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“El hombre se hizo siempre
De todo material
De villas señoriales
O barrio marginal
Toda época fue pieza
De un rompecabezas
Para subir la cuesta
Del gran reino animal
Con una mano negra
Y otra blanca mortal”—Silvio Rodríguez.
Toca el gran músico cubano, en la primera estrofa de ese himno llamado El Mayor, dos cuestiones fundamentales para entender el antropocentrismo. En primer lugar, el asunto de que el hombre se hizo siempre de todo material o de que, por defecto, se abroga el derecho de disponer de todo lo que existe para cumplir el propósito de reinar. En segundo lugar, que, para subir la cuesta del gran reino animal, hace uso, el homo sapiens de cualquier estrategia, incluso la más siniestra.
Y es que la historia no es más que una eterna guerra que deja tras de sí un inmenso océano de sangre que ha arrastrado no solo con civilizaciones enteras, sino que ha llevado a la extinción a miles de especies y diezmado muchas otras, sin hablar del proceso de domesticación, mutación y creación de razas para nuestro antojo o simple goce estético. En otras palabras, como en su momento afirmara A. Schopenhauer (2010) en su obra Los dos pilares de la Ética publicada en 1841, “el hombre ha hecho de la tierra un infierno para los animales” (Schopenhauer, 2010, p. 223).
En este orden ideas, De Lora, en el Capítulo I de Justicia para los animales narra cómo el ser humano asume históricamente dos modelos de antropocentrismo que perviven hasta hoy y cuyas prácticas rayan incluso en lo estrafalario o rocambolesco, como el juicio y excomunión a un grupo de langostas que asolaban una localidad española entre 1647 y 1650. Pero, más allá de lo jocoso, se encuentra un serio problema de concepción de la realidad acolitado por pensadores católicos que gozan de gran estima dentro de la escatología católica, incluso hoy en día, como son San Agustín y Santo Tomas.
La anatematización o satanización de algunas especies ha conllevado una verdadera cacería y, por ende, una diezma significativa de su población, como es el caso de la bula papal titulada Vox in Roma, promulgada por Gregorio IX en 1233, que relacionó a los gatos negros con prácticas heréticas, lo que conllevó a su persecución en varias ciudades de Europa. Muchas de estas prácticas tienen incluso origen bíblico, como es el caso de la serpiente o el cerdo, asociados con el demonio, y prácticas consideradas paganas por los escribas de la época.
Así pues, se pasó de la excomunión al juicio, e incluso del juicio a la extinción de especies que no nos resultan cómodas o que simplemente no nos importan, como es el caso del Tilacino (Thylacinus cynocephalus) en Australia, también conocido como lobo de Tasmania o el Dodo (Raphus cucullatus) en la Republica de Mauricio, región insular del continente africano. En consecuencia, la humanidad pasó del teocentrismo al antropoceno sin haber descubierto la totalidad de especies sobre el orbe y mucho menos bajo las aguas del océano.
Dos tipos de antropocentrismo en De Lora
De Lora distingue en su texto dos tipos de antropocentrismo, uno por exceso y otro por defecto, a continuación, se expondrán de manera sucinta las principales características de uno y otro por medio de un cuadro comparativo.
| Antropocentrismo por exceso | Antropocentrismo por defecto |
| “Ley de la selva”, proyecta características humanas (como la moralidad) tratándolos como si fueran sujetos morales responsables de sus actos.
Los procesos históricos en los que los animales eran juzgados y castigados penalmente por sus acciones como en el caso de las langostas de Párraces o los cerdos ejecutados por crímenes. O el caso de la elefanta Mary en Estados Unidos. Antropocentrismo por exceso (en palabras del autor): “Una de las formas más burdas de antropocentrismo moral que pervive entre nosotros. Se trata de la creencia en que nuestra superioridad y distinción en el reino animal nos otorgan licencia para la explotación de los animales, pero al tiempo, al hacerlo, actuamos honrándolos y reverenciando al orden natural” (De Lora, 2014, p. 8) |
Se basa en la idea de que los animales existen para el beneficio humano y que carecen de atributos como la racionalidad o la dignidad.
