Al introducirse en un campo en el que el debate es una práctica cotidiana, es inevitable cruzarse con la falta de pensamiento crítico. Porque pensar es caro y muchos ni siquiera lo incluyen en su presupuesto.
Es que… ¿para qué gastarse en hacerlo? Sobran personas dispuestas a decirte qué opinar respecto de cada tema. ¿No sabés qué música escuchar? Por supuesto que la de “X” no, porque mirá lo que dijo en esta entrevista. ¿No sabés con quién relacionarte? Acá tenemos un espacio donde “todos tiramos del mismo lado”.
Y es que la vida del fanático político parece fácil, ya que el partido que defiende es tan benevolente que incluso le dio un propósito: luchar contra “ellos”, que son los malos, en pos de proteger a ese “nosotros”, que somos los buenos.
Es la calma de una mente que encontró respuestas a casi todo y que halló en la defensa del candidato, del partido o del colectivo una misión. Porque no prevalece la búsqueda del conocimiento: prevalece adoptar una postura y formarse en su defensa. Asumir el papel de un soldado al servicio de criterios ajenos.
Así, el debate con un fanático político se convierte en una obra teatral: pierde relevancia lo que el otro exprese. Solamente importa decir la provocación más desafiante, ser eficaz al aplastar al oponente con argumentos ajenos meticulosamente estudiados. Ese es el objetivo último de cada intercambio: no llegar a la verdad, sino lograr que la del partido del fanático prime sobre la del adversario.
Además del agotamiento que produce, hay un costo que no se nombra: lo paga quien eligió pensar por sí mismo. Entrar a esos debates desmotiva la búsqueda de la verdad. Ante esto, ¿qué valor tiene buscarla bajo una montaña de certezas prestadas?
Ese es el costo de debatir con un fanático. No el tiempo que lleva. No. Es el desgaste intelectual que supone intentar dialogar con alguien que no busca razonar por su cuenta. Ocurre en cualquier lugar que promete debate solo para entregar un sentido de pertenencia: allí, el intercambio sirve únicamente para confirmar los pensamientos previos.
Entonces, el que duda es acusado de tibio: de no tener claras sus convicciones. Nada más alejado de la realidad. Revisar las propias creencias no es ambigüedad: es lo que distingue a una convicción de un dogma.
Mas nada de eso es relevante: el grupo necesita que todos defiendan parejo. La duda abre una grieta en su sistema de creencias. Esa es la razón por la que molesta tanto el pensamiento crítico: demuestra que existe otro camino que seguir, más allá del que dicte un líder.
De ese modo, habrá momentos en los cuales aparezca la tentación, puesto que es más cómodo ser un fanático. Pero optar por esa ruta conduce a la resignación de algo muchísimo más valioso: la libertad de elegir genuinamente, de descubrir, de cambiar de opinión. Eso ya no es comodidad: es una jaula con buena decoración.
Por exigente que sea pensar, es el acto más revolucionario que le queda al individuo. Al final del día, la única batalla que vale la pena librar es la que uno sostiene contra sus propias certezas.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.













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