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Anulación ficticia de la realidad

¿Quién está en la calle entonces? considero en este análisis, que en dicho espacio encontramos a un Homo Faber, un hombre que es ajeno a todo lo que podemos llamar vida.”


El malestar social ha despertado ciertas reflexiones muy interesantes, se escucha por un lado los discursos difusos entre la apariencia y la realidad, donde todos tienen la verdad, nada es refutado y si se hace, la crítica es insípida sin contenido de base que en el tiempo se vuelve también desinformación. Por el otro lado, nos encontramos unos discursos tan complejos, pero qué asientan las bases sobre lo que sucede detrás del telón, sin embargo, la dialéctica de éstos se condiciona a un ejercicio de contemplación y de la autocrítica donde los lectores comúnmente huyen de ellos, en razón de la diarrea mental que inmediatamente desecha las letras (pereza a pensar). Espero no caer en las primeras líneas, hablar solo por hablar. 

Ahora bien, siempre he mantenido una posición sobre lo que pasa en estos momentos en Colombia, preciso que la raíz del malestar social, las protestas y demás fenómenos subyacentes en este caos social es netamente antropológica – filosófica, se vuelve necesario hacer una reminiscencia de las diferentes posturas en las cuales el hombre es el centro de interés, es decir, un discurso comprensivo de como el hombre se vuelve vinculante a lo social, casi por razón natural. Partimos pues, de una crítica que se le puede hacer directa al cogito cartesiano, ya que no se puede concebir al hombre como un sujeto privativo en su carácter de la individualidad, sino como un sujeto, que en sí mismo, a partir de la historia hace aparecer la condición de lo humano mediante un malestar llamado protesta.  Cabe decir, que la clave de la antropología colombiana encuentra su interés en el concepto de la desigualdad en la que se inmiscuyen los seres humanos, pero que paradójicamente esta lleva a la comprensión de la igualdad en cuanto a la categoría de seres sociales.

No es ajeno entonces, ver en las calles la característica salvaje del hombre, esto es, el manifestante y las fuerzas armadas en estado de naturaleza pura, y lo hacen con la intención de estructurar su hilo narrativo de la protesta social, por ende es vital  que los políticos y la misma ciudadanía, encuentren una concepción de éstos que hoy se enfrentan, mediante una agenda biológica, recurriendo a un análisis de la dimensión cultural y ante todo siendo conscientes que allí existen unos actores puestos en lo social.

Estos tres factores son vitales para una comprensión más holística de la condición humana, se deben unir en la dialéctica de la desigualdad de los hombres que participan en la manifestación ciudadana para poder abordarlos a posteriori en el marco referencial de la igualdad de los mismos. Ahora bien, tratar de escudriñar al hombre de la protesta en su esencia pura, también nos puede introducir en un complejo problema filosófico que consiste en la misma imposibilidad de conocerlos en cuanto tal. Pero para no quedar con el sin sabor de la imposibilidad, debemos obligar el momento a una reflexión antropológico filosófica donde el objeto de estudio sea únicamente la condición humana desde lo más primitivo de sus conductas, pero a la vez donde podamos hacer un análisis natural, cultural, afectivo – racional, con el fin de poder comprender el sentimiento de quienes están en las calles en vida y espíritu.

¿Quién está en la calle entonces? considero en este análisis, que en dicho espacio encontramos a un Homo Faber, un hombre que es ajeno a todo lo que podemos llamar vida, ¿por qué ha aparecido tan solo hoy y no antes, ni en otros gobiernos?, o en caso de haber estado ¿de dónde vino?, ¿tiene un origen histórico?, y ¿se deriva este sujeto de la protesta o del oportunismo político.? Una cosa sí puedo intuir, este Homo Faber puede ser la ideación de formas esenciales de la estructura de la protesta, es decir el ciudadano del aquí-ahora-así. Por ello, en la protesta se debe buscar, a la luz de este panorama, la salvaguarda de valores como la soledad, la comprensión de la enfermedad, la importancia de una vejez digna, el ímpetu de la juventud, la necesidad del miedo, el surgimiento intempestivo de la cólera; todos estos considerados en el momento como valores vitales, ya que la civilización moderna se apoyará mucho más en el odio al mundo como hoy se está presentando, que en la resignificación de la moral.

Viene entonces un precedente sin iguales, difícil de digerir para nuestros políticos, un Dasein donde el hombre será simplemente como ente natural (mera cosa) y por lo tanto la necesidad de volver a lo humano será lo primordial, en esta razón la particularidad sensible de la protesta requiere de la co-percepción de un acá político (reflexión del antes) y el allá político (análisis del ahora) unidos a la comparación de las singularidades del después (el ahí político). En síntesis, una política del acá-allá-ahí en la condición de las posibilidades. Si no, la realidad del conflicto no será lo humano, pues lo mundano de lo político dominará la dicha de la reflexión condicionando nuevamente el modo de ser del hombre, lo humano perderá su facultad de ser, de aperturar-se y las marchas, con los necesarios diálogos, circularán en un eterno retorno del “se es capaz de ser,” y no de un lograr-ser. Significa que el permitir-se, conseguir-se ser, cerrará de manera constante un mundo alguno del ahí, y desde el presente de la política ya no seremos capaz de regresar al ente que creó el problema (la visión errada del hombre,) por lo tanto no veríamos la acción política como una premisa del “por primera vez”, quedando nuestra reflexión en un interrogante de si el problema era un antes visto, es decir, una mismidad de la praxis política.