![]()
Cualquiera puede sentirse bueno durante una tragedia; lo verdaderamente difícil es seguir siendo humano cuando ya no queda nadie mirando (Jaramillo, 2026).
Entrevistado #4 (comunicación personal, 12 de agosto de 2026): “Llegué a uno de los lugares afectados por el terremoto cuando todavía quedaban personas removiendo escombros, cargando cajas y preguntando qué hacía falta. El momento tenía esa mezcla extraña que tiende aparecer después de una tragedia; es decir, por un lado estaba el silencio de quienes todavía intentaban comprender lo ocurrido y, por otro, el constante movimiento de quienes habían decidido que quedarse mirando no era una opción. Un hombre descargaba agua de una camioneta; una mujer organizaba alimentos sobre una mesa improvisada; y dos muchachos, cubiertos de polvo, llevaban herramientas hacia una zona donde continuaban las labores de búsqueda. Era como si aquella tragedia estuviera despertando una pasión desenfrenada por ayudar, pues nadie parecía estar preguntando quién era el alcalde, quién había votado por quién o qué religión profesaban las personas a las que estaban ayudando. En ese momento, aparentemente, bastaba con que alguien necesitara ayuda.
Mientras observaba aquella escena, pensé que quizá la tragedia posee una capacidad que difícilmente encontramos en circunstancias normales, puesto que consigue recordarnos, aunque sea por unas horas, que debajo de nuestras diferencias seguimos siendo exactamente lo mismo cuando la desgracia decide visitarnos. El hombre que necesita agua no deja de necesitarla porque sea de derecha; la mujer atrapada bajo los escombros no deja de merecer ser rescatada porque sea de izquierda y el niño que perdió su casa tampoco pregunta si quien viene a sacarlo pertenece al partido que gobierna o no. Nuestra solidaridad también tiene sus devaneos: que si sí, que si no; por momentos parece recordar que todos merecemos ayuda y, en otros, vuelve a dejarse seducir por las etiquetas con las que acostumbramos dividirnos. Frente a la necesidad inmediata, muchas de esas diferencias parecen perder, momentáneamente, su utilidad.
Uno de los jóvenes que estaba allí me dijo que había llegado con unos amigos apenas supieron lo ocurrido y que no conocía a ninguno de los afectados; también agregó que no esperaba recibir nada a cambio. Llegaron y consiguieron algunas herramientas, agua y alimentos, y simplemente se presentaron. Mientras hablaba, otra persona le pidió que ayudara a mover una caja y abandonó la conversación sin siquiera terminar la frase. Al observar aquella escena de cerca, pude opinar con conocimiento de causa sobre la solidaridad de quienes estaban allí, puesto que esa situación me produjo una sensación particularmente grata, y es que todavía somos capaces de organizarnos sin que alguien tenga que convencernos mediante una campaña publicitaria, una promesa electoral o una recompensa; a veces basta con saber que otro ser humano está en dificultades.
Sin embargo, mientras caminaba entre quienes colaboraban, comencé a notar algo que también forma parte de nuestras tragedias contemporáneas, pues algunos teléfonos permanecían más activos que las propias manos; había personas grabándose mientras ayudaban, fotografiando las cajas que entregaban y publicando mensajes acompañados de plegarias, imágenes religiosas y frases sobre la solidaridad. No pensé que aquello fuera necesariamente reprochable; después de todo, una publicación también puede servir para conseguir donaciones, convocar voluntarios o informar sobre lo que está ocurriendo. Pero hubo algo que hizo detenerme: la escena parecía observada milimétricamente, como si cada gesto tuviera que quedar registrado, y la necesidad de demostrar públicamente que estábamos haciendo el bien parecía competir, en algunos casos, con el acto mismo de hacerlo”.
Sobre esta primera parte del testimonio, opino que la bondad tiene una característica incómoda, porque cuando es auténtica, no siempre necesita testigos. Hay personas que pueden dedicar horas enteras a remover escombros y marcharse sin que nadie conozca sus nombres; otras pueden donar dinero sin publicar el comprobante, llevar alimentos sin tomarse una fotografía y regresar a su casa sin sentir que han realizado una proeza digna de ser exhibida. También existen quienes necesitan mostrarlo todo, y si me llevas al terreno de la dicotomía, te puedo decir que prefiero este tipo de solidaridad discreta, porque no necesita convertirse en espectáculo para tener valor. No necesariamente porque sean malas personas, pero sí porque nuestra época ha conseguido convertir incluso la solidaridad en una forma de contenido político.
Sigo examinando esta parte de mi entrevistado y pienso en algo todavía más incómodo: ¿Qué ocurre cuando la persona que hoy publica una plegaria por las víctimas es la misma que, apenas unas semanas atrás, utilizaba sus redes sociales para insultar, humillar o desearle la muerte a alguien que pensaba diferente? ¿Qué sucede cuando alguien habla de amor al prójimo mientras dedica buena parte de su tiempo a desear la desgracia de sus contradictores políticos? Ese asunto parece estar en tierra de nadie, porque resulta difícil juzgar dónde termina la contradicción y dónde comienza la posibilidad de un comportamiento genuino, ya que la discordancia no desaparece porque aparezca una fotografía religiosa en la pantalla y tampoco una oración convierte automáticamente en bondadoso a quien la pronuncia. No pretendo afirmar que una persona deba ser moralmente impecable para ayudar a otra, ya que si esperáramos semejante perfección, probablemente tendríamos que suspender buena parte de las actividades humanas, puesto que todos tenemos contradicciones, momentos de ira, prejuicios y comportamientos que posteriormente podemos lamentar. Una persona puede haber sido desagradable durante años y, sin embargo, realizar hoy una acción genuinamente noble y sería un error manifiesto confundir ese acto puntual con una identidad moral completa.
