Cultura Selección del editor

Algunas inconsistencias recurrentes

«Estamos convencidos de que 

las teorías no importan».

K. Chesterton, Herejes.

 

Preludio[1].

No me defino aún en si esto es un elogio, una crítica o ambas. Lo que sí intuyo cierto es que los adjetivos calificativos que estoy por mencionar deben coexistir siempre los tres: escepticismo, ateísmo, amoralismo[2]. No veo cómo sería posible que un hombre se incluyese en uno y, sin embargo, se excluyese en los otros. La imposibilidad, de hecho, sucede en el orden del pensamiento y no en el de la realidad. Esto demuestra que siendo el más riguroso de los pensadores, puede serse el más ilógico de los hombres.

I

Tomaré un ejemplo para la demostración del hecho anterior de que: ser uno, implica a su vez, ser los tres. Esta sería la composición en la era secular de la trinidad. Basta con aplicar como consecuencias de lo que se estableció como principio. Así: ser escéptico, tomado en un sentido prosaico y por supuesto laxo, implicará negar la posibilidad de un conocimiento válido. Si esto es así, implicará para el caso, por ejemplo, que conocer a Dios o un universal en el orden moral, es imposible. Imposible en tanto conocimiento absoluto. Imposible, se pensará también, en tanto objeto inexistente. Pues se conoce lo que existe. Lo que un hombre es capaz de introducir en el término existencia, constituirán los límites de su mundo y de su pensamiento. Por lo anterior, si se conoce sólo lo que existe, sólo se puede negar el conocimiento válido de lo existente. Pensar o negar lo que carece por completo de existencia pertenece a la literatura fantástica de la cual, entiendo, el escepticismo no hace parte. De manera que negar la posibilidad del conocer, equivale a negar tanto al pensamiento válido como al existente pensado como realidad. Así pues, si el escepticismo es correcto, ni Dios ni lo moral será cognoscible, no tanto por la cualidad de su objeto, más sí por una deficiencia del pensamiento. Si esto es cierto, el escepticismo es para limitados y el ateísmo y lo amoral, será una consecuencia de una deficiencia del pensar.

En este punto, no sé si el escepticismo sea en realidad una afirmación pobre y fenomenológica realista de las cosas, pero por vía negativa. Esto sería algo así como: las cosas existen, pero no las puedo conocer. Aunque puedo negar la validez del pensamiento, no puedo negar con certeza la existencia puesto que no la conozco. Estoy, ciertamente, más inclinado a pensar que ser escéptico es una consecuencia de cierta pereza mental.

Es por esta elemental razón por la que no entiendo al escéptico. Si su sistema es precisamente producto del pensar, y nada es cognoscible válidamente en el pensamiento, ¿cómo ocurrió aquel destello de lucidez en donde por primera vez el hombre reconoció como verdad el hecho de que nada es cognoscible válidamente? O ciertamente están equivocados o ciertamente son una especie más evolucionada del mono. En resumidas cuentas: es común escuchar a este –siendo el más optimistas de los escépticos– de que todo es relativo, aunque estos nunca relativicen su posición. Me imagino al escéptico como una especie de filósofo autista dialogando sólo consigo mismo, y contradiciéndose consigo mismo.

En conclusión, Hegel estableció que: “La verdadera figura en que existe la verdad no puede ser sino el sistema científico de ella[3], y esto no puede ser más acertado. Pues ningún sistema que postule la imposibilidad de conocer, puede ser consistente consigo mismo.

Aún, si un sistema excluye un objeto por inexistente, no entiende uno como puede hablarse con tanta seriedad de él. Pues ni siquiera el positivismo de Comte sobrevivió a esto. De modo que: o estamos en presencia de un craso error, o estamos ante una literatura fantástica, y que, por mucho, es aburrida y nada fantástica.

Es por esta razón que basta con someter a crítica la petitio principii en que se sustenta el escepticismo, para entender que la fuerza de este deviene como duda y no como afirmación.

