Contra el olvido

El mundo de hoy es sin duda diferente al mundo de ayer. Hay sucesos particulares que desnudan o marcan la historia. No es para nada descabellado pensar que la pandemia por la que el mundo pasa será uno de esos sucesos que quedarán en los libros de historia, incluso muchos académicos situarán el verdadero comienzo del siglo XXI en el 2020 debido a que las condiciones sociales, políticas y económico son ya diferentes a las del siglo XX y comienzos del XXI. Hablar del futuro y descuidar el presente es de los mayores pasatiempos que tenemos como seres humanos, por eso dedicarse a imaginar escenarios posibles en medio de esta situación es atrevido porque se está pasando por encima del momento presente, se está ignorando los miles de asuntos que están gravitando a nuestro alrededor. Es increíble que en tan solo tres meses de la historia, el ser humano haya pasado por situaciones tan diversas y tan complejas al mismo tiempo, como por ejemplo: experimentar de lleno el mundo de la virtualidad; despojarse por completo de su vida social; incluso algunos se han replanteado la forma agitada en la que viven; también hubo momento para presenciar los primeros viajes privados al espacio; se ha cultivado la soledad y hasta se le ha deslegitimado; también ha presenciado el lento ascenso pero definitivo de una nueva potencia mundial: China; algunos han sido consientes del daño que se ha generado en la naturaleza; la situación más actual es la comprobación de que el racismo, la xenofobia, la homofobia y el clasismo tristemente no abandonan al ser humano e incluso han tenido tiempo hasta de revisar la historia.

Sobre este último suceso hay que decir que se me hace un debate interesante porque nos distrae del futuro y nos obliga mirar al pasado y así entender un poco de lo que hoy somos, algo que los humanos no suelen hacer con mucha frecuencia. Esta oleada de revisionismo histórico surge luego del asesinato del afroamericano George Floyd a manos de un policía en la ciudad de Minneapolis, Minnesota. Las protestas han llegado tan lejos a tal punto de cuestionar el pasado y las actuaciones de algunas personalidades monumentalizadas en las ciudades como lo son Cristóbal Colón, San Junípero Serra, Edward Colston, Miguel de Cervantes y demás. Todas estas protestas obedecen a un cuestionamiento sobre el racismo que subyace en nuestra cultura, pero también hay allí un cuestionamiento sobre la memoria y sobre el papel del monumento en la historia de las ciudades.

La memoria histórica está ubicada en un campo político donde cada actor tiene intenciones de someterla a unos intereses particulares. Se hace una herramienta muy útil a los movimientos, gobiernos, organizaciones o políticos porque ven en ella una oportunidad o de reivindicación o de exaltación. El movimiento contra el racismo que le da la vuelta al mundo está haciendo de los monumentos no un acto de vandalismo como lo quiere hacer ver la derecha, sino que está planteando una reivindicación histórica de los derechos de las comunidades excluidas y pisoteadas, entre ellas los afroamericanos. Ese ejercicio a mi modo de ver es muy valioso por dos motivos: primero porque rompe con la tradición de un mundo que ha normalizado bastantes cosas, entre ellas el racismo y en segundo lugar porque dirige el análisis al pasado, donde está lo valioso y lo olvidado.

Alrededor de este tema también se debate la importancia de la historia y de cómo cada quien la percibe. Desaparecer monumentos es sin duda negar la historia. Y Partiendo de la buena fe del movimiento se podría suponer que detrás de ese derribe simbólico y físico, subyace el hecho de querer algo mejor, pero para lograr ese fin no se debe caer en la falsa creencia de que con el mero hecho de desaparecer un monumento se cree conciencia para la no repetición. Quizá al corto plazo puede ser un acto que genere una conciencia pasajera, pero a largo plazo es un ejercicio que contribuye a inmortalizar y a exaltar al personaje monumentalizado.

Si lo que se quiere es no repetir la historia habría que partir de resignificar el papel del monumento. Pasar de considerarlo una estructura jerárquica como lo explica la artista colombiana Doris Salcedo a entenderlo como un recuerdo nada más. Quizás el concepto de contramonumento utilizado por la misma artista sea una figura de oposición muy fuerte contra esos personajes racistas, mezquinos y violentos. Propiciar la creación de nuevos espacios de arte que hagan un contrapeso razonable y simbólico a esos monumentos sería la idea perfecta para hacerle frente en este caso al racismo histórico. Los monumentos por más incómodos que nos parezcan deben estar ahí para hacernos mirar al pasado y así generar una perspectiva crítica sobre aquel suceso o personaje, no para enaltecer a la figura por sí misma. Es mejor pasar enfrente de él y que genere en nosotros una reflexión profunda a que nunca lo veamos e invisibilicemos las atrocidades alrededor de esos personajes.

En el mundo hay una grave pretensión de eliminar lo que nos incomoda, quizás la democracia no lo supo explicar, pero para no reproducir esas actuaciones debemos escuchar y no silenciar. Esos monumentos que nos disgustan están ahí por algo y ese objetivo es la no repetición de actuaciones como la del esclavista y comerciante Edward Colston. Dice María Teresa Uribe parafraseando a Primo Leví que “tarde o temprano las sociedades se encuentran de frente con lo que pretendieron dejar en el olvido: deben afrontar sus vergüenzas y sus miserias, mirar cara a cara las víctimas y escuchar con humildad lo que tienen que decir”.

Juan Manuel Guzmán

Politólogo en formación y estudiante, siempre estudiante. Ambiguo, nostálgico y crítico por naturaleza. Me gusta leer y opinar donde nadie me ha llamado.

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