Este modelo justifica la explotación animal. Tiene dos raíces fundamentales, la primera, basada en la tradición judeocristiana defendida principalmente por Aquino y San Agustín. La segunda, en la corriente filosófica aristotélica, donde se afirma que los animales y plantas están subordinadas a los intereses humanos. Antropocentrismo por defecto (en palabras de Pablo del autor): “Es la lectura cristiano-agustiniana de la concepción estoica y aristotélica que toma a los animales como seres creados para nuestro provecho. En segundo término, la idea de que se trata de criaturas carentes del atributo que si es distintivo de la especie humana y que permite a esta dominar la naturaleza: la racionalidad” (De Lora, 2014, p. 4) |
Ética humeana y humana
En este apartado, de suma importancia, el autor hace referencia de una manera critica, a las lecturas realizadas por la sociobiología de la moral. Dichas lecturas presentan la Ética como un entramado de mandatos condicionales. Reglas del tipo: “si deseas X, entonces haz Y” que orientarían la conducta en función de inclinaciones previas. Bajo esa lógica bastaría con que ciertos animales mostraran disposiciones semejantes para concluir que también ellos actuarían moralmente. Nietzsche es citado como antecedente de esta postura: al concebir la moral como un repertorio de virtudes (prudencia, templanza, coraje) orientadas a la supervivencia, por ejemplo, huir de depredadores o tener éxito en la caza, terminaba por sostener que el fenómeno moral en su conjunto podría describirse en clave animal.
El autor sitúa el origen filosófico de esta idea en la teoría moral de Hume, y esta, a su vez, en su particular concepción de la mente humana. Según el esquema humeano, el conocimiento se restringe al ámbito de los hechos: lo que la razón capta (por demostración o por probabilidad) nunca mueve por si mismo a la acción, sino que únicamente sirve para establecer relaciones de causa y efecto. Actuar depende de otra facultad distinta del intelecto: la razón en el mejor de los casos presta un servicio instrumental a la voluntad, pero jamás la origina. De ahí la célebre fórmula humeana según la cual la razón está subordinada a las pasiones y no tiene otra función legítima que atenderlas.
La consecuencia práctica de este comportamiento es un hecho verificable por sí solo (por ejemplo, que en ciertas regiones del planeta la infancia padece hambre) no basta para generar un motivo de acción. Para que ese dato se convierta en razón para actuar (por ejemplo, financiar programas contra el hambre), es indispensable que se concatene con algún deseo, afecto o inclinación ya presente en quien conoce el hecho. Sin ese vínculo afectivo previo, el conocimiento del hecho queda moralmente inerte.
A modo de conclusión
Notable es, el inmenso ego que caracteriza la especie humana y su pretensión hegemónica sobre todo lo existente y, como desde algunas posturas científicas, se persigue borrar una propuesta altruista y sustentable que podría equilibrar el frenético curso del consumismo, en algunos casos mediante teorías conductistas como el darwinismo social o la sociobiología, posturas filosóficas más coherentes y afines a la pretensión de equidad especista (independientemente de si son ecocentristas o biocentristas) van quedando rezagadas por un cientificismo a veces, inclemente.
Cabe resaltar, también en el texto, como el rótulo o designación de cualidades o defectos humanos puede generar un estigma en toda una especie y legitimar de algún de violencia o aniquilación, como es el caso del tiburón. Y, aunque no se menciona en el texto, es preciso traer a colación, que en 1977 se lanzó al mercado una película dirigida por Michael Anderson, llamada Orca la ballena asesina que creó una falsa narrativa acerca de estos animales generalmente pacíficos y de poca interacción con el ser humano.
Así pues, se hace necesario deconstruir, no solo la narrativa que nos han impuesto sobre la clasificación animal, sino que debemos plantearnos el modus vivendi en la aldea global, tenemos que dejar de ser los caseros despiadados de un planeta en franca decadencia, cuya huella humana ha llegado a todos los rincones de la tierra y ha afectado todos los ecosistemas. Si bien el cambio debe ser estructural, las acciones individuales cuentan, y la pedagogía desde el aula, desde la familia puede generar repercusiones positivas que conduzcan a fortalecer la conciencia colectiva.
Referencias
Dawkins, R. (1993). El gen egoísta: Las bases biológicas de nuestra conducta (J. Robles Piquer, trad.). Salvat. (Obra original publicada en 1976)
De Lora, P. (2014). Capítulo 1. Dos modelos del antropocentrismo. En P. de Lora, Justicia para los animales: la ética más allá de la humanidad (pp. 1-27). Alianza Editorial.
Schopenhauer, A. (2010). Los dos problemas fundamentales de la ética (P. López de Santa María, trad.; 3.ª ed.). Siglo XXI de España. (Obra original publicada en 1841)













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