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Correspondencia del amor

“Por ahora lo he hecho. Siento que me libera y que a través de mis escritos plasmo mi esencia. No sé si lo que escribo será leído en un futuro, pero confieso que me emociona la idea de que tal vez alguien llegue a atesorar aquellos papeles con mi letra y mi esencia sobre ellos, como ahora hago yo con las cartas de mis bisabuelos, noventa años más tarde.”

Sergio Ceballos, uno de los fundadores de FENALCO, quedó huérfano de ambos padres en su adolescencia, a principios del siglo XX. Oriundo del Nordeste antioqueño, y como buen paisa, se dedicó a los negocios y tuvo que trasladarse a Medellín para abrir su importadora. Para él, los negocios eran su vida, y dedicó toda su energía a ser un mercader entre Puerto Berrio y Medellín. Por el Magdalena navegaban vapores que traían los productos que importaba: cigarrillos, tabaco, sardinas enlatadas y aceite de oliva marca Sublime.

Pero en 1929 descubrió que el sentido de su existencia estaba en el amor. Sobre todo, en el que sentía hacia una joven de la ciudad, temperamental, consentida, caprichosa y devota, cuyo nombre era Sofía Londoño.

Sus “relaciones”, entre el cortejo y el noviazgo, duraron un año y medio, hasta que en 1931 pudieron casarse. Sergio y Sofía fueron mis bisabuelos, y aunque nunca pude conocerlos, recientemente llegaron a mis manos unas cartas entre ellos, que me permitieron acercarme a un pasado remoto, pero con el que me sentí muy conectada.

De las diez cartas que se lograron rescatar del noviazgo de mis bisabuelos, la mayoría fueron enviadas por Sergio a Sofía. Escritas con pluma, con una caligrafía prolija y pulida, y otras a máquina, sin ningún error ortográfico, pude leer lo que le escribió a su “negrita adorada”.

Tras leerlas, nacieron en mí varias preguntas y dudas sobre la relación entre ambos personajes, de la que poco se habla en mi familia. Tengo el privilegio de tener a mi abuela todavía, y que sus pasiones más grandes sean leer y conversar. Así que un día aproveché, y con la dificultad de su capacidad auditiva (a veces tan oportuna y selectiva, que me hace dudar), leí las cartas junto a ella y luego le hice algunas preguntas. Gracias a las respuestas a las preguntas que no esquivó, y a las anécdotas que decidió compartirme, pude resolver algunas de mis dudas y atar cabos sueltos entre las cartas.

Tener la oportunidad de leer esa correspondencia amorosa, hizo que me imaginara cómo sería un romance en el Medellín de principios del siglo pasado. Sin Whatsapp,  Facebook, ni Instagram, y a duras penas con algunos telegramas y llamadas telefónicas, los amantes debían, si querían comunicarse en la distancia, escribir sobre un papel aquello que querían decirse. ¡Qué romántico!

También traté de imaginarme los trayectos que describió mi bisabuelo en un tren, que ya no existe, entre Medellín y Yolombó. Increíble que unos cuantos papeles, que alguien decidió no tirar a la basura, lleguen ahora a mí y me hagan viajar en el tiempo, tratando de reconstruir el pasado de mi familia y el entorno en el que ahora habito.

Cuando decidí estudiar Historia descubrí que para ejercer el oficio del Historiador se debe ser curioso, chismoso, metido, y querer componer, a través de lo que nos queda, un pasado del que muchas veces no se hizo parte de forma directa. Fue un tesoro haber encontrado las cartas, y sé que había algunos telegramas, que nadie tiene muy claro dónde llegaron a parar. El hecho de que estas llegaran a mis manos, y el conocimiento que he adquirido con mis estudios, hicieron posible que supiera apreciar el valor de su contenido. Ellas guardan los vestigios de épocas anteriores, del Medellín viejo, de los amores pasados, y del inicio de una relación próspera que formó una gran familia, de la cual yo formaría parte.

El legado que mis bisabuelos dejaron con su familia y con sus letras, configura en gran parte lo que soy ahora y mi presente. Por eso me llenó de alegría poder lograr entender un poco sobre su relación.

Luego de leer varias veces las diez cartas, noté que nueve fueron escritas por Sergio. Se hizo evidente que era un hombre de palabras, y manejaba una prosa delicada y bien construida en su correspondencia cotidiana hacia su amada, casi siempre para pedirle perdón. Al principio pensé que era un hombre furioso, y por eso debía pedirle disculpas con frecuencia. Pero mi abuela me contó que era “el hombre más pacífico que había en el mundo” y que su mamá era “muy templada”. Esto se refleja en las súplicas que le hizo Sergio para que reconsiderara su “enfurecimiento”.

Pero su amor era mutuo. Y de sus cartas extraje los pasajes que me parecieron que así lo expresaban. Son pasajes que, en lo personal, considero vívidas muestras de un cariño puro, bien construido y con el sentimiento desbordado.

