana. Abogado, columnista y analista político. Ex viceministro de Justicia.

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