II

Lo que no entiendo del ateísmo, es precisamente su devoción hacia Dios. Creo sinceramente que no hay ningún hombre en la tierra que hable tanto de Dios a un creyente como un ateo y, debo confesar, que no hay un solo momento de mi vida cristiana[4] que no los envidie por esto. Pues es en ese sentido en que el ateo puede decirse como el más apostólico de los creyentes.

Y si bien hay una superioridad apostólica del ateo sobre el creyente, este último tiene una superioridad fundamental con respecto aquel. Y es que el creyente vive acorde cree. El cristiano cree y vive acorde a su creencia. El ateo no cree, y se la pasa hablando de lo que no cree. Aunque siendo sincero, lo que no soporto del ateísmo es el hecho de que es más cristiano que yo. Pues el ateo es el Pedro que niega y el Tomás que duda; el cristiano, por desgracia no es ninguno.

Pues no menos cierto es que donde se ataca la creencia, hay creencia; en donde se ataca el dogma, hay dogma; en donde se ataca lo irracional por su no entendida racionalidad, hay cientificismo por deficiencia de razón. En resumidas cuentas: donde no hay religión, hay religión. Pero el ateo, nunca entiende que el ateísmo es una religión. Aunque para ello le nombre agnosticismo. Estoy más inclinado a pensar que el ateísmo sería como aquel círculo anarquista de El hombre que fue Jueves que relata G. K. Chesterton, en donde todos pertenecían a una sociedad anarquista, pero ninguno de ellos, era anarquista. Y el verdadero de estos, estaba fuera de ellos.

III

Basta ahora, encargarnos de lo último y no menos importante: la amoralidad. Aunque sigo meditando acerca de si sea esa su mejor denominación. Esta pregunta me devana los sesos en el siguiente sentido: ¿o el amoralismo es posible y en esa medida la vida debería ser realmente una locura o el amoralismo es inmoralismo y en esa medida es una justificación? De ahí que piense que, si el nombre de pila del amoralismo no es inmoralidad, al menos, es el segundo nombre que disgusta, y siempre se oculta.

Puedo leer, por ejemplo, en Wilde, que: “no existe libros morales o inmorales”. Pero nota uno también en Wilde que sus personajes se la pasan en un eterno discurrir sobre cuestiones morales y en la utilización de categorías como como bueno, malo, consciencia, valentía, cobardía, etc. Todas estas, pertenecientes al ámbito de la ética. Quizá lo que pretendió decir es que existen algunos libros que no son directamente morales; aunque todos los libros sean, en efecto, indirectamente morales.

Lo que más atractivo me parece de postular que o la moral es relativa o que bien, en efecto esta en absoluto existe, es que con claridad me recuerda su imposibilidad no sólo en el ámbito de una necesidad racional, sino también en el sentido de una humanidad.

Imaginemos por un momento, una sociedad repleta de ellos. Esto es, una sociedad sin moral y por necesidad, una sociedad sin derecho. Pues en todo caso establecer una prohibición o una permisión, es valorar. Y valorar, en todo caso, se refiere al ámbito de la moralidad. Imagino, por ejemplo, que sería una sociedad repleta de nietzscheanos apelando a su voluntad de poder y cantando la muerte de dios. Pienso que estos superhombres podrán por derecho, por ejemplo, por aplicación de los principios indicados, tomar el sagrado dinero del otro.

Es tranquilizante intuir como en esta sociedad aquel bendecido –pues no agraviado– no podrá sentirse profundamente indignado, o por lo menos, pasivamente iracundo, debido a que las categorías de lo bueno y de lo malo no puedan ser usadas sin caer en una contradicción.

Concluye uno entonces que la amoralidad será lo más cercano al Paraíso. El auténtico amoral, será el verdadero moralista y para colmo de males; cristiano, en tanto que se cumplirá lo que dice el evangelista: “A todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo, no se lo reclames[5]. Pienso que este bello pasaje bíblico sería, por ejemplo, el primer verso de su mito fundacional.