Como dije al principio, Sergio logró encontrar el sentido de su existencia en Sofía, y se dedicó a darle todo su amor; ese amor que le fue arrebatado tras la muerte de sus padres, lo encaminó a luchar por el cariño de la que sería su futura esposa y madre de sus hijos. Así lo expresó en varias de sus cartas:

“Tú no sabes cómo está mi existencia ligada a tu cariño (…)”(Sergio Ceballos, 1930)

“(…) mi amor por ti es todo lo puro, todo lo grande, todo lo bueno que tú quieras y no lo acepto sino con enorme alegría, como que constituye la única razón de mi existencia.” (Sergio Ceballos, 1930)

“Yo odiaba la existencia, tú me enseñaste a pensar que al fin y al cabo ella puede ser fuente de alegrías y dulzuras (…)”(Sergio Ceballos, 1930)

“Si no me quieres, si estás fría, bueno: a fuerza de cariño, yo haré resucitar en ti algún sentimiento distinto al del odio, siquiera un cariño enclenque, pero cariño: me horrorizaría pensar que puedas llegar a despreciarme.” (Sergio Ceballos, 1930)

Sin duda alguna, Sergio pasó horas expresándole su amor a Sofía, quién llegó a encarnar todas las esperanzas que tenía para un futuro. Un futuro que, para él, ya estaba decidido junto a ella. Y no descansaría hasta conseguirlo, así tuviera que luchar contra los obstáculos que planteaba su mismísima y obstinada Sofía. Sin embargo, aquél futuro no dejaba de ser incierto, en especial dadas las condiciones económicas de la época (justo acababa de comenzar La Gran Depresión), que hacían que los negocios del mercader antioqueño se vieran en peligro. Él le escribió a su amada, dejándole saber sus preocupaciones:

“¿Podremos tú y yo, eternos esclavos del deber, hallarnos al fin?” (Sergio Ceballos, 1929)

“¿Sí estaremos destinados tú y yo a merecer de la vida algo de las dulzuras que guarda?” (Sergio Ceballos, 1929)

“¿Querrás mañana decirme una sola palabrita de reconciliación? (…) ¿Querrás decirme mañana que puedo volver a ti, que me devuelves la vida?” (Sergio Ceballos, 1930)

“¿Te hastió este pobre amor mío, tan puro, tan grande?” (Sergio Ceballos, 1930)

Entonces resulta obvio que fueron las palabras la herramienta de la que se valió mi  bisabuelo para expresar su amor, no solo a Sofía, sino también a sus cinco hijas, a quiénes les escribió un telegrama especial cuando cumplieron quince años (lastimosamente, ninguna lo conserva). Incluso en las noches que pasaba lejos de su futura esposa, que se le hacían eternas a insoportables, le escribía desde la finca La Gitana en Puerto Berrio. Viajaba con su pluma, y tomaba un papel para decirle a su “negrita” cuánto la quería y añoraba volver a verla.

Ahora pienso en las pocas cartas que nos escribimos en la actualidad. Las cartas físicas son solo un recuerdo del pasado. Como mucho, he recibido dos cartas en mi vida. Y he escrito unas cuantas, pero podría contarlas con los dedos de mis manos. No tengo en cuenta esas cartas que la mayoría de nosotros ha tenido que leer o escribir para retiros espirituales, forzadas, sin un sentido específico, y casi siempre por un fastidioso compromiso. Ahora no tenemos la alegría que me imagino tendrían en otras épocas nuestros abuelos y generaciones anteriores, al recibir una carta. Sofía, por su parte, sólo le dirigió una a Sergio en la que, con una letra pulida por las monjas que la instruyeron, le dijo a su “niño” la falta que le hacía cuando no podían verse por sus viajes de negocios:

“Jamás me figuré pudiera sentir esta locura al estar ausente un solo día de ti.” (Sofía Londoño, 1930)

 Añoro pues aquellos sentimientos que debieron haber experimentado mi abuela y sus hijos al leer las cartas entre sus padres y abuelos, respectivamente. Nuestras familias guardan cientos de historias que, si tenemos el gran lujo de encontrar o guardar a través de anécdotas, cartas, telegramas o fotografías, sin duda representarán aquellos sentimientos de antaño.

Por último, esta correspondencia me encendió el deseo de escribir más. No me refiero a escribirle a mis amigos y a mi familia que los quiero, ni mandar más mensajes de Whatsapp o correos a allegados y desconocidos. No, hablo de tomar una pluma, preferiblemente, y plasmar sobre un pedazo de papel aquello que siento, aunque no esté dirigido a nadie en particular.

Por ahora lo he hecho. Siento que me libera y que a través de mis escritos plasmo mi esencia. No sé si lo que escribo será leído en un futuro, pero confieso que me emociona la idea de que tal vez alguien llegue a atesorar aquellos papeles con mi letra y mi esencia sobre ellos, como ahora hago yo con las cartas de mis bisabuelos, noventa años más tarde.