El cambio de color del chavismo

Si hay algo más característico del chavismo que su naturaleza fracasada, es el color rojo. Chávez supo apropiarse de este color en la conciencia colectiva, pues, a día de hoy, muchos venezolanos lo asociamos inconscientemente con su movimiento político y con un sentimiento de rechazo. Incluso después de la muerte de Hugo Chávez, el movimiento heredado por Nicolás Maduro continuó representándose con el rojo, junto con un fuerte culto a la personalidad de quien sus seguidores llaman «El Comandante».

Luego del 3 de enero de 2026, con la operación Absolute Resolve, que conllevó la captura del dictador Nicolás Maduro y de su esposa Cilia Flores y la posterior juramentación de Delcy Rodríguez en calidad de presidenta interina, el panorama político chavista dio un giro de 180 grados: las estructuras que subsistieron a partir de la intervención estadounidense se vieron obligadas a atemperar su discurso, modificar su accionar y replantear algunos de sus elementos más emblemáticos en un afán por recomponer su fisionomía pública para prolongar su permanencia en el poder.

Entre sospechas de una conspiración en conjunto con otros actores del chavismo, Delcy Rodríguez, su hermano Jorge Rodríguez y Diosdado Cabello han ordenado retirar cuadros de Hugo Chávez y Nicolás Maduro de diversos edificios institucionales y optado por un discurso más moderado. Pero quizá lo más llamativo de todo sea que han ido abandonando poco a poco el color rojo para adoptar tonos azules más sobrios e imitar elementos simbólicos ajenos. Un ejemplo de ello ocurrió el 23 de abril de 2026, cuando Diosdado Cabello apareció públicamente vestido de azul y recibiendo rosarios, al más puro estilo de María Corina Machado. Tras años de confrontación con la líder de la oposición, en la actualidad no solo exhibe aprobación, sino que incorpora elementos vinculados con ella: colores, vestimenta sobria, simbología religiosa y un discurso en el que se advierte el repliegue de su retórica “revolucionaria”. Los mismos que durante años presentaron a Machado como una amenaza para el país o una vendepatria al servicio de potencias extranjeras, ahora dan señales de reconocer, indirectamente, la eficaz imagen política que alguna vez buscaron destruir.

El chavismo ha comprendido que sus propios símbolos terminaron volviéndose un problema. El rojo, las imágenes de Chávez, los uniformes militares y el culto al “Comandante” dejaron de expresar únicamente su identidad política para erigirse, ante amplios sectores de la sociedad venezolana, en símbolos ligados al deterioro institucional, el exilio, la persecución, el hambre y la pobreza. Cambiar o retirar retratos no altera de ninguna manera esta historia, mas sí constituye una maniobra por separar a la administración vigente de los elementos que lo identificaron por décadas.

La evidente paradoja recae en lo siguiente: hoy, un movimiento político que a lo largo de los años construyó una identidad alrededor de la figura de Hugo Chávez enfrenta la necesidad urgente de distanciarse de él para lograr perpetuarse. El culto a la personalidad que ayudó a consolidar su hegemonía en el poder acabó por convertirse en una carga, pues la efigie venerada pasó a encarnar un modelo fracasado.

La historia latinoamericana ofrece numerosos ejemplos de movimientos que intentaron sobrevivir cambiando de nombre, de símbolos o de discurso sin trastocar las estructuras que los llevaron a hacerse con el poder. El caso venezolano deviene en una muestra más de que los proyectos personalistas pueden tratar de despojarse de sus propios líderes; sin embargo, difícilmente consiguen escapar de las consecuencias derivadas de sus decisiones.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Alejandro Reina

Estudiante de Derecho en la Universidad de Buenos Aires, con formación en inglés, francés y mandarín. Escribe sobre política, filosofía, literatura y relaciones internacionales, con especial interés en la libertad, las instituciones y el pensamiento latinoamericano. Es Staff Writer de El Insubordinado.

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