Católico por convicción perseguido por excepción

Lo que antes era regla hoy sujeto de persecución. Ser cristiano pasó de la normalidad a lo atípico de la construcción social. La cristiandad se convirtió en una porfía entre la tradición y la convicción fugitiva del hostigamiento en pleno siglo de la libertad. Aunque somos mayoría nos quieren convertir en la excepción social por obligación. Que bajeza con la que las tiranías progresistas le declaran la guerra a Dios. Imágenes de obispos arrodillados a la suerte de un fusil en violación de la libertad secular habla asimismo por los gobiernos de la igualdad. Esta es una voz que se une a las otras tantas que atestiguan lo que hoy se vive en Nicaragua. Sea esta la oportunidad no para hablar del tirano Daniel Ortega, sino para defender nuestra convicción, arrodillarnos con ella en la frente y dejar que el mundo decida por si mismo lo que tenga que pasar a continuación. La normalización de la persecución aborda tres pilares individuales: el hombre libre, felicidad u obediencia y la oración.

El hombre libre. Este es uno de los principios más importantes de la cristiandad, expropiado por las narrativas de igualdad social y progreso colectivo. Fue Cristo en la cruz quien nos hizo libres, no la revolución cubana ni la lucha sandinista, que con sus balas silenció desde creyentes hasta homosexuales. Puede que el hombre no decida ser hijo de Dios, pero sí escoge en libre albedrío reconocerlo como Padre y de no hacerlo ese hombre no pierde valor propio ante los ojos de Él. ¿Pasará lo mismo para quien permanece de rodillas a los ojos del dictador? Sin embargo, un discurso que no reconoce al catolicismo como una comunidad libre justifica por decreto el asedio de su pueblo. De manera que, tal como en Nicaragua, el libre albedrío se convierte en el combustible de proyectos políticos carentes de sentido común y dislexia espiritual. Puesto así en libertad Dios es todo lo que hace sentido, lo que la explica. Si queremos ser libres nos persiguen.

Felicidad u Obediencia. Después de la paz la felicidad puede ser el concepto de construcción social más prostituido por los gobiernos del modernismo progresista. Mientras la herejía gobernante define la felicidad como un estado alcanzado por el placer neuro-cerebral, la cristiandad construye el mismo como el servicio a los demás. Anticipa a su vez que le felicidad se alcanza desde un estado de tranquilidad emocional proporcionado por la obediencia no la satisfacción. No es escoger entre obedecer a Dios o a un dictador, es obedecer al libre albedrío individual. Entonces han convertido la felicidad por paridad y una falsa igualdad en un propósito de vida y un proyecto político logrando así una obediencia borrega de su pueblo y una negación misma de derechos no humanos sino divinos que su inteligencia no comprende. Si queremos ser obedientes nos persiguen.

La oración. Es el catalizador de la ira de los dictadores y la única arma de los católicos al filo de la tiranía y persecución. Si hay algo más poderoso que la coerción de las armas es la voluntad de la oración. El silencio en la oración ejemplifica el momento de inmunización espiritual que viven los fieles arrodillados a las voluntades tiranas de quien se cree ajeno al juicio celestial.  La invocación de Dios sobre el que del mal se alimenta, reduce su capacidad de acción y resiste en convicción la herejía de las naciones. Es entonces cuando se presencia en el mundo libre, progresista, igualitario, secular; el cierre de iglesias, la prohibición de crucifijos, el veto a las procesiones entre tantas otras cosas que de una manera noble protegen y acuden a los más necesitados del pan de la vida. Dividir al pueblo e impedir su defensa divina, ese es el propósito de ególatras que solo aceptan adoración propia por parte de sus oriundos. Si queremos agradar nos persiguen.

Queda el mundo y los mundos que caben en uno mismo. El que más se hace notar es el mundo del silencio. La persecución es algo reprochable para cualquier ser libre. Aunque los libertinos del aborto, la eutanasia, el matrimonio igualitario entre otras instrumentalizaciones de la institucionalidad, parecen carecer de empatía cuando el hostigamiento es contra la iglesia de Cristo. Así pasa en Nicaragua, Chile, Colombia, y otros tantos lugares en los que las mayorías por convicción hoy son minorías por decreto. Aquellos críticos de la inquisición son hoy inquisidores, he ahí la coherencia de la nueva libertad, esclavos de sus ideologías tan carentes de sentido común. Como resultado se ha normalizado la persecución. Ahora no solo somos católicos por convicción sino perseguidos por excepción, somos los excluidos y bizarros de la en la sociedad de los colores, postrados a las armas de los tiranos y a merced de la voluntad de Dios.

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Sebastián Narváez Medina

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