A cultivar el jardín

Colombia acaba de tomar una decisión difícil en circunstancias que ninguna democracia sana debería tener que atravesar. Ganó la derecha, ganó Abelardo de la Espriella, y ganó por un margen estrecho en medio de un proceso electoral marcado por la corrupción, la coacción y la violencia. Hay una oportunidad enfrente, pero también hay un riesgo latente detrás. El riesgo consiste en creer que ya lo hicimos, que ya cumplimos, que ahora es el gobierno el que tiene que responder, y que nosotros, ciudadanos, podemos volver a lo nuestro con la conciencia tranquila.

Hay una pregunta que Colombia no parece haberse planteado, y este momento es probablemente el último bueno para hacerla: ¿en qué momento decidimos, como sociedad, que nada de lo que nos ocurre es responsabilidad nuestra?

Todo ocurre aparentemente por fuera de nuestro ámbito de control. La violencia es culpa del Estado que no llegó, la pobreza es culpa de los ricos que acaparan, el fracaso profesional es culpa de un mercado excluyente, la descomposición familiar es culpa del sistema, la corrupción es culpa de los políticos, como si esos políticos hubieran caído del cielo y no fueran, en la inmensa mayoría de los casos, los que nosotros mismos elegimos. Nada, absolutamente nada, parece pertenecernos. Somos el país perfecto para un discurso que promete que otros nos resolverán todos los problemas, y esa disposición a esperar el rescate, más que ninguna guerra concreta, es lo que verdaderamente nos tiene aquí.

En 1759, Voltaire escribió Cándido después de que un terremoto arrasara Lisboa y matara a decenas de miles de personas en cuestión de minutos. Europa entera se preguntaba cómo era posible tanto horror si, como sostenía la filosofía optimista de Leibniz, vivíamos en el mejor de los mundos posibles. Voltaire respondió con una novela devastadora en la que su protagonista atraviesa guerras, torturas, terremotos, esclavitud y traiciones, mientras a su lado el filósofo Pangloss sigue explicando, en cada catástrofe, que todo pasa por una razón buena y que este es, en efecto, el mejor de los mundos. La sátira es brutal. Pangloss no ayuda a nadie, no arregla nada, no salva a nadie. Solo interpreta. Es la figura del intelectual que convierte cada tragedia en una tesis.

Cuando Cándido llega al final de la novela, agotado, mutilado por dentro y por fuera, se topa con un anciano que trabaja su tierra en las afueras de Constantinopla. El anciano no sabe quién gobierna, no sigue las noticias de la corte, no se pregunta por los grandes designios del mundo. Se dedica a cuidar su pequeña huerta con sus hijos. Cándido, después de todo lo vivido, entiende y pronuncia la frase que cerraría el libro y quedaría para siempre en la historia de la filosofía moral occidental: hay que cultivar nuestro jardín.

Es la conclusión más radical posible frente al desastre del mundo. Voltaire está diciendo que no vamos a arreglar la metafísica del universo, que no vamos a impedir todos los terremotos, que no vamos a corregir todas las guerras. Pero que sí podemos, cada uno, hacernos cargo del pedazo de mundo que nos toca. Y que eso —el trabajo humilde, útil, concreto, ejercido sobre lo que está al alcance de la mano— es lo único que se sostiene cuando todas las grandes explicaciones se derrumban.

Casi dos siglos después, un psiquiatra vienés fue arrancado de su casa, despojado de su nombre y llevado a Auschwitz. Perdió a su esposa, a sus padres, a su hermano. Vivió durante años en el escenario más deliberadamente diseñado para destruir el espíritu humano que la historia haya producido, y en ese lugar, Viktor Frankl descubrió algo que después contaría en El hombre en busca de sentido: que incluso allí, incluso en las condiciones más extremas de deshumanización, había prisioneros que caminaban entre los barracones consolando a otros, ofreciendo su último trozo de pan, sosteniéndose en una dignidad que nadie pudo arrancarles. Frankl entendió entonces algo esencial, y es que al hombre se le puede quitar todo, salvo una cosa, y es la capacidad de elegir la actitud con la que uno responde a lo que le ocurre.

De ahí sacó la conclusión que atraviesa toda su obra: el ser humano es, en última instancia, un ser que se autodetermina. No porque controle sus circunstancias, sino porque decide cómo se para frente a ellas. Y esa capacidad de decisión, por pequeña que parezca, es lo que lo distingue de todo lo demás en la naturaleza.

Dos siglos separan a Voltaire de Frankl, sin embargo, llegan, cada uno por su camino, a la misma conclusión inevitable: cuando el mundo exterior se derrumba, el ser humano solo se sostiene cuando deja de preguntar por qué me pasa esto y empieza a preguntar qué voy a hacer yo con esto. La responsabilidad no es una carga que se le impone al individuo, es el único terreno firme que le queda cuando todo lo demás cede.

Y aquí es donde la reflexión aterriza en el momento colombiano actual, porque hay que decirlo con claridad, elegimos un cambio, pero ninguna elección cambia nada por sí sola. Colombia ha construido en las últimas décadas una cultura donde la explicación siempre está afuera, donde el culpable siempre es otro, donde la circunstancia siempre determina y el sujeto nunca decide. Esa cultura no se disuelve porque el resultado electoral haya sido otro. Al contrario, en manos de un ciudadano pasivo, cualquier gobierno, incluso el mejor imaginable, termina siendo apenas un capítulo más de una historia que no cambia.

Un gobierno puede abrir caminos, pero no puede caminarlos por nadie; puede diseñar reglas, pero no puede sustituir la voluntad de quienes deben cumplirlas; puede fomentar la economía, pero no puede trabajar por el que decide no hacerlo; puede combatir la corrupción, pero no puede volver honesto al que ya se acostumbró a no serlo. Cada uno de esos frentes se gana o se pierde en millones de decisiones privadas, silenciosas, cotidianas, que ningún ministro puede tomar en nuestro nombre.

Ese es, al final, el desafío moral que ni Voltaire ni Frankl nos ahorraron, y que este momento colombiano nos plantea con una urgencia particular. Cultivar el jardín no es una metáfora bonita: es la única política pública que efectivamente depende de nosotros. Autodeterminarse es la condición sin la cual ninguna reforma, ninguna ley, ninguna elección tendrá efecto real. Un gobierno nuevo puede marcar un rumbo distinto, pero solo si detrás hay millones de personas dispuestas a ser su mejor versión, en su trabajo, en su hogar, en su comunidad, en su palabra dada. Si no lo hacemos, no habremos cambiado el rumbo, solo habremos aplazado el problema cuatro años más.

Lisa Rivera

Abogada y empresaria.

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