Selección del editor

¡Ay Libertad!

El 11 de agosto de 1813 el dictador Juan del Corral proclamó la independencia del Estado Antioquia del Imperio Español. En el acta  firmada ese mismo día se puede leer: “se declara que Antioquia desconoce a su rey Fernando VII y a toda otra autoridad que no emane directamente del Pueblo”. Este fue el comienzo de un proceso que solo se consolidaría siete años después, con la victoria de las tropas patriotas dirigidas por José María Córdova en la batalla de Chorros Blancos.

Hacía ya algún tiempo que el visitador regio, Juan Antonio Mon y Velarde, en su incapacidad de clasificar dentro del sistema de castas los mestizajes que se habían dado en estas tierras, no tuvo más remedio que denominar a los habitantes de la Provincia  de Antioquia como “gentes libres de todos los colores”. Sin duda esta novedosa clasificación incrementó el anhelo de los súbditos de independizarse  de la península y pasar a regir sus destinos siendo ciudadanos libres. Este espíritu es el que recoge Epifanio Mejía en su bello poema “El canto antioqueño” de 1868.

Casi un siglo después, en 1962, la Asamblea departamental de Antioquia escoge el poema del yarumaleño como el himno oficial del departamento. No hay que olvidar que los símbolos en la cultura no son algo fortuito, ellos son los encargados de construirla, reformarla y enaltecerla. En sus 23 estrofas este himno pretende reflejar en sus versos el tesón y la diversidad del territorio que nos cupo en suerte habitar, marcado por los altos relieves de sus montañas, la estrechez de sus valles, la furia de sus ríos y el porte altivo de sus habitantes.

Hoy como ayer, su coro, quizá la parte más conocida por todos, sigue resonando con su “¡Oh libertad que perfumas las montañas de mi tierra deja que aspiren mis hijos tus olorosas esencias ¡Oh, libertad!” en las plazas públicas, colegios, instituciones y hasta estadios. No obstante, cabría preguntarnos hoy ¿somos los antioqueños libres como lo proclama nuestro himno? ¿Son libres aquellos que aún viven bajo el pesado yugo del fanatismo político y religioso? ¿Tienen libertad quienes no pueden decidir cómo vivir y mucho menos cuando morir?

802 homicidios se reportaron en el departamento durante los primeros cinco meses del año, y aunque representa una disminución de 22% frente al mismo periodo de tiempo en el 2019 no deja de ser preocupante. Según cifras de la personería de Medellín en lo que va corrido de este año 1.145 personas han sufrido desplazamiento intraurbano en este municipio, 467 de ellas durante el periodo de cuarentena obligatoria. Son recientes las imágenes de los exguerrilleros de las FARC que tuvieron que abandonar la ETCR de Ituango para salvaguardar sus vidas. A esto se le suma que en muchas zonas del departamento los niños y jóvenes no tienen acceso a una educación de calidad y  al crecer tampoco tienen mayores oportunidades de empleo, por lo que se ven obligados a ingresar a las filas de grupos armados ilegales o dedicarse al microtráfico.

Como si fuera poco, la violencia intrafamiliar se ha incrementado dramáticamente durante los meses de aislamiento preventivo. Según la Secretaría de la mujer hasta mayo  habían asesinado en Antioquia 62 mujeres y tan solo ocho de estos casos fueron catalogados penalmente como feminicidios. A las mujeres se les continúan vulnerando sistemáticamente sus derechos sexuales y reproductivos, hablar de educación sexual, anticoncepción o interrupción voluntaria del embarazo aún es visto con malos ojos, mientras que las cifras de embarazo en adolescentes ascendían a 17.000 en 2018  y las de embarazos no deseados y abortos clandestinos no se conocen con claridad. Esto sin hablar de la desigualdad educativa, laboral y salarial y de la sobrecarga de tareas domésticas y de cuidado de las que se ocupan mayoritariamente las mujeres.

En uno de los departamentos más conservadores del país, donde los argumentos religiosos prevalecen sobre los constitucionales, la población LGBTI tiene que enfrentar en muchas ocasiones el rechazo de su familia y la discriminación de la sociedad. Quienes sienten y viven su sexualidad y el amor desde la diversidad deben hacer frente todos los días al acoso, las burlas, las amenazas, las golpizas y hasta la muerte, a la fecha se han reportado cuatro transfeminicidios en Medellín.

Vuelvo a cuestionarme ¿Tenemos libertad? ¿O es solo un ilusorio baño de vanidad sobre nuestra cruda realidad? Todo esto me hace recordar a Tomás Carrasquilla cuando se preguntaba “¿Habrá humildad en Medellín? ¡Ojalá! Nos hemos metido a grandes y no alcanzamos a medianos; a ricos y la pobreza nos corroe; a sabios y en nuestra ignorancia acabaremos por sentirnos un pozo de sabiduría. Nos falta valor para ser lo que somos ¡Unos pobrecitos montañeros!”

Con  John Rawls podemos decir que una persona es libre y autónoma cuando puede organizar su vida como bien le parezca y puede  intentar llevar a cabo sus proyectos personales, esto le garantiza también su dignidad. La libertad ha sido una de las grandes conquistas en la historia y ha constituido la esencia de los derechos humanos, esta se  ha extendido progresiva y bondadosamente hacia el pensamiento, la decisión y la expresión de las ideas. Por todo esto en un Estado de Derecho la libertad se debe promover, proteger y garantizar.

A los 207 años de la independencia de Antioquia debemos hacer una profunda reflexión como sociedad de todas las problemáticas que aquejan a nuestro departamento. No es momento de aferrarnos a un pasado que hemos idealizado sobremanera, es el momento de pensar colectivamente qué decisiones debemos tomar para avanzar juntos y construir un presente en el cual todos tengamos cabida, donde la dignidad humana y  la dulzura de la libertad no estén reservadas exclusivamente a las futuras generaciones, sino que también nosotros podamos gozarla y aspirar sus olorosas esencias.