Cada vez hablamos peor en Latinoamérica

“Asimismo, están utilizando tantos anglicismos, neologismos y otras expresiones de reciente creación que cada vez cuesta más entenderse entre personas de un mismo país, de distintos países o de diferentes generaciones.”


 Sin importar el acento, los coloquialismos, la modulación, las regiones o la velocidad al hablar, en la actualidad el latinoamericano promedio utiliza un vocabulario menos amplio y comete con mayor frecuencia calcos, anglicismos y errores gramaticales que décadas atrás.

Al parecer, los diversos cambios culturales y tecnológicos han empobrecido parte del lenguaje cotidiano.

Por lo general, los jóvenes suelen ser quienes adoptan primero esas expresiones, que con el tiempo terminan extendiéndose al resto de la población o siendo parte de la jerga de una comunidad o nación.

Asimismo, están utilizando tantos anglicismos, neologismos y otras expresiones de reciente creación que cada vez cuesta más entenderse entre personas de un mismo país, de distintos países o de diferentes generaciones.

El problema no radica en que el idioma español evolucione, algo natural en cualquier idioma vivo, sino en que algunos de esos cambios terminan empobreciendo la comunicación. Cuando el vocabulario se vuelve menos preciso, proliferan los calcos del inglés y determinadas expresiones dejan de ser comprendidas por todos los hablantes, el idioma pierde parte de su capacidad para comunicar con claridad.

En el Cono Sur, en Argentina existen bancar, que signfica «apoyar o estar de acuerdo», y escrachar, entendido como «manifestarse públicamente en contra de una persona, por lo general una figura pública, un político o alguien vinculado al gobierno».

También en el sur, en Chile están fome y funar. Mientras la primera es sinónimo de «aburrido o sin gracia», la segunda significa algo como «exponer, denunciar públicamente o cancelar a alguien». Si fuera por los chilenos, ambas palabras serían de uso global y obligatorio.

Más al norte, en México, está el caso de mamado, en alusión a «estar fornido o musculoso». Sin embargo, esa palabra tiene otro significado en distintos países. También tenemos fresa, en alusión a «una persona perteneciente a una clase privilegiada o que parece serlo por su forma de hablar o desenvolverse». A mi juicio, ambas expresiones se han ido adoptando por personas que no hacen vida ni guardan relación alguna con la nación azteca.

Los anglicismos tampoco se quedan por fuera. Ahora, un animal, una cosa, una persona o una situación ya no dan asco ni grima, sino (dan) cringe. También tenemos FOMO, por aquello del «miedo a perderse algo», término que además suele emplearse incorrectamente en español, hasta el punto de que ahora casi todo da FOMO.

Asimismo, random ha ganado adeptos, incluso entre personas no tan jóvenes. Su traducción al español sería «aleatorio», «inesperado» o «cualquiera» dependiendo siempre del contexto.

A nivel gramatical tenemos dos casos relevantes. En primer lugar, se ha vuelto costumbre decir cosas como «la primer cita», «la primer reunión» y similares, cuando lo correcto sería «la primera cita», «la primera reunión» y así sucesivamente. Hay que tener en cuenta que, al ser «primer» un apócope del adjetivo masculino «primero», resulta incorrecto emplearlo junto a un sustantivo femenino precedido por el artículo la.

En segundo lugar, está la costumbre de decir el año de forma errada o siguiendo el formato anglosajón, algo que se ha vuelto común. En inglés, los años se suelen pronunciar en dos palabras, por ejemplo, twenty twenty-five. En los últimos años algunas personas pronuncian los años como se hace en inglés o en los Estados Unidos: «veinte veinticinco» o «veinte veintiséis». Lo correcto en español es decirlos como números cardinales completos y nunca dividirlos en bloques de dos cifras. Por ejemplo: este artículo de opinión se redactó en el mes de julio del año dos mil veintiséis.

Todo esto no es exclusivo de Latinoamérica, ya que los latinos que residen en los Estados Unidos y en Europa también hablan o se comportan así. Incluso España y los españoles no escapan de esta realidad.

Esto se debe principalmente al constante uso y abuso de los anglicismos y al calco del inglés en nuestro idioma. A ello se suma la tendencia de muchos jóvenes a crear su propia jerga o a diferenciarse de las generaciones anteriores.

Y, a diferencia de lo que se podría creer, esto no ocurre solo entre personas jóvenes o con poco bagaje cultural, sino también entre personas con estudios universitarios o con cierta trayectoria.

Hablar bien nunca fue elitismo. Fue comunicación. Cuanto más amplio sea nuestro vocabulario y más preciso sea nuestro lenguaje, mejor pensamos, mejor nos entendemos y comunicamos, y mayor será nuestra capacidad para transmitir ideas. Descuidar el idioma es, en cierta medida, descuidar una de las herramientas más importantes de cualquier sociedad.

Jean P. Contreras D.

Analista, columnista, mercadotécnico, periodista, sedentario digital y autor del «Diccionario de anglicismos y extranjerismos para creadores digitales» (2024), Editorial Nass Papier.

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