Opinión

Con miedo, el coronavirus mira a la derecha

Con miedo, el coronavirus trabaja para la derecha. De la Segunda Guerra Mundial salió Europa con la derecha derrotada, con los sindicatos muy fuertes, con partidos socialistas y comunistas legitimados por su enorme papel en la lucha contra el fascismo y el nazismo. Se salió con la certeza de que se había hecho un esfuerzo enorme y que tocaba abrir una etapa donde lo público cuidara de una población que lo había dado todo.

La derecha no se atrevió a poner en cuestión la redistribución de la renta. Por tres razones. Por un lado, porque una parte no pequeña de ellos habían sido colaboradores activos o pasivos del fascismo. En segundo lugar, porque con todo el dolor acumulado, un pueblo enfadado colgaría patas arriba como a Mussolini a todos los que quisieran seguir haciendo daño. En tercer lugar, porque la Unión Soviética era el faro que alumbraba a millones de personas y había que frenar su influencia.

“Resulta que la gente no salió a las calles a pedir la cabeza de los buitres de Wall Street, así que esos tiburones, que son astutos y muy vivos se dijeron: aún hay espacio para apretarles un poco más a estos pendejos”

En la Norteamerica de Roosevelt antes del New Deal, más de un millón de norteamericanos votaron socialismo y comunismo. ¿O alguien cree que los ricos reparten el dinero que nos roban por buena voluntad? La única manera de frenar las exigencias de justicia social de las mayorías era redistribuyendo la renta. Hubo un tiempo donde los capitalistas eran inteligentes y veían un poco más allá de la rendición de cuentas a los accionistas cada tres meses.

En la crisis de 2008, los grandes capitales se asustaron. Estaban convencidos, y así lo dijeron, que la gente iba a colgarles de las farolas por haber generado esa crisis. Empezaron a hablar de capitalismo con rostro humano. Porque la crisis de 2008 no tuvo lugar porque la gente viviera por encima de sus posibilidades, sino porque el sistema financiero creo un gran entramado regido por ladrones que llevó a la ruina el mundo.  Pero resulta que la gente no salió a las calles a pedir la cabeza de los buitres de Wall Street, así que esos tiburones, que son astutos y muy vivos aunque no sean muy inteligentes (serían mejores personas) se dijeron: aún hay espacio para apretarles un poco más a estos pendejos.

Por eso, la pregunta principal ahora mismo es: ¿quién está escribiendo el relato del miedo al coronavirus?

La crisis del coronavirus, una vez más, no es culpa de las trabajadoras y trabajadores. Viajó y nos llegó a nuestros países en avión y, además, en bussines class. No vino en patera: entró por el aeropuerto por la entrada VIP proveniente de Alemania y Gran Bretaña.

“Por eso, la pregunta principal ahora mismo es: ¿quién está escribiendo el relato del miedo al coronavirus?”

Tiene esta capacidad de contagio por un modelo de vida que está ligado a un modelo de consumo. El covid-19 contagia tanto porque vivimos hacinados en ciudades, porque hemos vaciados las zonas rurales, porque hemos entregado la ganadería y la agricultura a grandes empresas, porque estamos acabando con los animales que nos hacían de escudo ante los virus, porque estamos cortando árboles y echando cemento, porque estamos acelerando los ciclos de la vida y la tierra protesta. Lo que ha tardado millones de años en crearse, no puede explotarse en unos decenios sin esperar resultados soprendentes.

Porque hemos olvidado que para el capitalismo, la tierra es una mercancía, pero para la tierra, los seres humanos podemos ser innecesarios. Para rematar, y nunca mejor dicho, el coronavirus es tan letal  porque se ha desmantelado la sanidad pública. Cortesía de Milton Friedman, de los neoliberales, de los partidos de la derecha y, ahora, también de la extrema derecha.

Sin embargo, la condición disruptiva del virus está abriendo grietas en el edificio. La derecha sabe que está tocada en sus fundamentos. Es inimaginable que, en unas elecciones cercanas, ningún partido lleve en su programa electoral recortes en el gasto público sanitario. La gente sabe que sin sanidad pública estamos perdidos. En Estados Unidos, o tienes 35.000 dólares o no pagas la factura de tu curación del covid-19. Y también hemos aprendido, aun a costa de miles de muertos, que en las residencias privadas, el negocio prima sobre el cuidado.

“Si aflojamos, regresamos a una España feudal, y esto vale para cualquier país. Regresaremos a países feudales donde la espada de los señores y el látigo de los capataces va a ser sustituida por una pulsera electrónica”

¿Es el mercado amigo? Porque las funerarias privadas se están enriqueciendo con sobreprecios y sobrecostes. La derecha ha privatizado la vida y ha privatizado la muerte. Y si siguen así, no vamos a podernos permitir el lujo ni de vivir ni de morirnos.

La derecha va a intentar que rescatemos otra vez a las empresas, a las líneas aéreas privadas, a las autopistas, a los bancos, a las multinacionales, y que paguemos otra vez todos el costo de una crisis de la cual no somos culpables. Si los sinvergüenzas que han privatizado la vida nos vuelven a meter miedo para que no exijamos salidas sociales, el mundo va a ser un lugar más feo.

Después de la Segunda Guerra Mundial o a la muerte de Franco, los poderosos tuvieron miedo a un pueblo cansado y enfadado que miraba hacia la izquierda, y por eso tuvimos constituciones y derechos sociales. Si aflojamos, regresamos a una España feudal, y esto vale para cualquier país. Regresaremos a países feudales donde la espada de los señores y el látigo de los capataces va a ser sustituida por una pulsera electrónica.  Que nos va disciplinar mucho más que la espada, el potro, el hacha e incluso que la hoguera. Porque la tendremos interiorizada.

Esto fue escrito por

Juan Carlos Monedero

Es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid. Hizo sus estudios de posgrado en la Universidad de Heidelberg (Alemania). Actualmente es profesor titular de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Complutense de Madrid (con dos tramos de investigación -sexenios- reconocidos).