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Cualquier día en la casa de los Jaramillo

“Solo las figuras de San José, San Miguel Arcángel y El Señor de los Milagros han sido testigos de cómo el paso del tiempo, los acontecimientos de la vida y la muerte han dejado a esta familia en una amarga monotonía.”


Cuatro angelitos tiene mi cama, cuatro angelitos que me acompañan. Virgen María dame un besito y hasta mañana… ¿Mañana?

Elena prende la tina al tiempo que calienta las arepas. Apenas son las siete y media de la mañana pero el olor a jabón Rey, Límpido y Fab, penetra ya toda la casa. María, mientras tanto, lava la trapera y “la media” que ha usado para limpiar cada porcelana del esquinero por más de 30 años. Tienden las camas: sábana, cobija, colcha, ropón… y encima la imagen del Niño Jesús que le regalaron a María, la hermana menor, en su primera comunión. Es evidente que, aunque no estudiaron arquitectura o ingeniería, arreglan el cuarto con precisión milimétrica. Luego, Elena, levanta a su padre de la cama; la misma que lo acompañó en un matrimonio de 60 años. Y como si estuviera en un lugar diferente, Jaime, el único hijo varón que queda en la familia, desayuna, saca a Jacinto, el perro -o lo que queda de él, pues tiene 14 años y lo único que lo mantiene en pie es esperar la hora del almuerzo- y sale afanado a trabajar. Don Antonio termina el desayuno y toma su primera siesta del día. Tiene 98 años y ha padecido de infecciones renales por más de cinco. “Ay, don Antonio, pero es que usted es un roble”, comentan las vecinas cuando pasan enfrente o le llevan regalos. Fue uno de los fundadores del barrio La Castellana y por eso, todos lo conocen.

El sol comienza a calentar las calles, el celador del barrio pasa en su bicicleta, algunos carros giran en la cuadra y las tórtolas se bañan en la ponchera que Elena les pone diariamente en el jardín. De repente, esa imagen pintoresca se ve interrumpida por las volquetas que llegan al edificio que están construyendo al frente. “El barrio ya no es como antes”, comenta siempre don Antonio cuando mira por la reja de la puerta frontal. La vida no es como antes. Solo las figuras de San José, San Miguel Arcángel y El Señor de los Milagros han sido testigos de cómo el paso del tiempo, los acontecimientos de la vida y la muerte han dejado a esta familia en una amarga monotonía.

“Nena, ¿cierro la puerta del frente ya?”, pregunta María a su hermana mayor, pues son las doce en punto; se acerca la hora del almuerzo. Poco más nutritivo que el desayuno, comen una sopa de verduras, arroz y leche, pero acompañado de un pedacito de panela o una chocolatina Jet. Sin haberse levantado todos de la mesa, María recoge los platos y se pone a lavar. Desde que le diagnosticaron un cáncer de estómago, es el único oficio que puede hacer. Elena, aún guarda la esperanza de que la quimioterapia y las oraciones al Corazón de Jesús colgado en la sala, curen a su hermana de la metástasis. “Eso le mandaron unas pastillas y que unos exámenes para… que para buscarle algo. Yo le voy a dar la mitad, eso es mucho”, le dice a su hermano, Jaime, que siempre llama sin falta a la una.

Las horas de la tarde pasan como años. Lo único que rompe con la monotonía del paisaje son las voces de los vendedores ambulantes: “Soooolteritas, obleas”. Don Antonio da dos y tres vueltas al corredor con su caminador, y toma otra siesta. Jacinto lo sigue detrás, levitando como un espanto, más que caminando. “Aguacate… Aguacate maduro, piña, papaya, mangooo”, pasa ahora gritando el vendedor de frutas. Elena lee El Colombiano mientras María la observa sentada, con la mirada perdida, apacible, más quieta que las porcelanas que adornan la sala. Las cuatro; hora del tinto. El olor de la greca despierta a don Toño. Ya todos reunidos, intercambian algunas palabras: “¿Esa es la hija de doña Estela?, como está de distinta. Mirá esa nube, ¿será que va a llover?”, comenta María.

Por fin llega la noche, y con ella Jaime. Don Antonio ve las noticias de las siete, Elena prepara la merienda, la parva, María sigue haciendo oficio y Jaime se refugia en su cuarto a leer o enciende el equipo de sonido; tal vez lo único que la tecnología del siglo XXI ha dejado allí. Disfruta de su soledad. Tic, tac, tic, tac… El segundero del reloj cucú de la pared se rehúsa a caminar. Se resiste a aceptar un día más en el que nada va a pasar.

Esto fue escrito por

Andrea Montoya Posada

Estudiante de Comunicación Social y Periodismo de la UPB. Apasionada por el arte, la cultura, la antropología y el mango biche.

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