Opinión Selección del editor

Belalcázar: arte, historia y política

Esta semana en Popayán, para “reivindicar la memoria de sus ancestros” y “en señal de protesta por las amenazas que han recibido”, según Martha Peralta Epieyú, Presidente del Movimiento Indígena y Alternativo Social (MAIS), indígenas Misak derribaron la estatua de Sebastián de Belalcázar, el conquistador y expedicionario español que en el siglo XVI fundó ciudades y cobró como encomendero de la corona española en los actuales Colombia y Ecuador. Y así, nos sumamos, a la colombiana, al llamado de Black Lives Matter y otros movimientos que, para llamar la atención del mundo acerca del racismo y demás formas injustificables de discriminación, han denunciado hechos actuales y revisado el arte dedicado a personas o hechos históricos controversiales para, si es necesario, destruirlo.

Si la humanidad protege bienes representativos de la cultura porque materializan la identidad de un pueblo, ¿qué debe hacer con las obras artísticas que rinden homenaje a personajes o episodios que no son motivo de honra sino de vergüenza?, ¿qué hacer cuando el arte sirve de propaganda política?, ¿obliga la ética a que la exaltación posterior esté precedida de consenso histórico que certifique la corrección política de la obra? Ciertamente, hay casos extremos sobre los cuales es fácil ponerse de acuerdo. Es impensable, por ejemplo, que una autoridad pretenda ser respetable en 2020 si decide gastar dinero público para pagar un retrato de Adolf Hitler, y es sabido que los rusos no dudaron en derruir estatuas de líderes comunistas al caer la URSS. No obstante, como la historia a veces es más complicada, conviene cierta indulgencia al juzgar eventos contemplados con la lejanía de varios siglos y desarrollos de diferencia.

Los estándares morales de nuestra época no nos permiten dudar acerca de la justicia que encarna aborrecer los totalitarismos nazi y soviético y los gobiernos que desprecian la democracia y los derechos humanos. Tampoco nos dejan simpatizar con intolerantes que fueron peligros verdaderos porque ignoraron o no les importó la dignidad inherente que nos hace iguales. Sin embargo, es menos obvio si es justo o no desdeñar del imperialismo (especialmente el europeo). La colonización y descolonización de África, América y Asia fueron procesos violentos, muchas veces empresas de tierra arrasada y brutalidad extrema. Pero así como el imperialismo fue responsable de muchos dolores, también fue causante de lo que hoy somos.

Sin entrar en las diferentes trayectorias de los colonialismos europeos, es suficiente recordar algo que hace unos años en Holanda, a propósito de la conquista española de América y el posterior mestizaje del Nuevo Mundo, le escuché cuando dictaba la Conferencia Spinoza en la Universidad de Ámsterdam a Héctor Abad Faciolince, quien a su vez traía a la memoria las reflexiones de Octavio Paz: los latinoamericanos somos unos bastardos, somos hijos del puñal y de la herida. Por eso renegar del legado europeo, en nuestro caso de la herencia ibérica, es repudiar nuestra propia identidad, porque nuestra lengua materna es el español, porque somos hijos tanto de indígenas y negros como de blancos, porque la mayoría de las religiones profesadas en nuestro suelo fueron traídas desde el Viejo Mundo, porque nuestras instituciones políticas son occidentales.

Y en todas partes hay héroes que frecuentemente terminan convertidos en esculturas que no hay que quitar, empero bellaquerías que pudieron cometer. Quizá no sea aconsejable destruir las obras de arte en honor a Abraham Lincoln, el mejor presidente de los Estados Unidos para muchos, simplemente porque impidió el ejercicio del recurso de habeas corpus durante la Guerra de Secesión. Tal vez no sea buena idea desaparecer todas las plazas de Bolívar que se erigen en los pueblos y ciudades colombianas bajo el argumento de que El Libertador ordenó fusilar a tropas realistas durante la guerra de independencia y que luego, después del atentado septembrino, se hizo dictador. Tampoco parece necesario proscribir a Winston Churchill porque, según algunas fuentes, era un racista defensor del imperialismo británico. Por lo mismo, no hay que prohibir a Borges por sus contemplaciones con Pinochet, ni a García Márquez por su cercanía a Castro, ni a Dalí por sus coqueteos franquistas.

La relación del arte con el poder siempre será problemática. Es inquietante si el arte debe o no ser militante. De lo que no hay duda es que el arte debe ser libre e independiente, una expresión íntima del artista. Por tanto, el arte no tiene que ser políticamente correcto. Por lo mismo, no es buena idea tumbar por la fuerza y unilateralmente la estatua de Belalcázar desafiando a la policía, sobre todo cuando no tiene mucho sentido vincularlo a las amenazas y asesinatos recientes, sino debatir tranquilamente para tratar de convencer a las autoridades y la ciudadanía de que es posible y deseable cambiar la decoración pública.