Desde que tengo uso de razón, me ha encantado la película El gigante de hierro. Ni siquiera sabía por qué, pues es una historia demasiado sencilla: un niño encuentra a un robot gigante venido del espacio, se hacen amigos y juntos tienen que enfrentarse a un mundo que no sabe cómo reaccionar ante tal criatura. Años después, sin embargo, me di cuenta de que la película es mucho más profunda que el relato de un simple robot haciéndose amigo de un niño, porque no trata únicamente sobre un gigante: trata sobre el poder que tenemos para decidir el rumbo de nuestras vidas con libertad.
El filme transcurre en Maine, en 1957, en pleno apogeo de la guerra fría, una época en la que la paranoia dominaba el imaginario colectivo. Estados Unidos vivía con el temor de un ataque soviético en medio de sospechas de espionaje, proliferación nuclear y la expansión del comunismo en el mundo; cualquier elemento desconocido constituía una amenaza para la seguridad nacional, por lo que no cuesta entender por qué despertaba recelo. Lo cierto es que el gigante no llega a Maine con el deseo de conquistar los Estados Unidos; es más, durante gran parte de la película ni él mismo sabe qué es, quién es o para qué fue creado: solo se nos muestra que está hecho para destruir y que su apariencia es lo suficientemente amenazante como para que las personas no estén dispuestas a conocerlo. El único que lo intenta es Hogarth Hughes, quien se da cuenta de que, en realidad, el gigante tiene un gran corazón.
En un punto de la película se nos presenta al antagonista Kent Mansley, el agente del gobierno estadounidense encargado de investigar la situación. Su reacción representa a la perfección la paranoia de la época, pues la lógica era que, si algo era desconocido, entonces era peligroso y debía ser tratado como una amenaza, transformando la posibilidad en una certeza. No hacía falta que el gigante hubiera cometido un crimen: bastaba con que tuviese la capacidad de perpetrarlo. Es precisamente aquí donde la película plantea una situación que trasciende la guerra fría: ¿hasta dónde puede llegar el poder de un Estado en nombre de la seguridad? Mansley no se limita a investigar al gigante: a lo largo de la historia su objetivo termina siendo eliminarlo a toda costa; la fuerza deja de ser una herramienta de última instancia para pasar a ser la primera respuesta frente a aquello que no se puede comprender.
Mientras el gobierno determina qué es el gigante exclusivamente a partir de su apariencia y de la razón por la que fue construido, Hogarth ignora todo eso y decide conocerlo por lo que hace. Y cuanto más tiempo pasa con él, más evidente resulta que existe una gran diferencia entre aquello para lo que alguien fue diseñado y aquello que finalmente elige ser. El gigante fue ideado como un arma: su cuerpo, sus capacidades y sus mecanismos están concebidos para destruir. Incluso él mismo descubre para qué fue creado y queda horrorizado ante aquello de lo que es capaz. Sin embargo, cuando tiene la oportunidad de utilizar ese poder, decide no hacerlo. Este es el eje central de la historia y, en lo personal, lo asocio mucho con el liberalismo: nadie debería ser definido por aquello que otros deciden sobre él.
Hogarth procura no controlar al gigante ni moldearlo por la fuerza. Le enseña, conversa con él y le proporciona las herramientas para descubrir por sí mismo quién quiere ser. En lo que quizá sea la escena más característica de la película, le muestra a Superman, un personaje que despierta la admiración del gigante y que, sin saberlo, llegará a influir en la decisión crucial de su vida. Superman no es poderoso por destruir, sino por elegir proteger.
He de admitir que, luego de haber vuelto a ver la película para escribir esta columna, me fue imposible no emocionarme otra vez con el final. El gigante decide sacrificarse para salvar a quienes están en peligro, a pesar de que muchos de ellos lo juzgaron e intentaron matarlo. En el momento culminante, el arma de destrucción masiva tiene la posibilidad de destruir para salvarse y opta por no hacerlo.
De niño veía una película sobre un robot que quería ser Superman; por alguna razón, me encantaba pese a dejarme acongojado al final. Ahora veo una historia sobre libertad. Sobre la diferencia entre tener un propósito impuesto y poder elegir uno propio. Sobre los peligros de un poder que, por miedo, acaba tratando como enemigo a todo lo que no comprende y abusando de su autoridad. Un reflejo de vivencias personales. Y, principalmente, una idea que puede parecer sencilla a simple vista: no importa solo qué se nos impone, sino qué decidimos hacer con lo que somos.
«—Eres lo que tú decides ser.
—Superman».— Hogarth Hughes y el Gigante, El gigante de hierro (1999)
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.














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