Por consiguiente, es exactamente allí donde reside una de nuestras mayores contradicciones, pues somos capaces de experimentar una compasión extraordinaria cuando la desgracia ocurre delante de nuestros ojos, pero esa compasión parece tener fecha de vencimiento. No es definitorio que podamos mostrar una solidaridad tan intensa en momentos de tragedia si, poco después, volvemos a negar esa misma empatía a quienes consideramos adversarios por pensar distinto o por tener una preferencia política diferente. Durante algunos días nos duele profundamente la situación de quienes quedaron bajo los escombros; después regresamos a nuestras discusiones habituales y volvemos a dividir el mundo entre quienes merecen nuestra empatía y quienes, según nosotros, no la merecen.
La política constituye uno de los mejores ejemplos de esa empatía intermitente, puesto que una persona puede llorar sinceramente por un compatriota que murió durante el terremoto y, al mismo tiempo, justificar la muerte de personas en otro lugar del mundo porque pertenecen al bando que considera enemigo, políticamente hablando. Puede indignarse ante el sufrimiento de una familia colombiana que perdió su vivienda y, pocas horas después, celebrar que una bomba haya caído sobre una familia palestina porque la ideología le ha enseñado que unas vidas son más defendibles que otras. Es como ser selectivo con las amistades: ofrecer cercanía, comprensión y solidaridad a quienes sentimos próximos, mientras reservamos la indiferencia para quienes consideramos ajenos. Entonces la pregunta deja de ser si somos capaces de sentir empatía y comienza a ser otra: ¿hacia quién estamos dispuestos a sentirla?
“Mientras regresaba al lugar donde había dejado mi vehículo, escuché una conversación acerca de las ayudas que podían llegar desde otros países y la discusión adquirió rápidamente un tono político. Alguien defendía que Colombia debía aceptar cualquier apoyo disponible; otra persona argumentaba que el país debía confiar solo en naciones con gobiernos de derecha” (Entrevistado #4, comunicación personal, 12 de agosto de 2026). Es notorio que, incluso debajo de los escombros, la política encuentra la manera de aparecer.
No resulta extraño que una emergencia requiera protocolos, coordinación y criterios técnicos y tampoco es absurdo que un país disponga de equipos especializados y quiera utilizarlos antes de recurrir a otros. Lo que sí debería resultar inadmisible es que, ante una vida que puede depender de unas horas de trabajo, la ayuda humanitaria llegue a convertirse en una extensión de nuestras disputas ideológicas. Ningún interés político, por más megalómano que sea, debería colocarse por encima de la posibilidad de salvar una vida. Si alguien posee los conocimientos, los equipos o la experiencia necesarios para socorrer a alguien, la primera pregunta debería ser qué puede aportar y cómo puede hacerlo, no si su gobierno comparte nuestra manera de pensar. La contradicción se vuelve todavía más evidente cuando la religión entra en escena. Hay personas que pueden pasar de la ira más violenta a acudir luego a una iglesia, encender una vela, pronunciar una plegaria, persignarse y continuar su vida como si aquello fuera suficiente para borrar todo lo anterior. No cuestiono el valor que una práctica religiosa pueda tener para quien la realiza, lo que dudo es en la idea de que una ceremonia pueda funcionar como una especie de borrador moral: insultar, odiar, desear la muerte y después rezar para quedar limpio.
“Cuando finalmente me alejé del lugar, todavía había personas trabajando; algunas continuaban allí sin cámaras, sin publicaciones y sin discursos. Un hombre permanecía sentado en una acera, exhausto, con las manos cubiertas de polvo y no parecía estar esperando reconocimiento alguno. Simplemente había ayudado durante varias horas y ahora necesitaba descansar. A unos metros, otra persona seguía transmitiendo en directo mientras explicaba a sus seguidores todo lo que estaba haciendo” (Entrevistado #4, comunicación personal, 12 de agosto de 2026).
Luego de registrar este testimonio, puedo concluir que lo verdaderamente importante será saber qué ocurre cuando desaparezcan las cámaras, cuando los periodistas se marchen, cuando las redes sociales encuentren un nuevo acontecimiento y cuando los escombros hayan dejado de ocupar nuestra atención. El terremoto pudo habernos mostrado una Colombia capaz de organizarse, compartir y ayudar sin preguntar demasiado por las diferencias que normalmente nos separan, pero también detalló algo menos agradable, y es que nuestra empatía todavía funciona, en demasiadas ocasiones, por temporadas. Nos conmueve el dolor cuando lo tenemos delante, pero podemos volver a odiar cuando la tragedia deja de ser noticia.














Comentar