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En marzo de 1807, apenas unas semanas después de la batalla de Eylau, se abrió en París un concurso de pintura. No se trataba de pintar simplemente la batalla, sino a Napoleón. Veintiséis artistas presentaron sus bocetos. Ganó Antoine-Jean Gros, con Napoléon sur le champ de Bataille d’Eylau (9 février 1807) recorriendo al día siguiente aquel campo por entre la carnicería, con el rostro aparentemente piadoso del vencedor.
La batalla había terminado. La guerra, sin embargo, continuaba en la pintura.
Napoleón había descubierto algo que los grandes guerreros habían sabido antes de que existieran los periódicos: una victoria no termina cuando cesan los disparos. Queda después la tarea de contarla, de recordarla, de darle lustre, gloria, historia. César había escrito sobre sus propias guerras. Los caballeros medievales habían entrado en las canciones, las crónicas y las leyendas. Roldán, el Cid, Ricardo Corazón de León y tantos otros terminaron viviendo en esa zona incierta donde el hombre de carne y hueso, señor de la guerra, empieza a confundirse con el personaje de leyenda de los libros de caballería, valiente, cristiano, bendecido.
Don Quijote aparecería mucho después. Había leído tantas historias de caballeros que terminó creyéndose uno de ellos y salió de su casa en un caballo flaco, con una armadura vieja y la cabeza llena de historias, a recorrer los caminos de España.
También los niños entendimos muy bien el asunto sin comprenderlo. Jugábamos a los pistoleros. Los caballos eran de palo, las pistolas de caucho y los disparos los hacíamos con la boca: ¡pum, pum! Un palo de escoba podía convertirse en caballo, la mano con dedo índice extendido en un Smith & Wesson, una rama en rifle y cualquier esquina en un pueblo del Oeste. Que un amigo se prestara para caer muerto completaba la batalla, y seguíamos cabalgando como pistoleros, hablando como pistoleros. Pum, pum.
No conocíamos el Oeste. Conocíamos su representación. Y aquella representación tenía una historia. Mucho antes de que llegaran las películas que nos enseñaron a distinguir al bueno, al malo y al feo, el Oeste ya había comenzado a convertirse en espectáculo. Había personajes reales que la prensa, los bolsilibros del oeste y la imaginación pública fueron transformando en leyenda. El pistolero terminó siendo una manera de vestirse, de caminar, de entrar a un pueblo y de mirar antes de sacar el revólver.
Buffalo Bill llevó aquello hasta el circo. William Frederick Cody había sido cazador de bisontes, explorador y hombre de pradera, pero terminó convirtiendo aquella vida en un espectáculo ambulante. En su Wild West de carpa aparecían vaqueros, indios, caballos, armas, animales y escenas de persecución. Había incluso bisontes vivos. El público podía contemplar el Oeste sin haber puesto un pie en el Oeste.
Buffalo Bill no imitaba al pistolero de las películas. Las películas todavía no habían hecho su trabajo. Fue uno de los hombres que ayudaron a fabricar el mundo que después el cine convertiría en western.
Después llegó el cine y puso música a los duelos, humo a las pistolas y polvo a los caminos. Los pistoleros entraron en nuestra memoria con sombreros tejanos, caballos veloces y revólveres que parecían formar parte del cuerpo. Y el Oeste siguió creciendo hasta que nosotros pudimos jugar con él en la sala de la casa convertida en “saloon”, mientras el Oeste real fue desapareciendo para convertirse en película.
El guerrero empezaba a quedarse en la memoria como personaje, y el personaje como espectáculo. Pero aquello venía de lejos. Napoleón lo sabía. César lo había hecho con la escritura. Los emperadores, los reyes y los grandes jefes habían comprendido, cada uno con los medios de su tiempo, que mandar también consistía en aparecer. La diferencia es que el siglo XX puso a disposición del guerrero algo que ningún emperador antiguo había tenido: fotografía, cine, radio, prensa de masas.
Mussolini hizo de Italia un teatro y de la política un libreto en el que él, histrión excelso, protagonizaba solo. Hitler apareció rodeado de multitudes, soldados y máquinas de guerra y de propaganda. Stalin hizo de su figura una presencia inseparable de la maquinaria del Estado soviético. La guerra había crecido hasta dimensiones industriales, pero el jefe seguía necesitando una cara, una mar
Las pistolas de Patton con cacha nacarada, su uniforme, su casco, su jeep y aquella manera de aparecer cerca de sus tropas parecen hechos para que alguien los fotografiara. A su alrededor estaban los corresponsales, que no solamente informaban sobre la guerra: ayudaban a fabricar la imagen pública del guerrero. Y allí estaban también las cámaras, registrando la escena.
Entonces llegamos a nuestro tiempo. El guerrero presidencial aparece con la pistola al cinto, el aparato de comunicaciones pegado a la oreja, pasando revista, recorriendo instalaciones militares, mirando los cuerpos de los muertos, entrando en el frente bajo la protección de una pequeña muralla de soldados. Y delante, al costado, detrás, encima, aparecen los fotógrafos y los periodistas.
Una fila de militares y una fila de cámaras. Los militares lo protegen de las balas. Las cámaras convierten su presencia en noticia. La escena tiene algo de western, algo de desfile militar, algo de estudio cinematográfico y, también, algo de Chaplin echando tiros, y de Cantinflas policía. El presidente parece estar en el frente, pero el frente verdadero queda detrás de la escenografía: militares alrededor, cámaras alrededor de los militares, periodistas esperando el gesto, la mirada, la fotografía que habrá de contar que el jefe estuvo allí.
Don Quijote había leído los libros de caballería. Los guerreros de nuestro tiempo han visto las películas. Los niños jugábamos a los pistoleros con caballos de palo y pistolas de caucho, haciendo los disparos con la boca porque no teníamos balas. Los adultos que gobiernan han perfeccionado el juego. Ahora tienen uniformes, ejércitos, cámaras y cadáveres. Y, como en toda buena película del Oeste, siempre hace falta alguien que mire.
Solo que esta vez el espectador somos nosotros.














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