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Desde el domingo 16 he ido y vuelto sobre el video en el que el politólogo alcalde de Cali le expone al abogado presidente de Colombia las acciones jurídicas que el Gobierno Nacional puede tomar para que esa ciudad atienda las necesidades urgentes de las víctimas de su peor tragedia desde 1957, si no más.
En la ciudad más habitada e industrializada del Pacífico colombiano fallecieron 130 personas, hay 94 desaparecidos y 1.485 personas heridas. Quince edificaciones sufrieron colapso total y se investigan daños en otras 900 construcciones.
Fueron tres minutos los que necesitó ese alcalde para proponer decisiones de presupuesto, deuda e intervención del mercado inmobiliario. Fueron tres minutos de extraños movimientos del interlocutor. ¿Sueño, aburrimiento, incomprensión?, algunos maledicentes piensan peor.
No hubo preguntas, no hubo notas, no pareció haber interés por parte de quien debe presentar soluciones prácticas, jurídicas, eficaces, para las vidas, la salud, la economía de esa tercera parte del país golpeado en sus vidas, economías, expectativas.
Circulan múltiples videos del presidente de Colombia despierto y sonriente. Ocurrieron en Buenaventura, donde encontró una camioneta desde la cual lanzar balones de fútbol marcados con el logo de su campaña. Los mafiosos montañeros se hicieron famosos en las fiestas locales por los paseos dadivosos con que buscaban el fervor de pueblos adormecidos.
En las calles destapadas del puerto, niños y jóvenes, intentaban atrapar una de esas pelotas con las que dicen que podrían soportar la angustia de perder a quienes se ama, el hogar y el futuro, si lo había en las zonas vulnerables de ese municipio portuario. Alguna mujer reclamó por su abandono.
En Buenaventura fueron reportados 111 fallecidos y se habla de que cuatro mil personas aún duermen en las calles; la ciudad, la segunda de mayor tamaño y capacidad económica en el Pacífico, no tiene un censo de habitantes afectados ni de los daños sufridos.
Como Buenaventura, casi 470 municipios de Chocó, Risaralda, Caldas, Quindío, Valle del Cauca y otros diez departamentos carecen de capacidades económicas y técnicas para la solidaridad inmediata, esa que han paliado tantas gentes generosas; menos tienen para recuperarse o, ideal, mejorar de su condición previa.
Con muchos más y unos poquitos menos, la etapa del shock por esta tragedia inmensa se ha encontrado con instituciones locales y departamentales, rescatistas, expertos, empresarios, organizaciones sociales y ciudadanos que han respondido al dolor de los semejantes poniendo todas sus capacidades. No hay palabras suficientes para aplaudir y agradecer la solidaridad desplegada hasta más allá de las propias capacidades.
Pronto pasará la conmoción, es necesario. Y la solidaridad no alcanzará más. Entones, uno, escéptico por convicción y formación, curtido en dolores ajenos, se pregunta si el aburrido de Cali, si el dadivoso del Puerto está listo para la segunda etapa de la catástrofe, la de las responsabilidades, que puede ser de las posibilidades.
Cuando llegue la soledad, esos 472 municipios van a necesitar lo que hasta hoy apenas si han vislumbrado, así se hayan repetido y repetido fotos y videos: las instituciones de un Estado capaz de hablar de palafitos, malocas, cultivos, turismo, sismorresistencia y adaptación; de entender el miedo, los saberes y las preguntas; de abrazar dolores y espantos.
Ansiarán un Estado que cree una nueva esperanza para quienes la tenían y se les derrumbó, para aquellos que jamás la tuvieron. Una esperanza a la medida de ellos, de su experiencia, de sus ideales, de sus vidas. Un Estado capaz de tejer al país andino, al país de los valles abundantes, al país Pacífico, en un verdadero mestizaje de respeto y potencial; de idear un país posible.














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