Don Patricia Aywin Azocar, in memorian

     

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Don Patricio Aylwin Azocar, in memorian

Chile, entre tanto, estará llorando la pérdida de uno de sus mejores hombres. Nosotros también. Hemos perdido un aliado ejemplar. Que Dios lo tenga en su gloria.

Ha fallecido esta madrugada en Santiago de Chile, a los 97 años, Don Patricio Aylwin Azocar, primer presidente democrático chileno que daría inicio a la transición tras los diecisiete años de dictadura militar del general Augusto Pinochet Ugarte. El más destacado de los militantes del socialcristianismo chileno tras Eduardo Frei Montalva y una de las más importantes figuras del socialcristianismo mundial. Gobernó al país con serenidad y mano firme en medio de las dramáticas y difíciles circunstancias de la transición, entre los años 1990 y 1994, tiempo durante el cual demostró su talento de estadista y su acendrado patriotismo. Lo que le permitió sortear las acechanzas de una sociedad profundamente quebrantada, que ansiaba la paz y la estabilidad, recuperar su dignidad, restablecer el pleno estado de derecho y reivindicar la paz y la justicia tras la más grave crisis de su historia y la más horrenda tragedia de su desarrollo republicano. Lo hizo, además, en acopio de sabiduría: logrando el pleno respaldo de las mismas fuerzas armadas que protagonizaran la espantosa ruptura del 11 de septiembre de 1973 y sin descontinuar el proceso de recuperación económica y social exitosamente empeñado por el gobierno de la dictadura. Un caso modelo, inspirado en las transiciones de España y Venezuela, cuyo ejemplo testimonial marca el sendero de procesos semejantes.

Tuvimos con mi esposa el honor de ser sus invitados a los históricos actos de transmisión de mando, en los que participamos acompañando al presidente Carlos Andrés Pérez como miembros de su comitiva presidencial. En esa condición tuvimos el inmenso privilegio de escuchar su discurso en el Estadio Nacional. Un acto de una solemnidad estremecedora que supo honrar con una grandeza propia de la trascendental importancia de la circunstancia. Jamás hubiéramos imaginado entonces que nos encontrábamos a pocos pasos de sufrir la misma conmoción que sufrieran los chilenos aquel aciago 11 de septiembre, que estaríamos sujetos a los mismo 17 años de dictadura que entonces culminaban, pero que ni la sabiduría de nuestro pueblo, ni la cultura, educación y capacidad gerencial del dictador, ni la existencia de un liderazgo opositor de la talla y la magnitud del que condujese la lucha contra la dictadura chilena encontrarían la misma salida que entonces presenciábamos. No podíamos ni siquiera imaginar que al cabo de los 26 años transcurridos desde entonces Venezuela se hallaría en una crisis humanitaria de proporciones dantescas y sin salidas visibles.

Volvimos a encontrarlo en otras tres ocasiones: la primera de ellas, durante un encuentro del Grupo de Río celebrado en Caracas en octubre de 1990, bajo el auspicio del presidente Carlos Andrés Pérez. Luego en su modesta casa habitación del oriente de Santiago, junto a Agustín Berríos y el alcalde Antonio Ledezma. En esta última oportunidad, durante la transmisión de mando de Sebastián Piñera, en 2010. Además de su bonhomía y su proverbial hospitalidad, siempre nos brindó su sabio consejo. Recalcando lo que para él constituía su mayor logro: haber sido el paladín de la unidad de las fuerzas democráticas tras el magno propósito de salir de la dictadura y recuperar la democracia. “Ese fue mi principal esfuerzo y gracias a ello recibí el premio de ser electo presidente de la República” – le dijo a Antonio Ledezma en nuestra presencia. Más que un hecho, era un consejo.

No fue, como no lo ha sido ningún político de fuste, una monedita de oro. En un encuentro en Caracas con un senador de su partido, representante de su ala más izquierdista, me llevé la sorpresa de que me rechazara de plano la idea de movilizar una campaña internacional para la concesión del Nobel de la Paz a quien fuera el artífice de la transición. “Ni se lo ocurra” – me replicó con firmeza, sin ofrecer mayores comentarios. Por lo visto, Don Patricio Aylwin no era de su agrado.

Chile, entre tanto, estará llorando la pérdida de uno de sus mejores hombres. Nosotros también. Hemos perdido un aliado ejemplar. Que Dios lo tenga en su gloria.

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