Una tragedia contada desde el privilegio

Quizá nadie quiera leer más sobre esto, pero me es necesario escribirlo. Sentada, en un “nuevo amanecer”, desde mi casa intacta, con mi familia al lado.

Eran las 7:34 de un lunes que pretendía ser como cualquiera. Manejaba con el tráfico que me hizo quedarme al lado de un edificio que evacuaba y una señora que respiraba agitada en una ambulancia. “Pobre, señora”, pensé, “de seguro estamos en algún día de simulacros nacionales y ella ni por enterada”.

Subo más volumen a la radio. Me llama mi mamá con un mensaje que, a hoy, no sé qué decía. Freno, cambio la emisora y aterrizo o, por el contrario, me pongo en modo avión.

Lo siguiente y hasta este momento, ha sido una repetición constante de imágenes, videos y audios que remueven por dentro dos sentimientos; el primero, el agradecer que los míos están bien. El segundo, saber que si una tragedia no elije ni toma partido, el privilegio tampoco.

Se nos ha dicho, y hasta yo misma he predicado que ante la adversidad no se pregunta el “por qué” sino el “para qué”, pero imposible se me hace no preguntarme por qué el epicentro de un pueblo olvidado solo lo recuerda la desgracia, y quienes siempre hemos tenido el privilegio, hoy volvemos a contar la historia desde casa. (No es queja, es autopercepción).

Me molesta también ser parte de aquellos que “no saben lo que tienen hasta sentir que lo pueden perder”, porque llevo unas 48 horas sintiendo que amar es urgente. Que llamar es básico. Que perdonar es requisito. Y lo pienso, ¡claro!, desde mi sofá, mi escritorio, mi pantalla.

Estoy desmontando la idea de que hay que esperar al amanecer “porque de noche todos los gatos son pardos”, porque es mucho más doloroso ver que la luz del sol, en lugar de iluminar con tranquilidad muestra más desastre. Vendrán mañanas en donde los rayos no entren por la venta, sino por las grietas incurables de un país que teme cualquier movimiento. Para unos la “amarga noche ya cesó”, para otros apenas comienza.

He peleado con mi privilegio, a pesar de sentirme profundamente agradecida. Siento en las entrañas el “qué pasaría si el desaparecido fuera mío o si quien estuviera debajo del estruendo fuera yo”. Siento la tristeza colectiva, tan densa en el aire que solo quisiera hacerla bolita y abrazarla con fuerza. Porque precisamente es esa la ayuda más sensata que desde mi privilegio puedo ver.

Rondan los panfletos, se viralizan los puntos de encuentro y se riegan las cadenas de ayudas, ¡tan necesarias cómo no!, pero falta uno que hable de las únicas columnas que hoy quizá sostienen un panorama como este: el calor humano. Y es que no solo es encontrar debajo de los escombros, es ser soporte para alguien que ya no lo tiene. No es solo entregar una lata no perecedera, es sentir que puedo desgarrarme en llanto mientras unos brazos me bordean, no es solo quizá resguardarse en un coliseo central, es saber que, si el país está quebrado, con ternura lo vamos a curar.

Si al final del día fuimos nosotros con quienes escribieron para saber si estábamos bien, al final de la reconstrucción que nos espera, seremos nosotros recordando que humanidad con humanidad se sana. Que la ayuda material es necesaria, pero la del corazón es tan primitiva como esencial.

Ojalá nunca se nos olvide que nuestro mundo emocional es precisamente lo que nos salvara de la oscuridad natural de la vida; que es incluso, lo que convierte los desastres naturales, en respuestas vitales.

Valentina Ramírez Gil

Comunicadora Social - Periodista, creativa por pasión y amante de las letras por vocación. Fiel enamorada de las historias de ciudad, del escuchar y de crear conversaciones honestas.

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