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La corrupción no comienza cuando un juez dicta una sentencia. Empieza cuando la ciudadanía normaliza las decisiones públicas que favorecen intereses particulares por encima del interés general; cuando el control político desaparece; cuando quienes fueron elegidos para vigilar terminan convirtiéndose en simples espectadores o, peor aún, en aplaudidores del poder.
En Andes vivimos un momento que merece una profunda reflexión. La aprobación del Acuerdo 008 de 2026, mediante el cual se modificó el PBOT para permitir la ampliación del relleno sanitario, dejó en evidencia una preocupante forma de ejercer el poder. Un proyecto de enorme trascendencia ambiental, social y económica fue aprobado pese a las múltiples inquietudes planteadas por comunidades, organizaciones ciudadanas y diversos sectores del municipio.
No se trata únicamente del relleno sanitario. El problema es mucho más profundo. Cuando el control político pierde independencia y las decisiones del Concejo terminan coincidiendo sistemáticamente con los intereses de la administración municipal, la democracia local comienza a debilitarse.
Resulta paradójico que quienes hoy se presentan como los grandes defensores de la moral pública sean los mismos que impulsan decisiones ampliamente cuestionadas por una parte importante de la ciudadanía. La autoridad moral no se proclama; se construye con transparencia, apertura al debate, respeto por la PARTICIPACIÓN CIUDADANA y disposición para rendir cuentas.
Durante esta administración también se han promovido decisiones de alto impacto financiero, como la contratación de empréstitos por miles de millones de pesos y la creación de una empresa de desarrollo urbano, iniciativas frente a las cuales muchos ciudadanos han solicitado mayores estudios técnicos, análisis de conveniencia y explicaciones suficientes sobre sus riesgos y beneficios. En una democracia madura, formular estas preguntas no convierte a nadie en enemigo del desarrollo; por el contrario, fortalece el control ciudadano.
El verdadero liderazgo no consiste en descalificar a quienes piensan distinto ni en presentarse como el único defensor del interés público. Un gobernante demuestra su integridad cuando escucha, responde con argumentos y acepta el escrutinio ciudadano.
Los habitantes de Andes no necesitamos discursos de superioridad moral. Necesitamos instituciones fuertes, decisiones transparentes y servidores públicos conscientes de que administran recursos y competencias que pertenecen a todos los ciudadanos.
Las próximas elecciones serán una oportunidad para evaluar, con serenidad y memoria, la gestión de quienes hoy ejercen el poder. El voto no debe ser un premio a los discursos, sino una valoración responsable de los resultados, del respeto por la legalidad, de la transparencia administrativa y de la capacidad de escuchar a la comunidad.
Más que buscar “faros morales”, Andes necesita gobernantes y concejales que comprendan que la confianza pública se gana con hechos y no con discursos. Porque cuando el poder deja de escuchar a los ciudadanos, es la democracia la que termina pagando el precio.













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