Diario de un cualquiera en Caótica (Bogotá)

“Uno de los hombres tiene en su mano un palo y, mientras corre hacia al perseguido, grita enfurecidamente: <<¡cojan a esa escoria!, ¡es un ladrón!>>.”


Recién bañado, con un café en la mano, cojo las llaves del carro porque ya es hora de ir hacia la universidad. Abro la puerta y me siento en el asiento del conductor. Veo en el reloj de la radio que son apenas las siete de la mañana, dos horas antes de que inicie ese parcial que llevo preparando hace días. Salgo del garaje y me encuentro con un día grisoso, que amenaza con librar el mismo aguacero de siempre. (Solo espero que no suceda lo mismo de ayer, pues no lo aguantaría de nuevo.) Julio, el vigilante del conjunto, ese que todos los residentes aprecian, abre el portón y veo un sinfín de autos y motos sin poderse mover en una vía de un solo sentido. (Me doy cuenta de que va a pasar de nuevo, y de que esta vez, evidentemente, va a ser peor.)

Han pasado casi treinta minutos y solo he podido avanzar quinientos metros. Me comienzo a estresar, y lo sé porque mi pierna izquierda, inconscientemente, comienza a moverse de arriba hacia abajo rápidamente; y también, porque mis expresiones faciales transforman mi cara en la de un animal salvaje. Trato de aliviar mi tensión con algo de música: “Creep”, de Radiohead, es la primera canción en sonar. A pesar de que el tráfico no fluye, consigo un poco de calma. Sin embargo, al pasar los minutos, esa calma se ve invadida por un suceso escalofriante pero no ajeno a la realidad de Caótica.

Un hombre, preocupantemente delgado, corre por su vida en la calle 100, pues cinco individuos más lo persiguen con esa misma cara feroz que yo había adquirido hace un momento. Uno de los hombres tiene en su mano un palo y, mientras corre hacia al perseguido, grita enfurecidamente: <<¡cojan a esa escoria!, ¡es un ladrón!>>. Quedo impactado de lo que está pasando, tanto que, pese a que los demás autos empiezan a pitarme, decido andar a 20 KM/H para presenciar el desenlace del show. Finalmente, puedo ver que ocho personas se abalanzan contra el ladrón, lo tumban y lo golpean. Otro caso más de una manada humana capturando a su presa. Una muestra más de que en Caótica todo vale.

Ocho y media de la mañana. Ya debí llegar a la universidad, según lo previsto. Qué frustración. La paliza que le dieron al ladrón, además, afectó mi mente, llevándola al punto de activar el modo de supervivencia: somos todos contra todos.

Sigo mi camino con varios obstáculos, como los cráteres de la autopista que casi estallan las llantas del auto; las cientas de motos invadiendo carriles, pasándose los semáforos en rojo y chocando orondamente los espejos de los carros; y, cómo no, algunos conductores taxistas peleando y amenazando por cualquier razón. Ahora, yo no me quedo atrás, yo mismo soy mi peor obstáculo. Soy ese que tampoco coopera, ya que de vez en cuando alguna imprudencia sale de mí.

Con la rabia en mi cabeza, estoy a ocho minutos de llegar a la universidad; sin embargo, son las nueve y siete. El parcial ya inició. Nadie se me puede atravesar, pues lo salvaje se apoderó de mí: les cierro el paso a los ciclistas, particulares, conductores de buses, etcétera; insulto a un anciano montado en un Renault 4; y voy a límites de velocidad no permitidos.


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Cuando al fin voy llegando al campus, después de haber estado dos horas y diez minutos manejando en una jungla, me doy cuenta de que en la entrada del parqueadero se estrellaron dos carros. Lo que faltaba. Decido rendirme. Hay una fila de vehículos sin poderse mover y no ha llegado ninguna autoridad vial. Estoy atrapado. Recuesto la silla mientras maldigo la ciudad. Pienso que el mundo me odia hasta que, al girar mi cuello hacia la izquierda, veo un bus SITP con noventa personas a bordo. Sí, noventa personas en un bus con capacidad de ochenta pasajeros. Noventa personas en uno de los miles de buses atrapados en algún trancón de Caótica.

Bajo la ventana para percibir mejor lo que pasa dentro del bus. Las caras de los pasajeros transmiten energías melancólicas; pero también noto algo de irritación, mezclada con dosis altas de indignación. Volteo mi cuello, esta vez a la derecha. Un señor de aproximadamente cincuenta años clava su mirada en la mía. <<Hambre, tengo hambre>>, dice mientras toca mi ventana. Le doy las dos monedas de doscientos que tenía en la guantera. Solo veo miserabilidad a mí alrededor: vivo en una ciudad cuya población es despreciada día a día.

Al fin y al cabo, mi problema tiene solución, pues es cuestión de que le explique mi excusa al profesor y me permita realizar el parcial en cualquier otro momento. La mayoría de las personas que viven en esta metrópoli, en cambio, tienen que tomar un servicio público inseguro e insuficiente, que las hará tener un mal rato, seguro; o tienen que aguantar frío y hambre, humillaciones y temores, en las calles grises de la ciudad. Me doy cuenta, en tanto llega la grúa para levantar el auto averiado, que Caótica, mi ciudad, Bogotá, está atravesando una fase de salvajismo.

Digo salvajismo no solo por la anarquía, la violencia y la inseguridad que enfrenta la sociedad, sino también porque las autoridades poco han aportado en mejorar la convivencia ciudadana, y ese es el verdadero problema. La gente tiene hambre, y el ser humano sin algo tan esencial como la comida se vuelve loco e instintivo. La gente necesita educación de la más alta calidad, si no las reglas nunca se cumplirán y la anarquía continuará su reinando. Bogotá, simplemente, necesita un líder que cumpla su deber de brindarle al pueblo las herramientas necesarias para satisfacer la dignidad humana.

Parece imposible, indudablemente. Y las dos horas y media que duré en el carro lo confirman. Finalmente pude hacer el parcial en las horas de la tarde, pero las emociones destructivas que sentí en la mañana me afectaron de cualquier forma. A todos nos desgasta vivir en Bogotá; de cierto modo altera y vulnera nuestra salud mental. Es impactante que hayamos normalizado un estilo de vida tan maligno para nuestro organismo. Debemos cambiar en algo nuestra degradada cultura para poder vivir bien. Espero algún día logremos un progreso social, pero la realidad es que, a medida que reproducimos nuestras emociones destructivas, el caos y las crisis siguen arraigándose en la genética de nuestra civilización. Estamos destinados, tal vez, a la perdición eterna.


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About the author

Juan Pablo Leaño Delgado

Estudiante de Derecho e Historia. Bogotano de 20 años. Miembro del Consejo Editorial del medio de comunicación y opinión de la Facultad de Derecho de la Universidad de los Andes: Periódico AlDerecho. Lector.

2 Comments

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  • Este joven, tan observador y detallista, escribe mucho mejor que varios de los «columnistas» de los «medios» más importantes del país. Felicitaciones, Juan Pablo.

  • Un calvario vivir en Bogotá. Muy bien descrita el día a día de la ciudad. Me encantó como utiliza las emociones para explicar lo dañino que es vivir en un lugar tan caótico como Bogotá,