![]()
La ineptitud y el abuso del poder continúan ganando terreno en esta época de crisis del liderazgo político mundial, nacional y municipal, así como en el preocupante retroceso de la justicia, la paz y el bienestar de los pueblos. El mal gobierno, que por desgracia ha caracterizado numerosos escenarios, tanto en Colombia como en nuestro municipio de Andes, parece haberse convertido en una constante durante este año trágico, marcado por guerras y conflictos que, en muchos casos, resultan comparables e incluso peores que las barbaries de los tiempos más primitivos.
La democracia, entendida como el verdadero gobierno al servicio de los ciudadanos, continúa siendo más una aspiración que una realidad en muchos lugares del mundo. El quebrantamiento descarado e impune de principios fundamentales, de las instituciones y del Estado de Derecho sigue creciendo. Resultaría interminable elaborar una lista de regímenes autoritarios o gobiernos fallidos, de derecha o de izquierda, del norte o del sur, del oriente o del occidente. El problema no es ideológico; el problema es la incapacidad para gobernar con inteligencia, prudencia y sentido del bien común.
Me atrevo a pensar que muchos políticos de nuestro tiempo desconocen las enseñanzas de uno de los más grandes pensadores de la historia: Marco Tulio Cicerón. En sus escritos explicó, hace más de dos mil años, por qué las sociedades prosperan cuando el poder tiene límites y por qué terminan decayendo cuando quienes gobiernan confunden la autoridad con la arbitrariedad.
Cicerón nació en el año 106 a. C., cuatro siglos después de la fundación de la República romana. Fue precursor de la ciencia política y, más de quince siglos antes de Montesquieu, sostuvo que la mejor forma de gobierno es aquella basada en el equilibrio de los poderes públicos. Advertía, además, que incluso el monarca más noble podía convertirse en tirano cuando nada limitaba su poder. La historia le dio la razón una y otra vez.
También anticipó el debate entre el derecho positivo y el derecho natural al sostener que existen principios universales que deben orientar toda organización política. Esa visión sigue siendo plenamente vigente.
La sabiduría de Cicerón resulta hoy indispensable para comprender la realidad política contemporánea. Sus enseñanzas permiten concluir que, pese al paso de los siglos, el ejercicio del poder no siempre ha evolucionado; por el contrario, en muchos casos parece retroceder hacia formas cada vez más preocupantes de improvisación, autoritarismo e ineficiencia. Los avances institucionales son, con frecuencia, apenas destellos pasajeros que terminan opacados por la incapacidad de quienes administran lo público.
Cicerón no fue únicamente un brillante orador o un experimentado político. Fue, ante todo, un verdadero estadista. Comprendió que el bienestar de una sociedad solo puede alcanzarse cuando prevalecen el diálogo, el equilibrio institucional, el respeto por la ley y la búsqueda permanente del interés general por encima de los intereses particulares.
Por ello recomiendo la lectura de Cómo gobernar un país. Una guía antigua para políticos modernos, una magnífica selección de textos de Cicerón comentada por el profesor Philip Freeman. En sus páginas se encuentran reflexiones sorprendentes sobre el liderazgo, los impuestos, la corrupción, la guerra, las migraciones y el ejercicio responsable del poder. Es una obra que ayuda a comprender por qué, en pleno siglo XXI, muchas sociedades continúan siendo gobernadas con los mismos errores de hace más de dos mil años.
Lamentablemente, nuestro municipio de Andes no parece ser la excepción. Después de más de dos años y medio de gobierno, los resultados hablan por sí solos. Las decisiones cuestionadas, la falta de planeación, la improvisación administrativa y el distanciamiento frente a las verdaderas necesidades de la comunidad han generado una creciente preocupación entre numerosos ciudadanos, que observan con incertidumbre el rumbo que está tomando el municipio.
Hoy, mientras escribía estas líneas, encontré casualmente en Facebook una frase publicada por un habitante de Andes que, más allá de su tono coloquial, resume el sentimiento de muchos ciudadanos:
“Mientras Andes se derrumba, los tres gorditos y el alcalde están de rumba.”
¿Será simplemente una casualidad? ¿O será el reflejo del desencanto que hoy sienten muchos andinos frente a quienes tienen la responsabilidad de gobernar?














Comentar