Cepeda no será presidente de Colombia

ALDUMAR FORERO ORJUELA

 

“Cepeda necesita a los capos sueltos. Los necesita recorriendo los territorios a punta de pistola y de fusil, reclutando votos entre el miedo y la coca, convirtiendo el terror en sufragio.”


Mientras Colombia entera contemplaba con vergüenza y con ira las imágenes de una cárcel convertida en lupanar de capos –champaña corriendo como agua, vallenatos atronando contra los muros, reclusos bailando su impunidad como si fueran dueños del país–, Iván Cepeda fue interpelado por el escándalo. Y el senador, con esa voz que él cree de estadista y que a nosotros nos suena a eco de caverna, respondió con una sola frase que lo desnuda por completo: «Yo no voy a hablar en contra de la paz».

No condenó la bacanal. No exigió que se castigara a los responsables. No dijo una palabra –ni una sola– sobre la suspensión fulminante de las órdenes de captura que, como por arte de magia negra, dejaron libres a varios jefes del hampa. Solo eso: «no voy a hablar en contra de la paz». Y con esa cobardía envuelta en seda, Cepeda firmó su propia sentencia. Porque Iván Cepeda no será presidente de Colombia. Ni mañana, ni pasado, ni nunca. Y no lo será porque el pueblo colombiano, ese que tanto desprecian los iluminados de su calaña, ya ha empezado a oler el tufo de la traición.

Quien conoce la trayectoria de este hombre sabe que no se trata de un desliz, de un error de cálculo o de una foto comprometedora. Se trata de una vocación. Sus escándalos con las FARC no son anécdotas de juventud, son abrazos grabados en video, viajes a La Habana donde se sentaba a la misma mesa con los mismos comandantes que ordenaron masacres, secuestros y el desangramiento de medio país. Allí estaba Cepeda, sonriente, estrechando manos que todavía guardaban el olor de la cordita y de la sangre inocente. No era ingenuidad. Era afinidad. Era la vieja cercanía familiar con el comunismo que él jamás ha repudiado con el pecho abierto, porque la lleva en las venas como herencia maldita, esa creencia de que el poder solo se conquista aliándose con los que tienen el fusil y que la «paz» es un negocio que se negocia con los verdugos.

Y hoy, en plena campaña electoral, el libreto se repite con precisión de reloj. Necesita a esos capos sueltos. Los necesita recorriendo los territorios a punta de pistola y de fusil, reclutando votos entre el miedo y la coca, convirtiendo el terror en sufragio. La «paz total» que pregona no es reconciliación de hermanos; es rendición del Estado ante los mismos que lo han humillado durante décadas. Por eso calla ante la fiesta de los bandidos. Por eso guarda silencio cuando se suspenden las capturas. Por eso su discurso siempre termina protegiendo a los violentos y estigmatizando a quien se atreve a señalarlos. Porque sin ellos, sin sus redes de intimidación y sin su poder de fuego, las urnas limpias le serían fatales.

Colombia ha vivido esto antes. Lo conocemos de memoria. Primero se desarma al Ejército y a la Policía. Después se protege a los amigos armados. Y al final se vende todo como «paz» mientras el pueblo paga la cuenta en sangre y en impuestos. Es el mismo engaño que ha fracasado una y otra vez, desde los tiempos en que el comunismo criollo se disfrazaba de redentor. Pero los colombianos, aunque a veces parezcamos dormidos, tenemos la memoria larga y el corazón terco. Sabemos distinguir entre el que busca la verdadera concordia y el que solo busca el poder a cualquier precio, aunque ese precio sea la libertad de los capos y la humillación de las víctimas.

Iván Cepeda puede seguir posando de pacificador, de defensor de derechos humanos, de víctima de los «enemigos de la paz». Puede seguir abrazando fantasmas del pasado y llamando «diálogo» a la entrega. Pero cada vez que calla ante una orgía carcelaria, cada vez que prioriza a los bandidos sobre la dignidad nacional, está dejando en evidencia su simpatía con los verdugos violentos de los colombianos.

No será presidente porque Colombia ya despertó. Porque la gente está harta de que le vendan paz con olor a cárcel de lujo y a impunidad. Porque, en el fondo de su alma montaraz, el pueblo quiere seguridad, quiere trabajo, quiere un país donde los votos se ganen con ideas y no con plomo. Y ese pueblo, cuando llegue el día de las urnas, va a cobrar con la misma ferocidad con que siempre ha defendido su libertad.

Lo que pasó no fue un incidente. Fue una revelación. Y los colombianos no la vamos a olvidar.

Cepeda no será presidente. Punto final. Y esa verdad, señor Cepeda, no la escriben los fusiles ni las fiestas de los capos. La escriben los votos. Los mismos votos que usted, en el fondo de su alma, tanto teme.

Aldumar Forero Orjuela

Joven oriundo de Bogotá D.C. Nacido en 1998, de familia conservadora, se ha adherido a las ideas del liberalismo que aboga por el respeto a la vida, la libertad y la propiedad como los valores más importantes de una sociedad.

Economista de la Universidad de La Salle. Con diplomados en cultura democrática y juventud constructora de paz.

Ha sido columnista en varios medios digitales de opinión y actualmente es columnista en Al Poniente.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.