¿Puede una mujer subordinarse?

«Que tengas derecho a elegir tu propia vida no te da derecho a elegir la vida de los demás.»
— Aforismo de autoría indeterminada

Cuando Margaret Atwood publicó The Handmaid’s Tale en 1985, se impuso una regla: no incluir ninguna ley, tortura o práctica opresiva que no hubiera ocurrido ya en algún momento de la historia. Gilead no debía ser una fantasía imposible, sino una advertencia construida a partir de horrores reales.

La historia ha demostrado que, si el Estado, la religión o una ideología adquieren el poder de decidir sobre la vida de las personas, la libertad puede desaparecer rápidamente. Lo vimos en la Revolución iraní, en la dictadura militar argentina y en la Alemania nazi, donde el cuerpo, la maternidad y la reproducción quedaron reducidos a instrumentos de proyectos políticos.

Después de conocer estos hechos, cabe preguntarse: ¿cederías voluntariamente tu libertad a una autoridad que afirma saber cómo te corresponde vivir? Probablemente responderías que no.

Sin embargo, en 2026, a medida que el movimiento tradwife gana popularidad, algunas voces del conservadurismo estadounidense promueven una visión que vuelve a colocar la autoridad familiar y los roles tradicionales en el centro del debate. Erika Kirk, directora ejecutiva de Turning Point USA y viuda de Charlie Kirk, se ha consolidado como una de las referentes más visibles de este movimiento. Durante la Women’s Leadership Summit 2026, el entorno conservador de la cumbre proyectó la idea del “household voting” o «voto por hogar»: sustituir el voto individual por una representación política de la familia, bajo la premisa de que el hombre o jefe del hogar podría votar en nombre de sus miembros.

La propuesta plantea una pregunta incómoda: ¿puede una mujer elegir libremente renunciar a su autonomía política y permitir que otra persona vote por ella?

En mi caso, crecí dentro de una familia tradicional. Mi madre eligió dedicarse a la vida doméstica y a su familia, y esa fue su decisión. Pero también crecí viendo una realidad completamente diferente en mi círculo más cercano: mi tía era quien trabajaba fuera de casa, a la vez que mi tío se encargaba de cuidar a sus hijos y de las principales tareas domésticas.

Ninguno de esos modelos está mal. Lo que estaría mal sería dictaminar que uno de ellos es obligatorio para todos.

Una mujer puede encontrar satisfacción y sentido en dedicarse al hogar; otra puede encontrarlo en su profesión. Un hombre puede ser el principal proveedor económico de su familia; otro puede preferir encargarse de las actividades domésticas.

La libertad no consiste en que todos asumamos los mismos roles: consiste en que podamos elegirlos. El problema emerge allí donde una elección personal deja de pertenecer al ámbito individual y se transforma en una regla que los demás deben obedecer.

Aquí es donde Serena Joy, uno de los personajes centrales de The Handmaid’s Tale, cobra renovada relevancia.

Antes de Gilead, Serena Joy era una figura pública, intelectual y políticamente activa. Defendía una visión específica de la sociedad y del papel que estaban llamadas a ocupar las mujeres. Contribuyó a gestar ideológicamente el sistema que acabaría dando forma a Gilead.

Paradójicamente, cuando esa estructura alcanzó el poder, descubrió una verdad que muchas ideologías se empeñan en ignorar: al entregar la libertad individual a una causa colectiva, nadie puede garantizar que preservarás tus propios privilegios.

Serena Joy pensó que podía moldear una sociedad que restringiera la libertad de otras mujeres y, al mismo tiempo, salvaguardar su propia autonomía. Se equivocó. Ahora pregunto: ¿abrirá Erika Kirk los ojos antes de convertirse en una Serena Joy?


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Regina Domínguez

Boliviana. Comunicadora de profesión, cineasta por pasión y escritora emergente. Interesada en explorar las ideas de la libertad, el individualismo y la razón. Staff Writer de El Insubordinado. Miembro de LOLA Santa Cruz de la Sierra (Ladies of Liberty Alliance), ejerció como periodista en el diario «El Deber» y actualmente se desempeña como guionista en una agencia de marketing.

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