Corolario de lo anterior entiendo que o lo amoral es realmente moral o lo amoral es auténticamente cristiano; que, en todo caso, vienen a ser lo mismo[6]. Así, por necesidad lógica, lo contrario a lo moral no es lo amoral sino lo inmoral. En este último caso, lo que se reclama, por ejemplo, es que, si alguien quita tu dinero, tú le quitas la vida. Acá auténticamente habrá inmoralidad –pero en todo caso no una amoralidad– pues las consecuencias se derivan necesariamente de sus premisas. Entendemos pues que la carencia de moral sino es un imposible, es improbable y que la utilización de categorías como moralidad o inmoralidad, requiere de una región previa de objetos universales que necesiten ser buscados filosóficamente.

Conclusiones de lo anterior será pues que: o i) lo amoral es imposible o ii) lo amoral es moral o que iii) lo inmoral presupone la moralidad, en cuyo caso, se necesitará de la filosofía para hallar, de una vez por todas, los principios racionales en que se sustenta el actuar práctico del hombre.

Epílogo.

Lo que auténticamente me aterra es no poder encontrar suficientes escépticos en el mundo para dar trabajo al auténtico filósofo, ni tampoco de una inmoralidad suficiente racional para impedir la búsqueda de una moral universal; ni mucho menos, un ateísmo lo necesariamente sólido para destruir dos milenios de tradición.

Por último, me alegra imaginar algún día una sociedad conformada sólo por escépticos, amoralistas y ateos. Porque sin duda alguna, terminarán por hacerse con el pasar de los días: absolutistas, moralistas y creyentes. Y que una vez conversos, no pongan de nuevo; como principios, sus mismos errores.

 

 

[1] Mucho tardé en elegir el rostro de este escrito. El grabado que se instala es de Francisco Muntaner y Monet titulada Don Quijote acuchilla a los títeres del retablo de Maese Pedro (1977). Creo que al final de la lectura, el título del grabado bastará para entender el motivo de su elección.

[2] Quedo con mucho disgusto por no encontrar una palabra que más me satisfaga, principalmente, porque ésta no es utilizada corrientemente. Sin embargo, el prefijo ‘a’ indica la privación, negación o carencia de. Y no su contrario, para lo cual se utiliza el prefijo ‘anti’. De ahí que lo que pretendo denotar es una ausencia de moralidad, esto es, la afirmación de la no existencia de algo como la moralidad. Así mismo, en la inmoralidad a la que más adelante se aludirá, el prefijo ‘in’ expresa ese valor contrario a la palabra que acompaña.

[3] Nótese que Hegel usa un pronombre determinado singular: el sistema. No los infitinos sistemas posibles, transitorios y pragmáticos de Feyerabend. Si en la filosofía existiera un parque de diversiones, no me queda la menor duda de que la filosofía de Feyerabend sería ese lugar: uno entra, se sorprende, se divierte, quizá alguna vez vuelva, pero nunca permanece ahí.

[4] Cuando hablo de creyentes me refiero estrictamente a la creencia cristiana, no sólo porque es mi credo particular, sino por el hecho de que la más abundante literatura que conozco sobre la negación de la existencia de Dios, se centra sobre el Dios cristiano. Lo que, de antemano, ya supone una deficiencia, que no me cuesta reconocer. Por supuesto, también se deja acá de lado el tema estrictamente filosófico sobre la necesidad de la causa sui.

[5] Evangelio según san Lucas 6: 30.

[6] Evidentemente, no pretendo ni tampoco es posible reducir cristianismo a una mera doctrina moral. Por el contrario, cualquier auténtica moral es reducible a los principios del cristianismo.

Esto fue escrito por

Simón Ibarra Zuluaga

Abogado. Gustoso por la filosofía –con la carrera suspendia – y la literatura. Feliz católico. Afiliado a la fenomenología husserliana y devoto de la literatura chestertoriana. Me gusta el cine, especialmente el de Nolan. Practico fútbol desde que tengo uso de memoria. Hincha fiel del Real Madrid, River Plate y la Vecchia Signora. Me gusta, para ser breve, la vida.

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