Opinión

Alejandro Galvis Ramírez: Adiós al amigo

Nos duelen los muertos anónimos de la pandemia, pero la muerte es dolorosísima cuando se viste de nombre conocido; el de un familiar, un compañero…, un amigo.

Se llevó a Alejandro Galvis Ramírez, gran ser humano, ganadero y periodista con mayúscula; inmenso santandereano y un colombiano de los que no se deberían ir porque hay muy pocos. Un gigante, no solo por su estatura, sino por su talla moral, su espíritu  visionario y su capacidad para convertir sus visiones en realidades.

En plan ganadero recorrimos mucho mundo, observando, aprendiendo, porque Alejandro era una esponja que recogía conocimientos, experiencias y nuevas tecnologías para llevarlas a su hacienda El Madrigal, en la Mesa de los Santos, un erial convertido en edén, un ejemplo de sostenibilidad, levantado con rigor técnico y pasión ganadera.

En las Giras Técnicas de Fedegán, en amenas charlas compartimos el horizonte de las grandes posibilidades de la ganadería para Colombia. Lo entusiasmaban las fortalezas de la lechería nacional; lo angustiaba que los gobiernos no parecían verlas, y lo indignaba la miopía dominante de la industria contra el ganadero. Esa fue su lucha reciente, como representante de los productores de leche en la Junta Directiva del Fondo Nacional del Ganado.

Si la ganadería le debe mucho a Alejandro Galvis, el periodismo no le debe menos.  Digno hijo del patriarca Alejandro Galvis Galvis, hombre público y fundador de Vanguardia Liberal, su gran legado, cuando hacer periodismo regional  era quijotesco, al punto de que -me contaba Alejandro- le tocaba cubrir gastos con su dieta parlamentaria.

Alejandro recibió ese emprendimiento periodístico, hasta convertirlo en paradigma del periodismo regional, en orgullo santandereano y en un consolidado grupo empresarial de medios.

Estas últimas letras las reservo para el amigo. “Ajá, viejo Pepé”, era siempre su saludo. Él, santandereano hasta el tuétano, me regalaba ese saludo costeño con la generosidad que era muy suya. Él, ganadero de excelencia y empresario de medios, sabía de profesionalismo y verticalidad, pero no de arrogancia. Alejandro inspiraba respeto porque era respetuoso; su sencillez era casi inesperada y, por eso, se le daban fácil el consejo oportuno, la conciliación y la actitud asertiva.

Alejandro gustaba del vallenato, algo en lo que éramos  “primos”. En su cumpleaños no faltaban el médico Meneses, compositor del Binomio de Oro, Adolfo Pacheco y otras figuras. ¡Ah parrandas aquellas!, de música compartida, de aguardiente Superior y alegría sin excesos, de hospitalidad sin artificio…, de sentirse como en casa.

La ganadería y Fedegán perdieron un bastión regional; el periodismo a uno de los “grandes”; Santander a uno de sus mejores santandereanos…, Yo perdí un amigo y el país a un gigante. Consuelo a su familia y paz en su tumba.