En la Rayuela

«Nada está perdido si se tiene por fin el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo.»
— Julio Cortázar, “Rayuela” (1963)

He lanzado la primera piedra; como quien nunca ha pecado, como si supiera dónde caería o a quién golpearía; como si tuviese un destino, como si pudiese calcularlo, como si no importara.

He lanzado la primera piedra, que en realidad nunca ha sido ajena. Esa que se atora en la garganta de vez en vez, robando el aliento e impidiendo la palabra. Esa con la que me ahogo hasta expulsarla y luego la guardo en mi desorden hasta que sea el momento de lanzarla.

Pero por fin he lanzado la primera piedra, porque tengo todo por ganar y nada que perder. Con fuerza, voluntad e ilusión; sin miedo y sin saber.

Sin saber que ahora jugaba un juego llamado Rayuela, donde debo confiar en mis pasos para alcanzar el cielo, aprender a moverme con astucia, apuntar con precisión y confiar en los saltos que dicta mi suerte.

Así como en Cortázar. Así como en la vida.

Observé cómo la piedra caía lejos; no lo suficiente para alcanzar el cielo, aunque sí para perderla de vista.

La vi caer en el espacio entre la casilla dos y la cinco, y cuando salí a buscarla terminé, de alguna forma, en la esquina de la 70 con la carrera 5, en medio del caos de una ciudad que apenas conozco. Diez o quince minutos ahí, parada, quieta, asustada, un poco perdida y un poco sola.

Tenía al colibrí posado en mi hombro derecho, que suele cantarme respuestas cuando todo se me olvida. Sabe mucho y siempre está. Me pregunto si los demás logran verlo.

Olvidé cómo se cruza una calle sin que tu mamá te agarre de la mano. «Mira ambos lados antes de cruzar». «Solo cruzas por la cebra». «No hables con extraños». «Camina rápido». «Espalda recta». «Ojo con el bolso». «No andes sola hasta tarde».

Miraba a los carros enfurecidos y juraba que todo era conmigo. Los fumadores bohemios de la otra esquina observaban con inquietud, como si presenciaran un fenómeno. A una extraterrestre o a un perrito recién regañado.

Seguí caminando sin más rumbo que la búsqueda de respuestas por caminos y calles todavía ajenos a mis pies. Buscando entre rincones, cafés escondidos, plantas ya secas, conversaciones de extraños en restaurantes concurridos, el humo de quienes fuman y hasta en las llaves de algún desconocido que encontré en el piso.

No estamos tan lejanos, pensé, porque ese, al igual que yo, también se ha desprendido de su hogar.

Terminé en una librería pequeña, escondida en un sótano, con paredes turquesa viejas y puertas de madera. «Refugio de las sociedades clandestinas», decía. Entré porque mis pasos siempre danzan hacia las historias y me llevan a las palabras que no digo; a enfrentar lo que guardo oculto entre la garganta y el pecho.

Salir de casa para poder volver: título del único libro que compré. Lleno de imágenes, poemas cortos e ilustraciones, como si hubiera sido escrito para niños, porque quizás hoy sigo siendo una niña aprendiendo a leer, aprendiendo a escribir, aprendiendo qué es una casa, aprendiendo a salir y aprendiendo a volver.

Regresé a casa solita con lo que parecía un mapa vacío, construido a memoria de pasos ya dados. El camino a una casa que aún no se siente mía, pero que contiene las ambiciones e ilusiones con las que la armé.

Caminé rápido, huyendo del frío, del anochecer, de las miradas hambrientas de los hombres y de mi sombra que en la oscuridad se desvanece. Todavía sentía el aleteo de las monarcas que me visitaban en Medellín, que simbolizaban aquel renacimiento, la maternidad, la grandeza y el vuelo alto. Sentía cómo me abrazaban sus alas, iguales a las de mamá.

Llegué a casa sabiendo que nadie espera. Que si no fuese mujer, me quedaría hasta más tarde. Busco mis llaves que abren la puerta a lo que parece ser un mundo desconocido, esperando que cuando llegue me encuentre a la Maga en el escritorio, o leyendo un libro en el sofá, o preparando un café.

La Maga aún me habla, me narra y a veces me canta.

Llegar a casa que no huele a hogar; huele a madera, a vainilla y a polvo; a posibilidades, a juventud y a incertidumbre. No huele a infancia; a una distante y que quizás dejé pasar demasiado rápido. No huele a café ni a las velas aromáticas de mamá, y mucho menos a la frescura de las plantas que tanto cuida.

No escucho a los pajaritos en el balcón, solo el zumbido del colibrí en mi hombro. Oigo los carros pasar y la música del bar en la esquina. Escucho, en la distancia, el canto lejano de la Maga, que tiene alas y a veces se escapa. No sé si ya me encontró o si me esperará en otra casilla de la rayuela.

Hay que lavar los platos. Sabiendo que, si los rompo, seré yo quien deba recoger las piezas rotas, con las manos ya secas; manos que antes de lanzar esa piedra no sabían lo que era lavar la loza. Tendré que recoger lo que he roto tantas veces, pedazo a pedazo, con las manos frágiles que se cortan y sangran y me recuerdan aquella cosa salvaje que habita en mí; el hambre voraz con la que lancé esa piedra tan lejos, la valentía para recogerme del piso aun cuando me rompo, de asumir lo que daño y de esa impulsividad honesta que me hace lanzar piedras y romper platos.

Algún día dejaré de intentar domarla, y quizás ahí alcance el cielo.

Quizás para entonces ya habré comprendido que, sea la casilla 1 o sea el cielo, no es más que un trazo en el suelo, en el cual habrá un hueco en la tierra que me reciba. Habré conquistado el cielo, sepultada bajo tierra, y las manos que alguna vez se aferraron a la vida mientras aún era mía, que abrazaron a tantos que no pudieron quedarse, que escribieron mundos y lanzaron muchas piedras, no serán más que semillas, platos rotos sobre el suelo o una piedra que quedó enterrada.

Todo por jugar a la rayuela, por irme lejos, por ser libre, por vivir a merced de mi fuerza y por no querer jugar más juegos con mi vida.


La versión original de esta columna fue publicada inicialmente en el blog Isa Ramelli | Substack y posteriormente en El Insubordinado.

Isa Ramelli

Narradora de la vida y artista de la realidad. Periodista en formación, lectora apasionada, escritora y futura novelista. Founder Member de El Insubordinado.

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