Opinión Selección del editor

Auschwitz: 76 años después de la liberación

Este 27 de enero se cumplen setenta y seis años de la liberación de Auschwitz-Birkenau, el campo de concentración que mejor encarnó el horror provocado por el régimen Nazi y cuya existencia despejó toda duda sobre la Solución Final, el nombre perverso con el que el genocida Adolf Eichmann, llevado a la horca el 1 de junio de 1962 por el Estado de Israel tras ser capturado en Argentina, denominó la política de exterminio del pueblo judío. La brutalidad de la dictadura hitleriana, con el saldo trágico de seis millones de judíos muertos, ha sido documentada desde entonces, pero es necesario recordarla porque el antisemitismo y otras formas de racismo y odio aún viven entre nosotros.

Ubicado en Oświęcim (Auschwitz en alemán), localidad del sur de Polonia no muy lejos de las actuales República Checa y Eslovaquia, el campo fue utilizado por la Schutzstaffel (Escuadrón de Protección -conocido popularmente como SS y liderado por el criminal de lesa humanidad y de guerra Heinrich Himmler) para secuestrar, subyugar con trabajos forzosos y otras formas de esclavitud, utilizar en experimentos médicos, abusar sexualmente y, finalmente, matar, a polacos, soviéticos, disidentes políticos (notablemente socialistas y comunistas), homosexuales, gitanos y, desde luego, judíos. Las fuentes más reputadas coinciden en que 1.1 millones de personas perdieron la vida en Auschwitz. Aunque la mayoría de las víctimas fueron asesinadas en cámaras de gas, otras murieron como consecuencia de las condiciones crueles e infrahumanas a las que fueron sometidas.

La barbarie a la que condujo ese seductor de masas y artista frustrado que fue Adolf Hitler -quien encontró en el pueblo hebreo un chivo expiatorio explotando dos mil años de antisemitismo y el nacionalismo alemán exacerbado por la paz punitiva impuesta sobre Alemania con el Tratado de Versalles de 1919 (un error de los ganadores de la Gran Guerra advertido por John M. Keynes, quien abandonó la delegación del Reino Unido por discrepancias con sus colegas negociadores, una experiencia que el mismo economista británico relató en “Las consecuencias económicas de la paz”)- no fue peor gracias a la intervención de los aliados contra las potencias de El Eje. Pero el despliegue del Ejército Rojo en los días finales de la Segunda Guerra Mundial al ingresar en Auschwitz el 27 de enero de 1945 es especial. La importancia de la acción de la Unión Soviética es mayúscula porque logró liberar a los sobrevivientes, sentó las bases empíricas de la educación sobre las miserias impuestas sobre ellos y la abominación en que consistió la Shoá u Holocausto Judío, y sirvió para que la humanidad comprendiera que los hechos que la conmueven en su conjunto no deben quedar sin castigo.

Efectivamente, la liberación de Auschwitz permitió conocer la magnitud del mal ocasionado por el Nacionalsocialismo y la importancia de su juzgamiento y sanción. Porque la matazón nazi no fue una más, sino una que se distinguió, primero, por el odio como motor de la acción. Segundo, porque los horrores fueron calculados fríamente. Tercero, porque la carnicería desatada fue un proceso industrial: la muerte violenta y en masa de seres humanos a través de procesos tecnológicos de la época. Como lo manifestó el Juez Robert Jackson el 21 de noviembre de 1945 en su discurso de apertura ante el Tribunal Militar de Núremberg, encargado del justo y rápido juicio y sanción de los principales criminales que, en representación de las potencias europeas de El Eje y actuando como autores materiales o líderes, instigadores, organizadores y cómplices, planearon, cometieron o se asociaron para cometer, crímenes contra la paz (agresión), crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad: “Los males que buscamos condenar y castigar han sido tan calculados, tan malignos, y tan devastadores, que la civilización no puede tolerar que sean ignorados porque no puede sobrevivir a que se repitan”.

Que sea este Día Internacional de Conmemoración en Memoria de las Víctimas del Holocausto una oportunidad para reclamar que hechos así no vuelvan a ocurrir, para pedir que las sociedades no pongan la otra mejilla sino que exijan justicia cuando son abofeteadas; y, también, una ocasión para saludar a nuestros amigos judíos y recordar a otros que no conocemos pero que admiramos. Yo recordaré a Shimon Peres, estadista ejemplar y hacedor de paz a quien tuve el placer de escuchar en la sinagoga portuguesa de Ámsterdam aconsejando a la juventud involucrarse y comprometerse con una causa; a Hans Kelsen, H.L.A. Hart y Ronald Dworkin, sin duda los más influyentes juristas del siglo XX en Occidente; a los profesores Menachem Rosensaft, Andrei Marmor, Rebekah Maggor y Sarah Kreps, a quienes tuve la fortuna de conocer en la Universidad Cornell; a la doctora Etel Pinsky Fraiman, psicóloga de la Liga de Natación de Antioquia que me curó una pena de amor en quince minutos; a las periodistas Olga Behar Leiser y su hija Carolina Ardila Behar, con quienes conversé largo sobre nuestro querido país en Holanda; a Shahar Berger y Carmel Shenkar, amigos y colegas de la Embajada de Israel en La Haya, con quienes mucho discutí sobre la justicia y la paz y la Corte Penal Internacional; al actor Chaim Topol, cuya interpretación de Tevye en “El violinista en el tejado” es insuperable y a quien trato de imitar cantando “If I were a rich man” en momentos de efusividad; al científico Moisés Wasserman, influyente intelectual colombiano y, como dijo el profesor Marcos Peckel (también judío), el sabio de la tribu; y, a todos los judíos que escaparon de la muerte y encontraron refugio en Colombia. La lista es mucho más larga porque el aporte del pueblo judío a la humanidad es inmenso en todos los campos del saber y en todos los oficios. Y que sea este también un momento para repetir lo que dice el Talmud: quien salva una vida, salva a toda la humanidad.