![]()
Donde:
S = Estupidez
e = Emoción
m² = Meme elevado al cuadrado; es decir, su capacidad de multiplicarse y viralizarse.
Interpretación:
La estupidez es proporcional a la emoción que despierta un contenido y al poder exponencial que tiene un meme de ser replicado (Jaramillo, 2026).
Tomé como referencia la famosa ecuación básica que Einstein detalló —cuyo principio fue acogido como base para el diseño de la bomba atómica— y la adapté a mi cotidianidad, luego de entrar a una cafetería con la única intención de tomar un Expreso antes de regresar al trabajo. Mientras esperaba mi pedido, un grupo de personas ocupaba una mesa cercana y ninguna parecía menor de cuarenta años. Uno de ellos sostenía un teléfono celular frente a los demás y repetía, una y otra vez, la misma frase que había visto en una red social. Los otros corregían la posición de sus manos, la inclinación del rostro y hasta el momento exacto en que debían mover sus hombros, para que el video coincidiera con una música que, según dijeron, “era la que estaba pegando”. Cuando finalmente terminaron de grabarlo, todos guardaron silencio durante unos segundos, pendientes de la pantalla, esperando comprobar si el resultado era lo suficientemente gracioso como para publicarlo. La escena parecía completamente inofensiva; sin embargo, como ocurre con ciertos medicamentos, sus efectos adversos no siempre aparecen de inmediato. A veces necesitan tiempo para manifestarse, y quizá por eso pocas personas alcanzan a percibir el impacto que estas pequeñas conductas terminan produciendo sobre nuestra manera de pensar y de comportarnos.
Mientras removía el café, pensé que no había nada de malo en reír y tampoco en utilizar las redes sociales, ni en disfrutar de un momento de ocio. Sin embargo, había algo en aquella escena que me resultaba peculiar; no era la tecnología y tampoco el video; era la naturalidad con la que un grupo de adultos parecía haber renunciado —aunque fuera por unos minutos— a cualquier rasgo de cordura, para comportarse exactamente igual que millones de adolescentes desconocidos. La estrategia era, sin duda, formidable (convencer a cada uno de que se estaba siendo original precisamente mientras se imitaba a los demás). Nadie proponía algo distinto y nadie parecía preguntarse por qué hacía aquello; lo importante consistía en no quedarse por fuera de la tendencia.
Mientras ellos revisaban el resultado de la grabación, uno comentó que el video anterior ya no servía porque “eso fue la semana pasada”. Bastó esa frase para comprender que los algoritmos no solo organizan lo que vemos, sino también la velocidad con la que aprendemos a olvidar. Aquello que ayer parecía imprescindible hoy resulta obsoleto, y mañana será reemplazado por otra ocurrencia igualmente efímera. Sin advertirlo, terminamos incorporando esa lógica por una especie de ósmosis cultural, donde empezamos a consumir, sentir y desechar contenidos con la misma rapidez con la que la plataforma los pone frente a nosotros. De pronto, comprendí que las redes sociales terminan funcionando como un inmenso escaparate donde incluso las emociones tienen fecha de vencimiento; asimismo, todo llega deprisa y desaparece con la misma rapidez.
Después, uno de ellos deslizó el dedo sobre la pantalla de su celular y comenzaron a aparecer videos uno detrás de otro; a su vez, nadie alcanzaba a terminar uno cuando ya había comenzado el siguiente. Pensé, entonces, que quizá la manera en que consumimos contenido termina pareciéndose demasiado a la manera en que vivimos. Cambiamos de tema, de oficios, de pasatiempos o de pareja con la misma facilidad con la que cambiamos de ropa, de opinión, de indignación o de entusiasmo. Cada video parece obligado a producir un poquito de plusvalía emocional —una risa, un asombro, una reacción inmediata— antes de ser reemplazado por el siguiente. Nada parece reclamar demasiado tiempo porque siempre existe algo nuevo esperando ocupar su lugar.
