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Hace pocos días asistí al velorio de uno de esos hombres que en los pueblos suelen ser descritos con una palabra cada vez menos frecuente: respetable.
No era un santo. Los santos suelen tener pocos enemigos y este hombre había acumulado varios. Tampoco era un personaje particularmente simpático. Había quienes le agradecían favores decisivos y quienes todavía recordaban agravios antiguos. Algunos lo consideraban generoso. Otros, codicioso y avaro. Unos lo veían como un hombre de carácter; otros, como alguien dominante, acostumbrado a imponer su voluntad.
Sin embargo, mientras avanzaba la tarde, me sorprendió comprobar que casi todos parecían coincidir en una cosa: aquel hombre había sido respetable.
Como ocurre en muchos velorios de pueblo, alrededor del muerto empezaron a formarse pequeños corrillos. En uno se recordaban sus generosidades; en otro, sus arbitrariedades. Algunos hacían discretos cálculos sobre la herencia. Otros evocaban deudas, favores, enemistades o viejos negocios. Circulaban anécdotas, chismes, medias verdades y algunas verdades completas que jamás aparecerían en la esquela fúnebre publicada por la familia.
Lo curioso era que nadie parecía poseer la última palabra sobre el difunto. Cada corrillo manejaba una versión distinta. Para unos había sido un hombre generoso y bueno; para otros, un auténtico hijo de puta. Y, sin embargo, ambas descripciones parecían coexistir sin demasiado escándalo. Como si la respetabilidad no dependiera de la ausencia de defectos, ni siquiera de la ausencia de enemigos, sino de algo más difícil de precisar.
Ahí fue donde empecé a sospechar que una cosa y la otra no eran exactamente lo mismo. Muchos hombres respetables han sido difíciles, orgullosos, arbitrarios, temidos o desagradables. Algunos han despertado admiración; otros, resentimiento. Con frecuencia ambas cosas a la vez. La experiencia parecía sugerir que una cosa no garantizaba necesariamente la otra.
Y precisamente por eso la pregunta resulta interesante: si la respetabilidad no equivale simplemente a ser bueno, ¿a qué equivale?
He vuelto varias veces a aquella escena. Quizá porque sospecho que en ella se escondía una pregunta más amplia que la biografía del muerto. Después de todo, las comunidades elaboran esos balances sobre todos nosotros, aunque normalmente lo hagan en voz baja y a nuestras espaldas. Cada persona vive rodeada por una reputación que nunca controla del todo. Amigos, familiares, colegas, vecinos, adversarios y antiguos conocidos van construyendo, a lo largo de los años, una especie de expediente disperso e invisible.
Nadie tiene acceso completo a él. Sólo conocemos fragmentos, comentarios, impresiones aisladas. Tal vez por eso el asunto siguió rondándome durante varios días.
En esos días de darle vueltas al asunto, vino a mi memoria una imagen de Freud en su despacho de Viena: un médico abotonado hasta el cuello, envuelto en el humo denso de su tabaco, escuchando a hombres y mujeres que se enfermaban de los nervios por el esfuerzo titánico de guardar las apariencias. Afuera, la ciudad seguía creyendo que la respetabilidad consistía en no perder nunca la compostura. Dentro del consultorio, Freud veía desfilar diariamente todo aquello que la compostura ocultaba, y descubría que aquel decoro impecable tenía un precio que se pagaba en síntomas y angustias.
Lo interesante no era Freud. Era el hecho de que ciertas faltas podían convertirse en una carga psicológica. No provocaban únicamente censura moral. También podían producir vergüenza, culpa, desasosiego y, en algunos casos, sufrimientos suficientemente graves como para terminar en el consultorio de un médico o en el confesionario de un cura.
No hacía falta, sin embargo, viajar a la Viena de fin de siglo para entender ese régimen del disimulo y sus consecuencias. Bastaba pensar en el viejo abogado de provincia o en el gamonal de nuestros pueblos hace cincuenta años: un hombre que podía tener dos familias secretas y un pleito sucio de tierras, pero que jamás salía a la calle sin la camisa almidonada, que cumplía la palabra empeñada, asistía a misa religiosamente y a quien nadie vio nunca borracho en una cantina. Su respetabilidad no nacía de la pureza moral, sino del decoro del secreto. No era un hombre sin defectos; era un hombre obligado a no convertir sus defectos en espectáculo.
En una casa de pueblo había temas que sólo se trataban en voz baja. Vergüenzas familiares que habitaban solo los rincones, disputas capaces de durar décadas sin que nadie las mencionara abiertamente y ciertos nombres o episodios que resultaban impronunciables en voz alta. Era un mundo lleno de hipocresías, desde luego, pero sostenido por códigos relativamente estables. La reputación era un capital demasiado valioso para administrarlo con descuido.
Durante algún tiempo creí que la crisis contemporánea se debía a que habíamos perdido la vergüenza. Era una hipótesis tentadora. Vemos a líderes políticos deshonrar la palabra y decir en público barbaridades que hace apenas unas décadas habrían sepultado cualquier carrera, y es fácil concluir que la decencia se ha extinguido.
Pero las transformaciones históricas suelen ser más astutas: las vergüenzas rara vez desaparecen, simplemente cambian de lugar. Nadie sube a una tarima proclamándose vil o chabacano; incluso el líder más procaz necesita fabricarse una justificación moral y presentar su propia furia como una forma de virtud. Tal vez no sea que hayamos abandonado la respetabilidad, sino que hemos cambiado las señales con las que aprendemos a reconocerla.
Hace poco, en la mesa de un café, escuché a un hombre dar un puñetazo sobre la madera para defender a un dirigente escandaloso: “A mí me gusta esa gonorrea porque no dice pendejadas rebuscadas, dice las cosas como son y no le tiene miedo a nadie”.
Aquel tipo no elogiaba la honradez ni la preparación técnica del político. Admiraba otra cosa: la exhibición de una voluntad sin frenos. En su boca, aquella grosería cantaba como un elogio.
El viejo ideal encontraba prestigio en la capacidad de dominarse. El nuevo suele encontrarlo en la exhibición de aquello que antes debía ocultarse. La imperfección, el exceso e incluso ciertas formas de grosería pueden presentarse ahora como pruebas de autenticidad.
Por eso empiezo a desconfiar de los diagnósticos apresurados sobre la decadencia moral de nuestro tiempo. Lo que en la época de Freud o en la de nuestros abuelos producía escándalo, hoy puede celebrarse como valentía; y lo que ayer parecía contención y compostura, hoy corre el riesgo de ser leído como falsedad o cobardía.
Es posible que durante varios días creyera estar pensando sobre la vergüenza. Hoy sospecho que estaba pensando sobre otra cosa. Sobre la manera en que las comunidades juzgan una vida.
Porque el muerto de aquel velorio y el dirigente celebrado en la mesa del café tienen algo en común: ambos viven rodeados de personas que elaboran versiones distintas sobre quiénes son y sobre lo que merecen. Amigos y enemigos, admiradores y detractores, van construyendo poco a poco una reputación que nadie controla por completo.
Tal vez la respetabilidad nunca haya consistido en la ausencia de defectos.
Tal vez consista en algo más extraño: en las cuentas que sobreviven cuando todas esas voces han terminado de hablar.














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