“Hay una diferencia enorme entre estar en una tragedia para ser visto y estar porque no puedes darte el lujo de irte.”
Hay tragedias que hacen temblar la tierra. Y hay otras que, además, ponen a temblar nuestras convicciones.
El lunes 10 de agosto Colombia sintió uno de los movimientos sísmicos más fuertes de su historia reciente. El Servicio Geológico Colombiano confirmó un sismo de magnitud 7,4, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una profundidad de 103 kilómetros. Fue el terremoto de mayor magnitud registrado en Colombia en lo que va del siglo XXI.
La tierra no preguntó si la víctima vivía en Cali, Pereira, Manizales o Quibdó. No preguntó por estrato, apellido, partido político ni color de camiseta.
Pero la atención del país sí parece haber tenido sus propios mapas.
Mientras las imágenes de edificios afectados, calles llenas de escombros y operativos de rescate ocuparon durante días las pantallas nacionales, en el Chocó —precisamente donde estuvo el epicentro— muchas comunidades enfrentaban una tragedia que, para algunos, parecía quedar en segundo plano.
Y aquí aparece una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿Cuántos de quienes hoy aparecen hablando del terremoto lo hacen por deber, por convicción, por amor a su territorio… y cuántos porque el desastre se convirtió, inevitablemente, en una oportunidad de visibilidad política?
No es una pregunta contra la política. Todo lo contrario… En una emergencia, la política importa. Mucho.
Porque gobernar también significa aparecer cuando las cosas salen mal. Significa poner la cara cuando no hay inauguraciones, aplausos ni cintas para cortar. Significa caminar donde hay miedo, escuchar donde hay dolor y tomar decisiones cuando nadie tiene todas las respuestas.
El problema aparece cuando la tragedia se convierte en escenario, cuando la cámara parece importar más que la comunidad, cuando el mensaje político termina siendo más grande que el mensaje de auxilio y eso debería preocuparnos a todos, independientemente del partido, del gobierno o de las simpatías personales.
Porque el terremoto también está mostrando algo que Colombia conoce demasiado bien: hay territorios que reciben atención nacional mientras son noticia, pero vuelven a desaparecer del mapa cuando la noticia pierde fuerza.
El propio presidente Abelardo De la Espriella llegó este viernes al Chocó y planteó un llamado “Plan Marshall” para la reconstrucción del departamento, reconociendo además el trabajo de la gobernadora Nubia Carolina Córdoba y señalando el histórico abandono del territorio.
Bienvenido todo esfuerzo que signifique recursos, reconstrucción y presencia real del Estado. Pero ahora viene la parte difícil.
Porque reconstruir el Chocó no puede ser solamente reconstruir lo que tumbó el terremoto.
También significa preguntarnos por lo que ya estaba roto, por las desigualdades que existían antes del lunes, por las comunidades que durante años han reclamado vías, servicios, infraestructura, oportunidades y presencia institucional, por una región que no debería necesitar una tragedia para volver a ocupar el centro de la conversación nacional.
Y aquí también hay que reconocer a quienes sí han estado en el territorio.
La gobernadora del Chocó, Nubia Carolina Córdoba, ha asumido durante estos días un papel que merece ser reconocido.
No porque una gobernante deba ser aplaudida simplemente por hacer su trabajo. No.
Sino porque hay momentos en los que el liderazgo se vuelve visible de una manera distinta.
Se ve en el cansancio, se ve en las horas acumuladas, se ve en los recorridos, se ve en las reuniones del Puesto de Mando Unificado, se ve en la tensión de cada reporte y, también, en esa expresión de alivio cuando finalmente aparecen buenas noticias.
La Gobernación enfrentó la emergencia desde el territorio y, el 12 de agosto, Córdoba confirmó el cierre de la fase de búsqueda y rescate después de localizar a una familia de cuatro personas que había sido reportada como desaparecida. A partir de entonces, la prioridad pasó a ser la atención de los damnificados.
Eso también es gobernar.
Y quizás una de las imágenes más poderosas de estos días no sea la de un político frente a un micrófono, sino la de una gobernante cansada, caminando entre la emergencia, viendo cómo una comunidad vuelve poco a poco a levantarse.
Porque hay una diferencia enorme entre estar en una tragedia para ser visto y estar porque no puedes darte el lujo de irte.
Ojalá esta tragedia nos permita distinguirla.
Ojalá cuando las cámaras se apaguen, cuando las redes cambien de tema y cuando Colombia vuelva a su rutina, el Chocó no vuelva a desaparecer.
Que no tengamos que esperar otro terremoto para hablar de él, que la ayuda no dependa de los likes, que la solidaridad no tenga fecha de vencimiento y que quienes hoy dicen amar al Chocó puedan demostrarlo cuando ya no sea tendencia.
Porque al final, una tragedia también revela quiénes somos.
Y quizás esta sea la pregunta que Colombia debería hacerse cuando pase el ruido:
¿Estuvimos aquí por moda, por visibilidad, por deber… o porque realmente nos importa el Chocó?
La respuesta no estará en los discursos de estos días. Estará en lo que hagamos cuando las cámaras se vayan.
Y si algo positivo deja esta tragedia, además de la solidaridad de miles de colombianos, es la oportunidad de mirar hacia un departamento que durante demasiado tiempo ha tenido que luchar para ser escuchado.
Un Chocó que hoy necesita reconstruirse. Pero, sobre todo, necesita que Colombia decida no volver a olvidarlo.














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