De repente, apareció un video relacionado con un hecho violento que había ocupado los titulares de los últimos días, y fue sobre alguien que había tomado una tragedia real y la había convertido en un meme. Todos avanzaron al unísono hacia la misma reacción, rieron. Nadie habló de la víctima y nadie mencionó el dolor de la familia, pues ahora este acontecimiento había dejado de ser una realidad para convertirse en un formato de entretenimiento. Mientras observaba aquella escena, comprendí que quizá el problema no consistía en el humor, sino en la facilidad con la que terminamos despojando de humanidad aquello que consumimos detrás de una pantalla, puesto que cuando todo puede transformarse en un chiste, nada conserva su verdadera gravedad.
Segundos después apareció otro video y esta vez se trataba de un político bailando durante un acto público. Las risas volvieron a llenar la mesa y nadie comentó una propuesta, una decisión administrativa o una trayectoria profesional, pues toda la conversación giró alrededor de la puesta en escena. El político parecía comprender, impasible, que poco importaban ya sus ideas mientras lograra captar la atención durante unos segundos más. Salí de allí con la sensación de que la política también había aprendido las reglas del algoritmo. Ya no parecía suficiente gobernar; ahora también era necesario entretener, y la experiencia comenzaba a competir con la capacidad de producir contenido viral, como si administrar un país exigiera las mismas habilidades que conquistar millones de visualizaciones.
Cuando me disponía a salir de la cafetería, vi entrar a un colega sacerdote que también funge como profesor. Siempre lo había reconocido por la serenidad con la que explicaba ideas que parecían complejas y, mientras nos saludábamos y recordábamos experiencias análogas vividas en el seminario, me mostró orgulloso el perfil que acababa de abrir en una plataforma digital. Me dijo, entre risas, que ahora debía “adaptarse al lenguaje de internet” porque, de lo contrario, nadie lo escucharía. No cuestioné su decisión y comprendí que las redes sociales terminan mimando a sus usuarios y protegiéndolos, a ultranza, de todo aquello que pueda incomodarlos; es decir, les muestran lo que desean ver, les confirman lo que ya piensan y reducen cada vez más las posibilidades de encontrarse con ideas diferentes. Incluso, quienes durante años habían representado un pensamiento pausado, como mi colega, empezaban a sentir la presión de traducir sus ideas al idioma del meme para no desaparecer del escenario público.
Caminé por varios bloques de la universidad, pensando en todo lo ocurrido durante aquel momento, y concluyendo que tal vez la infantilización del pensamiento adulto no consista en conservar el entusiasmo, la capacidad de jugar o el sentido del humor, virtudes que nunca deberíamos perder. El verdadero problema aparece cuando dejamos de gobernar nuestros impulsos para comenzar a perseguir, con disciplina casi mecánica, la aprobación inmediata de un algoritmo. Da la impresión de que la emoción fútil y el meme se hubieran criado como hermanos de leche, donde la nodriza es el influencer y amamanta diariamente al primero, mientras el segundo está desesperado y llorando por ser, momentáneamente, destetado. Entonces, reaccionar vale más que comprender y emocionar produce más reconocimiento que argumentar, debido a que un meme reemplaza una conversación y una ocurrencia desplaza una idea.
Al llegar a mi oficina, comprendí que la apatía que siento hacia las redes sociales quizá no provenga de la tecnología, sino del espectáculo permanente en que hemos convertido nuestra necesidad de ser vistos. Basta recorrer unos minutos cualquier plataforma para encontrar adultos renunciando, voluntariamente, a parte de su dignidad con tal de obtener unas cuantas visualizaciones. No es casualidad que el algoritmo premie, con frecuencia, al personaje más estridente, más provocador o más pendenciero, pues el conflicto suele generar mayor interacción que la serenidad, y el problema de todo esto comenzó el día en que dejamos que el meme educara nuestras emociones y sustituyera nuestro raciocinio.













Comentar